2 de marzo 2010 - 00:00

Niki de Saint Phalle, un arte múltiple e inimitable

Aunque la niña, la novia, la mujer dominan buena parte de su obra, Niki de Saint Phalle (1930-2002) también se centró en la violencia. En otros períodos realizó grandes muñecos con dibujos y arabescos tomados de la mitología popular.
Aunque la niña, la novia, la mujer dominan buena parte de su obra, Niki de Saint Phalle (1930-2002) también se centró en la violencia. En otros períodos realizó grandes muñecos con dibujos y arabescos tomados de la mitología popular.
El Château de Malbrouck abrirá su temporada de actividades con una exposición dedicada a Niki de Saint Phalle. El castillo, ubicado en Manderen, región de Lorena al nordeste de Francia, fue construido en el siglo XV. Considerado monumento histórico en 1930, su restauración se desarrolló en varias etapas que finalizaron en 1998.

La muestra que inaugurará el 1 de abril estará integrada por obras de distintas series de Niki de Saint Phalle (1930-2002). Hay una pequeña escultura de la artista francesa que ayuda en el abordaje de su obra múltiple y, por cierto, única. Es «Arbol de vida «(Arbre de vie), realizada en 1990, con poliéster pintado. Este árbol aparece dividido en dos, desde las raíces hasta la copa; las ramas de ambas partes terminan en cabezas de animales imaginarios, quizá dragones, que tienen la boca abierta. Las dos zonas se diferencian por sus colores: en una, se combinan el amarillo, el rojo, el azul, el verde; en la otra, sólo vemos arabescos en blanco y negro.

Además, el árbol lleva inscripciones en el tronco y el ramaje: en el sector de la vida, leemos: el bien, el arte, el humor, la belleza; en el de la muerte: la desesperanza, el mal, el hambre, la angustia. El blanco y el negro representan a la muerte, y los cuatro colores primarios señalan a la vida. Y acaso los dragones no sean sino una referencia a la serpiente bíblica.

Al imaginar y modelar su «Arbol de vida», Niki de Saint Phalle se propuso reinterpretar la historia mosaica: también dar, metafóricamente, su lugar a la mujer y al hombre. Si Eva ha salido de Adán y lo llevó a comer del fruto vedado, entonces la responsabilidad es de los dos, y no sólo el castigo. En su versión terrena, secular, del árbol de la vida, Niki de Saint Phalle sugiere tal principio de igualdad. En rigor, ese árbol es mujer y hombre combinados, el árbol-madre que produce el árbol-padre, y viceversa.

La niña, la novia, la mujer, dominan sus esculturas -especialmente las Nanás- como dominaron sus pinturas y ensamblajes de la década del 50 y sus Tiros de la década del 60. Pero este dominio no procede de un discurso beligerante sino de una perspectiva reivindicadora y humanista.

Los óleos de 1952-55, considerados «ingenuos», están más en la línea del «arte en bruto» de Jean Dubuffet, un arte enemigo de la cultura reinante, de sus normas y modelos, de su «asfixia».

En esa línea Niki de Saint Phalle realizó sus ensamblajes y relieves de 1956-60: emplazó en el yeso los objetos más dispares, tomados de la vida cotidiana, cuya regimentación insana destacó.

El tema de la violencia, tanto física como moral, fue uno de los ejes de su obra de entonces. Esta especie de crítica social recibió un sustantivo aporte con sus Tiros, que cubrieron la primera mitad de los años 60. Asociada en esa instancia al «Nuevo Realismo» de Pierre Restany (con Jean Tinguely, su marido, Yves Klein, Arman, Mimmo Rotella, Martial Raysse y otros), Niki de Saint Phalle logró con sus Tiros, sus Retablos y las obras del denominado «Período Blanco», una sarcástica y dolorosa visión de época, a menudo descartada por quienes se interesaron tan sólo en sus audaces invenciones estéticas.

Con las Nanás (término coloquial francés, nana nombra a la muchacha pero también a la mujer), que empezó a ejecutar en 1965, logró su expresión por antonomasia. Las niñas, las novias, las madres que habían aparecido en sus obras anteriores, reaparecieron en estas grandes muñecas, pintadas de vivos colores, con sus dibujos y arabescos tomados de la imaginería popular.

Ella, una gigantesca Naná de seis toneladas de peso fue instalada en el Moderna Museet de Estocolmo, en 1966, cuando su director era Pontus Hulten, que luego dirigió el Centro Pompidou, durante sus primeros diez años.

Se trata de una enorme escultura acostada, una Naná embarazada, que concibe al espectador que se interna dentro de ella y lo da a luz cuando lo abandona, después de visitar todos sus miembros, donde hay un microcine, un planetario, un bar, una galería, un acuario y un teléfono público.

Con esta obra desembocó en sus esculturas habitables o arquitectónicas: (la casa de Rainer von Diez en el Sur de Francia; «El Golem», en Jerusalén; «El Dragón», en la ciudad belga de Knokke-le-Zoute; «El Paraíso», en Estocolmo).

También hizo esculturas públicas, como «El Dios Sol» en la Universidad de California-San Diego, y de menor formato, como la ya citada y comentada «Arbol de vida».

Luego, en la década del 80, proyectó sus Skinnies (del inglés Skinny = escuálido), meras siluetas y contornos; y sus bronces de la cosmogonía egipcia. Luego de la muerte de Tinguely, en 1991, comenzó sus «Cuadros estallados», obras cinéticas que debía completar el espectador. También trabajó en serigrafías, diseñó mobiliario, joyas y escenografías, e incursionpo en el cine y el teatro.

Una obra paradigmática en la producción de Niki de Saint Phalle: es «El Jardín del Tarot», en Garavicchio, 100 kilómetros al Norte de Roma. Es un parque de esculturas habitables basadas sobre los veintidós arcanos mayores de ese juego de cartas. Más de veinte años le llevó a la artista planificar el jardín y elaborar sus esculturas. Allí, en los personajes, los cuerpos celestes, los símbolos y los episodios del Tarot, también se encuentra el arte de esta creadora tan singular.

«Deseaba crear un lugar de felicidad y fantasía, abierto a todos los visitantes», dijo. También estos dos términos atañen la propuesta de Niké: un arte de la realidad hiriente pero, a la vez, de la merecida esperanza, que habla por boca de la imaginación.

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