28 de febrero 2017 - 21:30

Oscar 2017: la comedia de las equivocaciones

Lo peor de la gaffe histórica de la Academia, anunciar un Oscar a la Mejor Película en lugar de otro, fue empañar la victoria de “Moonlight”, porque a esa altura ya nadie podía tomarse nada en serio.

Estupor. Jordan Horowitz, productor de “La La Land”, anuncia que la ganadora es “Moonlight” minutos después de haber agradecido por su film junto a Warren Beatty. Debajo, los rostros de los famosos lo dicen todo.
Estupor. Jordan Horowitz, productor de “La La Land”, anuncia que la ganadora es “Moonlight” minutos después de haber agradecido por su film junto a Warren Beatty. Debajo, los rostros de los famosos lo dicen todo.
"¡No es un chiste!", gritaba anteanoche el productor de "La La Land", Jordan Horowitz. "No es un chiste. ¡Ganaron ustedes, Moonlight!", siguió, dirigiéndose al director Barry Jenkis y su equipo, los primeros en creer que les estaba tomando el pelo. Era lógico. ¿Cómo no pensar en otra humorada de la Academia? Si hacía un rato nomás habían hecho entrar a un grupo de "turistas" con sus celulares para que les sacaran fotos a los famosos, y Denzel Washington había "casado" a dos de ellos. El show debe continuar, y continuaba. ¿Por qué no podía tratarse de una nueva broma si el repertorio de chistes, en los 89 años de ceremonia y con el glamour enterrado y sepultado hace décadas, ya se agotó? La broma más antigua volvió a verificarse: que el Mejor Director no sea el que dirigió la Mejor Película, y que la Mejor Película no sea la dirigida por el Mejor Director.

La búsqueda desesperada de rating para una ceremonia que viene cayendo año tras año en audiencia (el domingo hizo el rating más bajo desde 2008, 32,9 millones de espectadores en EE.UU.) ha llevado a la Academia a probar todo tipo de recursos, y no faltará el exagerado que comente en alguna red social, en un país tan afecto a las teorías conspirativas, que el error histórico (o "épico", como se dice ahora) fue exprofeso, con el fin de llevar el climax al tope. Porque, seamos sinceros, jamás se habría hablado tanto --ni se dejará de hablar-- de un Oscar aburrido como éste si Faye Dunaway y Warren Beatty hubieran anunciado al ganador correcto.

Así fue, aunque no se sensato pensar algo semejante. Nadie querría estar en los zapatos de Martha Ruiz y Brian Cullinan, las caras visibles de la empresa Price Waterhouse Coopers, encargadas históricas de auditar y custodiar los votos, cuya reputación se vio seriamente afectada con el papelón del domingo. En los años 90, cuando la entrega de los Oscar se realizó en cinco capitales distintas, incluida Buenos Aires, representantes de Price Waterhouse (sin el Coopers entonces) viajaron a Buenos Aires para controlar que todo estuviera en su lugar. La parte argentina, correspondiente a la entrega del Oscar documental, se hizo en el Teatro Colón (maestros de ceremonia fueron Charlton Heston y Norma Aleandro). Price Waterhouse mantuvo algunas conversaciones con la prensa (este diario estuvo presente), y allí mostró que sus escrutinios eran más rigurosos que la elección de un Papa.

No fue la única "gaffe" de la noche, aunque la segunda saltó recién ayer: en el segmento In Memoriam apareció la foto de una productora australiana viva en el lugar de una vestuarista que había fallecido el año pasado. Se trata de uno de los errores más comunes que comete quien "googlea" la imagen de alguien que no conoce, y el buscador, a partir del nombre, le arroja el rostro de otra persona asociada a ella. Es improbable (en este caso Price Waterhouse no tiene nada que ver), que la Academia haya elaborado ese segmento, que con tanta dedicación cuida, sobre la base de búsquedas fotográficas en Google. Pero sí cabe presumir que la inclusión de la imagen de la productora australiana Jan Chapman en lugar de la diseñadora de vestuario fallecida Janet Patterson se debió a que ambas participaron en la película nominada "La lección de piano" (además de otras películas), y que el "tío Oscar" fue al archivo y levantó la foto equivocada.

Si, como decía Shakespeare, todo está bien si bien acaba, lo del domingo acabó desastrosamente y en consecuencia todo estuvo mal, inclusive lo que pudo haber salido bien. Pobre el equipo de "Moonlight". Ganar en esas condiciones, con el planeta entero riendo por la enorme gaffe, opaca la victoria de cualquiera, así pertenezca a una minoría perseguida o a una mayoría beneficiada. Lo sublime está siempre a un paso del ridículo, y lo ocurrido en el escenario del Teatro Dolby opacó inclusive lo que pudieron imaginar los guionistas de "La Pistola desnuda 33 1/3", cuando Leslie Nielsen entregaba los Oscar con Raquel Welch, o los Premios Mastropiero de Les Luthiers. Nadie puede emocionarse y dar discursos de agradecimiento coherentes y serios en esas circunstancias. "Quedé muy emocionado de ver a 'Moonlight' recibir la atención que merece y el reconocimiento. Claro que es muy desafortunado que el momento haya sido contaminado por la confusión al final", dijo ayer a la prensa Shaun Harper, jefe del centro sobre Raza y Equidad de la Universidad del Sur de California.

Es de imaginar, también, la enorme satisfacción íntima de Donald J. Trump ante el papelón de Hollywood, que no se cansó el domingo, sobre todo en la persona del conductor de la ceremonia, el humorista Jimmy Kimmel, de gastarle pullas y chequear permanentemente en su celular las eventuales reacciones del presidente ante sus opositores del cine.

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