17 de marzo 2015 - 00:00

Mucho más que un estreno de ballet

La “Rapsodia para un tema de Paganini”, de Mauricio Wainrot, una de las tres piezas que integran la cuarta “Trilogía Neoclásica”, con la que se inauguró la etapa de Maximiliano Guerra como director del Ballet Estable.
La “Rapsodia para un tema de Paganini”, de Mauricio Wainrot, una de las tres piezas que integran la cuarta “Trilogía Neoclásica”, con la que se inauguró la etapa de Maximiliano Guerra como director del Ballet Estable.
Trilogía Neoclásica IV. Coreografías de M. Bigonzetti, E. Frédéric y M. Wainrot sobre música de W. A. Mozart, S. Prokofiev y S. Rachmaninov. Ballet Estable del Teatro Colón (dirección: M. Guerra). Orquesta Filarmónica de Buenos Aires. Solistas: F. Morello y A. Panizza (piano). Dirección: D. Domínguez Xodo (15 de marzo, Teatro Colón).

Sería tan injusto como errado encarar la reseña de la función del domingo pasado, con la que el Ballet del Colón abrió su temporada oficial, exclusivamente desde el punto de vista del espectáculo, más allá de sus muchos méritos. Sucede que el efecto de esta realización artística estuvo potenciado por un hecho simbólico: la euforia generada tanto sobre el escenario como debajo de él por la inauguración de la "era Guerra", con la llegada de uno de los más notables bailarines que ha dado nuestro país.

La temporada 2015, herencia de la gestión de García Caffi-Segni, contemplaba su inicio con una cuarta edición de los trípticos neoclásicos que el Ballet Estable brindó en los años recientes. El desafío de montar en pocas semanas tres obras de complejo ensamblaje y diferentes vertientes estilísticas tuvo una concreción notable, más allá de detalles que seguramente se irán ajustando con el correr de las funciones.

En el inicio, la "Sinfonía entrelazada" de Mauro Bigonzetti (creada para Julio Bocca y el Ballet Argentino sobre la Sinfonía 29 de Mozart) en reposición de Roberto Zamorano fue un comienzo pleno de energía en el que brillaron las parejas integradas por Carla Vincelli, Macarena Giménez, Edgardo Trabalón y Federico Fernández y se destacó la figura de Emanuel Abruzzo. Junto al ensamble dieron plena vida a ese continuo de lazos y rupturas que demanda tanta fluidez como precisión rítmica, enmarcado sutilmente por el vestuario de Aníbal Lápiz y la iluminación de Rubén Conde.

"Diamante", estreno del belga Éric Frédéric, propone un "crescendo" de brillo e intensidad sobre el tercer concierto para piano y orquesta de Sergei Prokofiev (nuevamente con una gran iluminación de Conde que enfatiza los contraluces y delimita espacios) y en torno a tres pas de deux notablemente interpretados por Vincelli y Trabalón, Paula Cassano (en una cautivante amalgama de languidez y vigor) y Matías Santos y finalmente Nadia Muzyca y Federico Fernández, espectaculares tanto en lo individual como en la fusión. Se lució aquí el cuarteto femenino integrado por Amalia Pérez Alzueta, Iara Fassi, Ludmila Galaverna y Larisa Hominal.

Por último, la "Rapsodia sobre un tema de Paganini" de Mauricio Wainrot sobre la obra homónima de Rachmaninov destaca el color y los contrastes de la partitura, a través de las diferentes variaciones que despliega. Aquí Muzyca reiteró su calidad en una parte exigente, inmejorablemente acompañada por Juan Pablo Ledo. Tanto en esta instancia como en las obras anteriores el cuerpo de baile completó acertadamente.

En el foso, la Filarmónica de Buenos Aires, a las órdenes de Darío Domínguez Xodo, cumplió logradamente con un programa exigente en extensión, eclecticismo y complejidad musical. Una mención aparte merecen los pianistas Fernanda Morello y Alexander Panizza, magistrales solistas en las obras de Prokofiev y Rachmaninov, respectivamente. El saludo final tuvo un clima innegablemente festivo, y un punto de estallido de alegría en el momento en que Guerra apareció sobre el escenario mientras una ovación caía a sus pies. Con humildad, el flamante director no quiso apropiarse de ese momento y dejó nuevamente paso al saludo de la compañía, los coreógrafos y el director musical, en un gesto que dijo mucho más que cualquier discurso posible.

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