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Murió Liz Taylor, símbolo de lo mejor y peor de Hollywood
Así es como recordarán el cine y los amantes de la belleza femenina a Liz Taylor, una diosa inextinguible, símbolo de lo más hermoso, y también lo más terrible y peligroso de Hollywood.
Ya de chiquita era hermosa. Su padre la llevaba a los estudios, toda envuelta en un vestidito violeta que resaltaba el raro color de sus ojos y su cabello brillante y ondulado, y la presentaba a los productores. Encima, la nena tenía una habilidad natural para manejarse ante las cámaras.
Así empezó, disputada por dos sellos. Tenía 10 años cuando la Universal la probó en un film, 11 cuando la MGM logró el pase, y 12 cuando la dieron a conocer en «La cadena invisible» («Lassie come home», 1944), donde los protagonistas eran la perra Lassie, el niño modelo Roddy McDowall y los paisajes. Su rostro y su vocecita iban muy bien con los paisajes. De inmediato la pusieron sobre un caballo azabache, alentada por Mickey Rooney, entonces reclamo seguro de boleterías. La obra era «Fuego de juventud» («National Velvet»), y ya la mostraba a punto de dar el estirón. Al año siguiente, en «El valor de Lassie», por poco ya era más protagonista que la perra.
Enseguida vinieron personajes adolescentes, tal como los entendía la Metro: criaturas agradables, bien educadas, de lindos barrios construidos en estudio para ilusión del público: «Feliz amanecer», «Vivir con papá», «Travesuras de una bella», «Mujercitas» (la versión Mervyn LeRoy), «Nunca el amor fue más bello», etc., hasta llegar a su mejor casamiento cinematográfico, en la primera versión de «El padre de la novia», con Spencer Tracy, y su natural secuela «El padre es abuelo», hermosas representaciones de la América de los 50. En la vida real, para entonces ya estaba casada y divorciada.
Su primer matrimonio fue a los 18, con un heredero de la cadena Hilton, y apenas duró unos meses. El segundo a los 20, con el actor Michael Wilding, padre de sus dos primeros hijos, y al menos duró cuatro años. Era el momento de sacarse de encima los roles inocentes y hacer los «adultos». El primero, «Ambiciones que matan» («A place in the sun»), de George Stevens, con Montgomery Clift y Shelley Winters, dos artistas de marca mayor. Alternando películas de aventuras, comedias, y románticas («Ivanhoe», «La furia de Ceylán», «La última vez que vi Paris», etc.), volvió a lucirse con Stevens en «Gigante», y con Clift en «El árbol de la vida» («Raintree County»), dos superproducciones de peso dramático y gran reparto. De la primera tuvo para siempre la amistad de su partenaire Rock Hudson. De la segunda, su primera nominación al Oscar.
Enseguida vinieron otras dos nominaciones, por «Un gato sobre el tejado caliente» y «De repente, en el verano». En ambas actuaba muy bien y encima deslumbraba, toda volcánica, de curvas bien marcadas, vestida de blanco. En la realidad debía vestir de negro. Es que para entonces ya era viuda de su tercer matrimonio, que apenas le duró un año (1957-8) de felicidad junto al productor Michael Todd, el inventor del sistema Todd-Ao de pantalla ancha, y del recurso de los cameos en abundancia para ampliar el atractivo de los repartos. Con él tuvo su tercera hija.
Apenas seis meses después, le birló el marido a su mejor amiga, el cantante Eddie Fisher. Ella no podía estar sola. Pero el público puritano de entonces casi la dejó sola al trascender los detalles de su cuarto matrimonio. Por suerte, en ese sentido, justo debió ser internada por una neumonía que derivó en traqueotomía de urgencia, y el público se apiadó y volvió a amarla. Fue entonces, que alcanzó su primer Oscar, con una obra escandalosa para la época, «Una Venus en visón» («Butterfield 8»), donde hacía de mujerzuela. Dicen que al verla en privado arrojó sus zapatos contra la pantalla. Meses después, con la estatuilla en la mano, tiraba besos al director y productores.
Convertida en superstar de alto sueldo, la Fox quiso hacer con ella un superfilm de época. Ya es conocida la historia del rodaje de «Cleopatra», sus ingentes e interminables gastos, el fracaso de taquilla, y, sobre todo, el resultado amoroso de la obra: tal como Cleopatra y Marco Antonio, Liz Taylor y su partenaire Richard Burton se enamoraron, abandonaron a sus respectivos cónyuges, escandalizaron y fascinaron a medio mundo, y durante años se amaron, adoptaron una nena, se pelearon a los gritos, se emborracharon diaria y vergonzosamente, se divorciaron y volvieron a casar, se hicieron regalos ostentosos (por ejemplo, él a ella, un diamante de 69 kilates), y también filmaron juntos algunas películas atendibles. Entre ellas, «Almas en conflicto» («The Sandpipper»), «La fierecilla domada» y «¿Quién le teme a Virginia Woolf?», que en 1966 le dio su segundo Oscar.
Para entonces Taylor ya empezaba a dar malas señales. Era más noticia por sus escándalos y enfermedades que por sus trabajos actorales. Aún así, cada tanto sacaba algún as de la manga, como «Reflejos en tus ojos dorados», con Marlon Brando, y «Ceremonia secreta», con Mia Farrow y Robert Mitchum, sobre cuento del argentino Marco Denevi, rodada en 1968. Pero las buenas cartas se fueron terminando, y sólo quedaron apariciones de lujo y papeles hoy olvidados, salvo un especial televisivo donde se reencontró con Burton para hacer «Vidas pivadas». Para colmo, ya grande, se casó innecesariamente con un senador impresentable que solo contribuyó a irritarla mal, y luego con un transportista que poco pudo hacer por su alegría. En 1981, la muerte de su amigo Rock Hudson la volcó a trabajar en la lucha contra el sida. De esa década, cabe apuntar sus trabajos en «El joven Toscanini», en la serie de 1985 «Malice in Wonderland», donde encarnó a la famosa alcahueta del periodismo conventillero Louella Parsons, y en un telefilm de 1989, «Dulce pájaro de juventud», donde hizo el personaje de la estrella en decadencia.
Poco más cabe apuntar. Las nuevas generaciones solo registran la devoción que le tuvo Michael Jackson, su leal amigo y admirador, y su aparición como la mamá de Vilma en «Los Picapiedra», o haciendo la voz de Maggie en un episodio de «Los Simpson». Para entonces, su vida ya era una sucesión de internaciones por achaques varios. Ya estaba internada el pasado 27 de febrero, cuando su cumpleaños lejos de la Inglaterra que la vio nacer, hija de padres norteamericanos de formación exquisita. Sus cuatro hijos la acompañaron al pie del lecho, pero aún así queda la sensación de un final triste, para una mujer que fue realmente hermosa, amada, admirada, rica, e íntimamente torturada. Un símbolo de Hollywood.


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