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Muestra de escultores acompaña la XII Bienal de Arquitectura
Obra de Hernán Dompé, uno de los escultores seleccionados para la muestra que exhibe el Centro Recoleta a partir de la idea de que la buena arquitectura también es arte.
En las últimas décadas, la arquitectura se ha personalizado hasta dejar de ser el resultado de movimientos, escuelas y esfuerzos comunes guiados por un programa o una perspectiva creativa. El arquitecto-creador se inserta en un contexto en el que acciona y re-acciona, desplazándose fuera de los confines tradicionales de la arquitectura para ingresar en el campo del arte, así como el arte también lo hace en el de la arquitectura.
En el terreno del arte no hay formas sin contenidos, como no las hay en ninguna práctica generadora de signos. Pero una cosa es concebir al contenido como una entidad sometida a un referente previo, y otra muy distinta es descubrir que en el libre juego de las formas se va edificando un sentido global y estructurado: es éste el que suscitará el efecto estético, como se reconoce en las esculturas expuestas en el Centro Recoleta, dirigido inteligentemente por el cordobés Claudio Masseti.
La obra de Claudia Aranovich se transforma para que pueda irrumpir una forma interior transparente y orgánica. Los símbolos abundan: la resina (natural) representa la inmortalidad, el cono es imagen ascensional de la evolución de la materia hacia el espíritu; lo cóncavo remite al nacer y el morir, a la vida. Las redes de fibras, las extrañas nervaduras de caparazones, la simulación acuática que suele vislumbrarse en muchas de sus piezas, el uso del color, se combinan y articulan para afirmar el continuo devenir de la Naturaleza, un tronco fálico con una esfera, ambos finamente esmaltadas.
La obra de Jacques Bedel podría ser clasificada como una meta-escultura: un lenguaje escultórico acerca de otro, un mismo discurso espacial contenido en diferentes formas, sean éstas libros o cubos.
El artista recombina elementos naturales tomados de las diferentes zonas del país y los somete al mismo proceso químico que sufrieron en el transcurso de los tiempos, con la diferencia de que controla y experimenta las distintas etapas de la creación. De este modo, reelabora las fosilizaciones, carbonos e incrustaciones de aguas minerales, que son integradas a las representaciones por medio de tierra, óxidos, silicatos.
Hernán Dompé expone «Guerrero Azul Hacharayo». Sus obras transmutan la realidad objetiva en una materialidad significante (madera, hierro, bronce), trabajada con refinadísimas técnicas tradicionales, que le permiten despertar en el espectador un nuevo campo de experiencias. De allí que el valor simbólico sea dominante en la producción de Dompé y lleve a una lectura contextual: las connotaciones de sus obras superan nuestro tiempo y nuestra geografía.
Sus guerreros aluden a la destrucción, la muerte, y simbólicamente a la corrosión del poder. Los guerreros son maderas quemadas, con restos de carbón. Están armados, con elementos pobres, en los que se mezcla madera con hierro, pero también hay pequeños insertos de otros materiales.
Aun cuando emplee los mismos materiales, las mismas formas, las mismas imágenes, el audaz poder inventivo de Edgardo Giménez y su dominio de varias disciplinas, le otorgan una identidad propia a cada realización. Se reconoce en el carácter lúdico y, a la vez, arquitectónico de la obra que presenta.
El artista diseñó la Casa Azul de City Bell (1971-72), construida originalmente para los Romero Brest; la Casa Colorada (1976-78), la Casa Amarilla (1980-82) y la Casa Blanca (1983-84), todas ellas situadas en Punta Indio; la Casa de las Columnas (1987-88), de Buenos Aires, y el Museo Edgardo Giménez (1990-91), de Magdalena. Sus casas, sus pinturas, sus objetos de uso cotidiano y sus esculturas, hablan de acercar el arte a la gente.
Clorindo Testa presenta «Glytodon» un fósil que pertenece a la segunda generación de gliptodontes. Junto con Bedel fueron los autores del reciclaje del Centro Cultural Recoleta.
Al realizarse las excavaciones para las bases de la Biblioteca Nacional, se encontró parte del caparazón de un gliptodonte. Fue inmediata la equiparación entre la forma del edificio y la de ese armadillo gigante, oriundo de América del Sur y desaparecido por completo entre 15.000 y 10.000 años atrás. Testa realizó el Gliptodonte en cerámica, madera, barro y papel a semejanza de las reconstrucciones de los museos de ciencia, muchas veces incompletas, actúa a manera de sutil lazo de unión, entre lo real y lo insólito. A veces su obra retoma episodios reales o míticos, que le son ajenos, pero él los hace propios, al transformarlos, por medio de su imaginación, en obras de arte o arquitectura.
«Octubre», obra de Marta Minujin es una alta figura en malla metálica dorada, que dista mucho de los cánones del período clásico griego (siglos V-IV). Desde sus primeras obras se propuso la multiplicidad fragmentaria de los arquetipos artísticos, y en «Octubre» reedita este proceso tomando a los ídolos abstractos de la Cícladas. Mantuvo el esquema geométrico a fin de definir la virilidad o femineidad, sin romper la armonía de lo arcaico, pero cambiando de manera muy curiosa el eje de los cuerpos, de esta manera adquieren un desplazamiento espacial gracioso del arabesco, y sin moverse, señalan claramente el movimiento.
En la Bienal también se expone «Katuri» de Hernán Dompé; «El bolso rojo» de Lidia Galego; «Instalación» de Cristina Tomsig; «Mutación» de Paulina Webb; «Magnético blanco» de Carola Zech, junto a obras de Mónica Canzio, María Guallard, José Piuma, Marina Zervarini.

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