Palestinos, entre las penurias y una independencia que no llega

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ÁRABES E ISRAELÍES COMUNES PARECEN DISPUESTOS A UNA PAZ QUE SUS LÍDERES NUNCA CONCRETAN

Ramala - Una llave pintada en negro y, encima, una inscripción roja en árabe, «Volveremos», dan al visitante un mensaje de optimismo y voluntad. Pero a los costados se aclara: «Si Dios quiere». El cartel de chapa en forma de arco que pasa por encima de uno de los extremos del campo de refugiados palestinos de Al Amari, cerca de Ramala, es un perfecto resumen del estado de ánimo actual de sus pobladores: la reivindicación de su derecho de retornar a sus antiguos hogares dentro de Israel convive con la certeza nunca confesada en voz alta de que eso será imposible. Invocaciones aparte a la voluntad divina, claro, tan comunes en la cultura musulmana.

En 1948, en la guerra que se desató tras la partición de Palestina votada por las Naciones Unidas, millares de personas huyeron de sus casas tanto para ponerse a salvo de los feroces combates entre las tropas judías y los ejércitos árabes como para ponerse a resguardo de matanzas vergonzosas como la de Deir Yasín. La promesa de los gobiernos árabes era que el naciente Israel sería rápidamente abortado, pero, finalmente, de un lado de la «línea verde» del armisticio se festejó la independencia y del otro, la «nakba», la catástrofe.

Al igual que lo que les ocurrió a casi cinco millones de refugiados, sobre todo en Jordania, el Líbano y Siria, pero también en otros países de la región, ningún Gobierno árabe hizo nada para terminar con la precariedad de la vida en Al Amari. Las declamaciones de solidaridad de la «gran nación» con la causa palestina no han pasado en general de mera retórica.

Al campamento, donde viven unas diez mil personas en menos de un kilómetro cuadrado, se llega cinco minutos después de haber pasado por el retén militar que separa a Israel de la Autoridad Palestina, en el camino que va de Jerusalén a Ramala. Al ingresar en él, las calles se hacen pasillos, la suciedad, mayor y la pobreza, más visible; no por nada el desempleo aquí trepa por encima del 25%. Es un barrio en toda la línea, con casas de material, incluso algunas grandes y llamativas, y ya, a diferencia de otros campos, con acceso a los servicios de agua y la luz. El paisaje es el de una favela o el de una villa argentina de larga data, no el de un asentamiento de chapa y cartón.

La gente afirma no sufrir inseguridad y la presencia de chicos jugando despreocupados en la calle parecen demostrarlo.

La cerca de seguridad que se vuelve muro

Antes de llegar allí, circulando hacia el norte desde Jerusalén se pasa por la localidad de Beit Hanina. La cerca de separación entre Israel y los territorios palestinos, un alambrado triple plagado de sensores y cámaras de vigilancia que cubre el 95% de un trazado previsto de 725 kilómetros, se hace allí muro puro y duro.

Lo que para Israel es la «cerca de seguridad» y para los palestinos el «muro del apartheid» es un motivo de humillación para los segundos. Israel argumenta, con lógica irrefutable, que su construcción desde 2002 ha reducido prácticamente a cero los atentados terroristas, que sólo en los tres años precedentes a esa fecha habían dejado 1.065 israelíes muertos, más de lo que se permitiría cualquier democracia, sistema en el que la gente vota y puede castigar a sus gobernantes.

Para los palestinos la realidad es otra. Si antes de la separación física pasaban a trabajar unos 700.000 palestinos de Cisjordania a Israel, después de su construcción el número bajó a 70.000. El turismo también sufrió, lo mismo que el comercio. Dilemas de una guerra que no desaparecerán mientras persista ésta.

