12 de septiembre 2012 - 00:00

Mendelssohn y Beethoven con sello original de Yoav Talmi

Orquesta de Cámara de Israel. Director: Yoav Talmi. Solista: Alon Goldstein (piano). Obras de Y. Talmi, L. van Beethoven y F. Mendelssohn (Mozarteum Argentino, Teatro Colón, 10 de septiembre).

Con 47 años de existencia (fue fundada en 1965 por Gary Bertini), la Orquesta de Cámara de Israel y su director invitado principal Yoav Talmi hicieron su escala en el Teatro Colón, para el Mozarteum, en el marco de una gira sudamericana con un muy bien resultado general.

Talmi, también compositor, eligió inaugurar el primero de los dos programas ofrecidos con una obra propia: la «Elegía» para cuerdas, timbales y acordeón subtitulada «Reflexiones sobre Dachau», de 1997. La partitura, de más valor simbólico que musical, se anuncia (y enuncia) como una fusión de elementos prexistentes, de una «Sarabande» para cello solo de Bach hasta melodías populares judías, en una suerte de collage sonoro de la tragedia. La idea, nada desdeñable, no llega sin embargo a ser plasmada con eficacia estructural, aunque la atmósfera opresiva sea claramente perceptible en especial en la expresiva versión de la Orquesta.

Alon Goldstein, convocado para el «Concierto en Si bemol mayor» número 2 de Beethoven, demostró su gran pericia técnica, su musicalidad a toda prueba y su capacidad para desplegar una paleta cromática extensa. Menos convincente fue su enfoque estilístico de este concierto, con un uso del pedal más que discutible y un toque por momentos rayano en lo impresionista. Con temeridad, considerando el ámbito y el público al que se enfrentaba, Goldstein acometió como primer bis la «Danza del gaucho matrero» (del opus 2) de Alberto Ginastera, con algún traspié y más ampulosidad sonora que claridad, para despedirse con el muy famoso «Preludio en mi menor» opus 28 número 4 de Chopin, una elección mucho más prudente y segura.

Fue en la «Sinfonía en La mayor», más conocida como «Italiana», de Felix Mendelssohn, enfáticamente mediterránea, transparente y vital, donde Talmi y la Orquesta cautivaron plenamente, y salvo por un desfase en el tercer movimiento todo transcurrió en la transparencia y el brío que son de rigor en esta partitura que el público agradeció. Los bises (un fragmento de «Primavera en los Apalaches» de Aaron Copland, dos de las «Danzas rumanas» de Bela Bartok y el final de la «Sinfonía 40» de Mozart) ratificaron el gusto del director por los «tempi» vivaces y la calidad de todas las secciones de la orquesta.

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