7 de abril 2009 - 00:00

Melero y Pérez Muñiz: la costumbre brasileña

Mariano Melero y Belén Pérez Muñiz hacen «Sonho Meu», agradable recital con aires brasileños.
Mariano Melero y Belén Pérez Muñiz hacen «Sonho Meu», agradable recital con aires brasileños.
«Sonho Meu». Actuación de Mariana Melero (voz, guitarra, percusión) y Belén Pérez Muñiz (voz). Con Rodrigo Aberastegui (piano, guitarra) y Leo Alvarez (guitarra). (Jazz Voyeur; 3 y 4 de abril).

El año pasado, con el 50º aniversario de la bossa nova, también la Argentina se llenó de música brasileña de la mano de una gran cantidad de artistas llegados desde ese país. Pero más allá de la fecha, es usual que los músicos y cantantes del país vecino anden por acá y que el público argentino los reciba, en general, muy bien. Y también es habitual que haya muchos artistas argentinos que abordan los distintos géneros de la música brasileña.

Así como uno puede encontrarse permanentemente actuando en los pubs porteños a cantantes y compositores como Agustín Pereyra Lucena o Beto Caletti, en los últimos años se han agregado -y se han instalado a fuerza de talento- dos mujeres que han hecho de la música de Brasil la base excluyente de su trabajo: Mariana Melero y Belén Pérez Muñiz. Ambas con respectivas carreras y discos individuales y con actuaciones regulares en solitario, en este caso decidieron unirse y armar un espectáculo conjunto.

Melero apunta más a lo prolijo, a la sutileza; Pérez Muñiz se relaciona más con lo callejero, con lo salvaje. Pero se reparten el concierto y el repertorio democráticamente y ratos esos lugares estéticos también se intercambian. Van de Noel Rosa, Pixinguinha y Jacob do Bandolim a los actuales Chico Buarque, Caetano Veloso y Djavan. Evocan, por cierto, a nombres importantes de la bossa y del samba como Tom Jobim, Vinicius de Moraes, Toquinho, Baden Powell. Recuerdan a Dona Ivone Lara a través de su tema «Sonho Meu» con que bautizaron y cierran el show. A veces cantan juntas, en dúos perfectamente sincronizados; en otros casos, recobran su lugar de solistas. Y también se van repartiendo los músicos -ambos, de altísimo profesionalismo-, de uno o de a dos, en momentos más intimistas o más expansivos. Y el resultado es, siempre, mucho más que agradable.

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