El paso por el «checkpoint» de Nabi Yacob fue mucho menos traumático que lo imaginado, tanto al venir como al regresar. El que fuera un sábado, en el mes de ayuno musulmán del ramadán, sin dudas ayudó. El auto no fue registrado, no hizo falta presentar documentos, funcionó a pleno el «semblanteo» de los soldados israelíes -hombres y mujeres-, entre quienes el clima parecía distendido. No siempre es así, nos aseguran: si bien el trato de los efectivos suele ser correcto, en los horarios pico de los días laborables se producen demoras de dos horas o más, los ánimos se endurecen, los roces entre los automovilistas abundan y la tensión se palpa. Se trata de uno de los aspectos más citados por quienes viven de este lado de la frontera a la hora de referir lo que se percibe como las penurias derivadas de la ocupación.

Los únicos autos que pueden cruzarlo son los de patente amarilla, tramitada en Israel. Los que las tienen blancas, que dependen del autogobierno palestino, no pueden pasar en ningún sentido. El beneficio recae entonces en árabes con documentación israelí.

Pasado el retén, aparece el poblado de Ar Ram. Enseguida, una colonia judía y, enfrente, el campo de refugiados de Qalandia, aún bajo control israelí. Quienes construyen allí lo hacen sin permiso y están sujetos siempre a alguna posible orden de demolición que puede interrumpir imprevistamente largos períodos de tolerancia. Nadie sabe aquí a qué atenerse ni qué designios controlan el ritmo del cosmos. Más adelante, está el mencionado Al Amari y, a continuación, Ramala, la capital de la Autoridad Palestina en Cisjordania.

Todas estas localidades son, en verdad, un continuo urbano que, a ojos argentinos, las hace más asimilables a lo que se ve, digamos, entre Quilmes y Buenos Aires que a poblaciones separadas por terreno abierto.

Yaser Arafat: tan cerca, tan lejos

Ya en Ramala propiamente dicha, unos pocos minutos de viaje permiten visitar la Mukata, la sede del Gobierno palestino y el lugar en el que descansa Yaser Arafat. El cuerpo del símbolo y padre de la patria irredenta, cuyo prestigio en la calle se mantiene pese a la bronca que crece con la gestión de sus sucesores del partido Al Fatah, se encuentra en el centro de la construcción. La custodia es discreta, pero impide acercarse a él. Fotos sí, pero desde lejos, Filmaciones no. Es que está comenzando, por impulso de su esposa Suha, un proceso judicial para exhumarlo y saber definitivamente por qué murió en 2004, desencadenado tras la reciente pesquisa del Instituto de Radiofísica de Lausana, Suiza, que detectó en sus restos una cantidad anormal de polonio, una sustancia radiactiva. Aun a falta de pruebas concretas, nadie duda aquí de que su muerte misteriosa fue un asesinato que perpetró Israel. Lo que se quiere saber es qué palestinos traicionaron al «rais» y ayudaron a envenenarlo. ¿Un posible caso de sida, como se murmuró en Occidente? Aquí ni se escuchó hablar de ese rumor malicioso.

La vida cotidiana, ajena a todos los estereotipos

La decisión del Gobierno argentino de reconocer en diciembre de 2010 la independencia palestina, a tono de la de Brasil y del resto de Latinoamérica con la excepción de Colombia, es muy recordada y agradecida. Si ese gesto entreabre la puerta del afecto para cualquier argentino que llega a esta ciudad, el nombre del futbolista más extraordinario de estos tiempos termina de abrirla de par en par. «¿Argentina? ¡Messi!»
, nos dicen, sonrientes, a cada paso, recreando una expresión que antes se remataba con el apellido Maradona. Nos vamos poniendo viejos.
Israel impide a sus ciudadanos circular por aquí, aunque el control puede burlarse. Los locales, igual, no se arriesgan a hacer pasar a algún amigo: no pueden asegurar «que no aparezca algún loco con un puñal».

La presencia policial es más notoria en Ramala que en las calles de Israel, donde abundan las cámaras de seguridad y controles más sofisticados. Sin embargo no parecen molestar a nadie. Contrariamente a los lugares comunes que hacen pensar en una sociedad violenta, llena de gente armada, la seguridad aquí es evidente. Los chicos juegan en las calles y las joyerías exhiben en frágiles vidrieras oro en gran cantidad: durante el día a salvo, de noche sólo se cierran con postigones testimoniales, que nadie osa abrir.

