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Organizadores dijeron que hubo más negocios
Magdalena Faillace (embajadora por Cancillería a cargo de la Feria del Libro), el embajador argentino Victorio Tacceti, Griselda Gambaro, Osvaldo Bayer y María Kodama, ayer, en el acto de cierre.
Según señalan las fuentes más confiables, ese pase tuvo un valor de 2 millones de dólares (algunos, más fervorosamente, hacían ascender la cifra hasta los 5 millones). «Dos millones es una suma excelente», dijo a este diario un calificado hombre de la industria editorial argentina. «Hay que considerar, además, que los derechos sólo se limitan a la lengua española, y que habrá que ir viendo cómo se desenvuelven las ventas. No nos olvidemos de que Emecé, hace menos de un año y sabiendo que en septiembre vencían sus derechos, saturó las librerías con una nueva edición de las Obras Completas de Borges, en edición crítica con comentarios de Rolando Costa Picazo, lo cual se suma a las ya de por sí existentes ediciones anteriores».
En la órbita internacional, hubo momentos resonantes, como la venta por 2,5 millones de dólares de la segunda novela de la escritora india Kiran Desai («El legado de la pérdida»), o el nuevo título del Nobel turco Orham Pamuk («Algo extraño en mi mente»), también por una cifra de siete dígitos. Presencias resonantes hubo muchas, como la de Bret Easton Ellis, el autor de «American Psycho», o de Ken Follet, que presentó «La caída de los gigantes».
Sin embargo, la que tuvo mayor eco en la prensa local fue la de la exitosa autora alemana Cornelia Funke, quien en una apiñada reunión de prensa confesó que «hoy por hoy, el autor de ficción que quiera llegar a los lectores debe pensar en el mercado de una manera más global. Esto es, que no debe pensar únicamente en el texto sino en el mercado audiovisual en general. Para mi próxima novela, por ejemplo, yo mantuve reuniones de trabajo con directores audiovisuales para ponernos de acuerdo en algunos puntos, dado que hoy no se puede pensar en un libro de éxito sin otros soportes como el cine y la televisión. Antes, un autor escribía una novela y luego, si esa novela era exitosa, el guionista debía romperse la cabeza a veces para adaptarla. Ese trabajo hoy debe quedar solucionado de antemano». Funke no fue la única que habló de esto. La Feria, además, dedicó varias jornadas de debate a esta modalidad de trabajo, bajo el título de Storydrive.
Fráncfort, como se sabe, es un mercado, no es una Universidad de humanidades. La idea del escritor decimonónico, aislado en su torre de marfil, no tiene ninguna entidad. Y éste es el punto que suele entrar en colisión muchas veces con los autores de países no centrales, como la Argentina. En algunas de las mesas de debate que hubo con escritores de nuestro país, el editor Daniel Divinsky, sin duda un hombre de exitosa trayectoria en De la Flor, dijo sin embargo que «las reglas del mercado no siempre pueden aplicarse a la edición de libros».
Eduardo Sacheri (autor de «La pregunta de sus ojos» que dio lugar al oscarizado film de Juan José Campanella «El secreto de sus ojos»), en esa misma mesa reconoció: «En mi país, subsiste la desconfianza generalizada hacia los autores que venden bien, como si carecieran de mayor valor. Y, por el contrario, se tiende a valorar a autores cuyas cifras de venta no son significativas». En un aparte, Sacheri dijo a este diario: «El Oscar disparó a mi novela mucho más de lo que yo me imaginaba. En la Feria se sumaron pedidos de traducción de una gran cantidad de otros idiomas. Eso me alegra mucho, naturalmente, pero estoy deseando volver a encontrar un poco de paz para trabajar en mi próxima obra».
Claudia Piñeiro («Las viudas de los jueves»), distinguió por su parte a los «lectores» del «mercado». «El autor debe pensar, por supuesto, en sus lectores, pero los editores no piensan tanto en los lectores como en el mercado. Y no siempre es lo mismo». A propósito de Piñeiro, durante la Feria obtuvo el LiBeratur Prize, premio que otorgan los lectores a una escritora mujer, por su novela de 2007 «Elena sabe».
Sur, pabellón y después
El laberíntico pabellón argentino ya comentado la semana pasada, con presencias tan contrastantes como las imágenes de Borges, Mitre, Manucho Mujica Lainez, Rodolfo Walsh, el Che Guevara y Evita, tuvo a lo largo de la feria la visita de casi 250.000 personas, según cifras entregadas a la tarde ayer por fuentes de Cofra (la organización de la Cancillería argentina encargada de Fráncfort, que presidió Magdalena Faillace). Desde el punto de vista editorial, otra de las «vedettes» muy mencionada en la exposición fue el programa de traducciones Sur, que mediante subsidios oficiales permite que un buen número de autores no traducidos a otras lenguas puedan serlo ahora.
En diálogo con este diario, Carlos De Santos, titular de la Cámara del Libro que agrupa a la mayor parte de las editoriales argentinas no pertenecientes al paraguas de los grupos multinacionales (las que se encuentran en la Cámara Argentina de Publicaciones), dijo que el programa Sur tuvo resultados favorables desde su lanzamiento a principios del año pasado. «Hasta ahora, llevamos traducidos unos 250 títulos, y los efectos son beneficiosos. Hay que pensar que la lengua española, y particularmente la hispanoamericana, exporta mal sus contenidos, y que este programa les da un impulso que no debería ser interrumpido por ningún gobierno».
El delicado tema de la eventual sustitución del libro tradicional por el electrónico, que tuvo abundantes mesas de debate en Fráncfort, tendió a ser relativizado por muchos editores bajo la idea de que se tratará sólo de un cambio de hábitos, que durante muchos años convivirán todavía. Sin embargo, si para estas voces no hay riesgos de que desaparezcan ni uno ni el otro extremo de circuito de lectura (autor-editor-lector), el eslabón más vulnerable tiene la figura del tradicional librero.
Según a quién se haya escuchado en este Fráncfort donde los libreros no tienen lugar (salvo que también sean editores), las opiniones sobre el futuro de esta noble actividad oscila entre la opinión de quienes pretenden para ellos, a la manera de un Estado regulador, un espacio ganado en el circuito electrónico («el librero debe tener asegurado su papel en la cadena electrónica, intermediando entre el editor y el lector») y de quienes dejan su suerte en aras del mercado («desgraciadamente, cada territorio tendrá su propio Amazon, o su propia Fnac, que se han anticipado a todos en este juego»).
Además, dicen los más pesimistas, una modalidad cambiará para siempre. La librería tradicional exhibe, la virtual no. Una persona entra en una librería a ver qué le ofrecen en su vidriera, en sus estantes. Pero nadie que no quiera comprar un libro determinado entra en Amazon para buscarlo, de modo que lo que desaparecerá es esa oferta de exhibición de la librería. Una de las tantas dudas que también se debatieron en este Fráncfort.
* Enviado Especial


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