Un dato para entender lo anterior, así como que la pobreza y la presencia de algunos mendigos no se convierta de ningún modo en postales de miseria como las conocemos en América Latina, está dado por la fortaleza de la institución familiar. Sus estructuras son sólidas aquí, las familias trabajan juntas en los negocios, ayudan a los jóvenes y sostienen a los ancianos, algo clave en un territorio donde, debido a la elevada informalidad económica, la cobertura jubilatoria alcanza a muy pocos.

El 80% de la gente tiene casa propia en la ciudad, hay mendicidad pero no se ve pobreza extrema ni hambre. Tampoco gente viviendo en la calle.
La gente se queja de que paga mucho en impuestos y que no ve nada a cambio, más que políticos enriquecidos. En realidad lo dicen sólo los que superan el temor a la Policía, que no comete grandes abusos pero que no tolera el disenso. Está formada por exmiembros de Al Fatah, el partido nacionalista laico de Arafat y del actual presidente moderado Abu Abás (Abu Mazen).

Una sociedad cada vez más apegada al islam

La sensación general es que, si se votara hoy, el Movimiento de Resistencia Islámica (Hamás, acrónimo que además significa «furor») ganaría con mucha mayor facilidad que en 2006. La corrupción y la necesidad de un cambio político son, para muchos, mejores explicaciones que un súbito sesgo violento e islamista la población. Si eso ocurriera, la ya crónica hibernación del proceso de paz con Israel entraría en niveles más gélidos y profundos. Una posibilidad que, para muchos sólo podría impedir una candidatura del superpopular dirigente de Al Fatah Maruán Barguti. Algo difícil: Israel lo arrestó en esta ciudad en 2002 y se niega a liberarlo, pues lo considera responsable de aberrantes actos de terrorismo contra civiles.

Pero por más que en general no se evoque el factor religioso en un posible auge de Hamás, sorprende a quien haya circulado por estos lugares hace unos veinte años que las mujeres lleven en la actualidad casi sin excepción el «hiyab», velo islámico de colores y estampados diversos que cubre la cabeza, pero no el rostro.

Mucha gente confiesa ser cada vez más religiosa. Un cambio subterráneo que, del mismo modo que ocurre en Israel con el crecimiento de la población ortodoxa, mayor índice de natalidad mediante, moldeará de maneras nuevas y acaso inquietantes la política y las relaciones mutuas en los próximos años.

Cosas de ricos, de pobres y de todos los demás

Ramala es una ciudad de unos 50.000 habitantes eminentemente comercial, y está poblada de negocios y puestos por doquier. La industria es casi inexistente, lo mismo que el turismo.

En el comercio, los artículos importados, que entran vía Israel, desplazan cada vez más a los locales. Hasta las típicas «kafiyah» (turbantes árabes) compiten mal con las chinas. La calidad no es la misma, claro, pero el precio es tres veces mayor.

El nivel de escolarización es bueno en la primaria, pero decae en la secundaria. La economía, como dijimos eminentemente comercial, genera poco empleo y la salida más común es pasar a dar una mano en el negocio familiar. Las alternativas no sobran.

Pese a las privaciones de muchos, ser rico no es una mala palabra. De hecho, muchos ven con buenos ojos a Munib el Masri, dueño de un holding que abarca actividades industriales, de construcción, de telecomunicaciones y de servicios, que lo ha convertido en el palestino más rico y en dueño de una fortuna de unos 5.000 millones de dólares. Es hombre de Al Fatah, miembro de la legislatura y un político popular, a quien se le reconoce ayudar a los pobres. Vive en Nablus, y su casa es de una fastuosidad que pocos cuestionan.

Por las calles circulan autos de todo valor, incluso algunos caros, pero hay que recordar que el de Ramala es un caso especial. Su nivel de vida es más elevado que, digamos, el de Hebrón o Nablus.

Al Tira es una de las zonas más ricas. Alberga bancos, embajadas y residencias oficiales como la del primer ministro Salam Fayad. ¿Quiénes son estos millonarios? Se trata sobre todo de personas llegadas de Estados Unidos, Brasil y otros países, gente que ya llegó aquí con su fortuna. En las zonas más acomodadas de la ciudad un terreno de 1.000 metros cuadrados puede costar unos 2 millones de dólares. La construcción insume otro tanto.

En un barrio medio, en cambio, el metro cuadrado de terreno puede costar unos 200 dólares. La construcción es sin dudas uno de los motores de la economía local, algo que no se da en otras ciudades palestinas.

El auge de esa actividad, particular de esta ciudad, se observa en la «nueva Ramala», que se alza en una colina que está justo frente al memorial de Mahmud Darwish, el gran poeta y emblemático líder nacionalista palestino, autor además de la declaración de independencia de 1988, muerto hace cuatro años. No es una localidad en la que se hayan levantado muchas viviendas; todas lo fueron recientemente.

La actividad en este sábado de ramadán se va incrementando con el correr de las horas, sobre todo en la zona céntrica que rodea a la plaza Al Manara.
Es un área plagada de pequeños comercios y de puestos callejeros. Bocados al paso, frutas y verduras, ropa, calzados, marroquinería, todo se compra y se vende.

Una postal similar a la de cualquier ciudad de un país en desarrollo y que, aromas y sonidos aparte, no sería demasiado diferente de Constitución o Retiro. Como en Buenos Aires, también el tránsito tiende a complicarse, pero hay una diferencia: si uno cruza mal, los autos aquí se detienen y respetan sin enojos la prioridad del peatón.

Muchos compran comida para prepararse a romper el ayuno tras la caída del sol, pero todos los bares y restoranes están cerrados. Nadie come por la calle ni bebe una gota de agua; sería algo mal visto.

No hay barrios exclusivos para religiosos, y si bien los cristianos tienden a agruparse en algunas zonas, éstas distan de ser exclusivas y de hecho se mezclan con los musulmanes.

Del resentimiento a la aceptación del futuro

Israel es famoso, y con justicia, por haber convertido el desierto en un jardín, pero la situación se ve muy diferente de este lado de la línea verde. El agua es uno de los problemas más agudos, en Ramala en particular y en Cisjordania en general. El Estado judío controla la distribución y aquí sólo hay servicio tres días por semana. Así, la gente almacena el agua como puede. Las terrazas de los edificios muestran numerosos tanques negros (no hay uno solo por edificio como en la Argentina) y, quien puede costearlo, coloca más de uno para abastecer a su familia. Es común que algunos departamentos cuenten con tres, cuatro y hasta cinco tanques, lo que igual no elimina los dilemas cotidianos sobre su aprovechamiento doméstico.

La gente se queja también de los servicios de salud. Atenderse bien resulta caro, y acudir a Jerusalén requiere, además, un permiso especial que es muy difícil de obtener.

La separación de los dos pueblos es un rasgo que, se imagina, debería hacerse más férrea con el tiempo.

La preocupación israelí por el balance demográfico es concreta, ya que no falta mucho para que haya más árabes que judíos si se toma globalmente el territorio de Israel, Gaza y Cisjordania. Así lo determina la mayor tasa de natalidad de la población árabe,lo que hace que cada vez más israelíes se pregunten si esa realidad no pone en riesgo a largo plazo (o no tan largo) el carácter de su país como un Estado a la vez judío y democrático. El temor a una «sudafricanización» hace que desde la izquierda pacifista se plantee que el surgimiento de un Estado palestino sea parte prioritaria del interés nacional de Israel. Así, en el corto plazo, a fin de desalentar la entrada al país, muchos inmigrantes, hijos de palestinos que han elegido a venir vivir aquí desde diferentes lugares del mundo, incluso desde Sudamérica, deben seguir residiendo con precarias visas de turista, sin poder acceder al estatus de residentes. Cualquier delito o falta podría privarlos de la renovación, pese a tener cónyuges o hijos nacidos en estos territorios.

A nivel de sensibilidades populares, Israel despierta hoy más resignación que bronca. El Estado judío es una realidad que llegó para quedarse, admiten todos sin creerse una sola palabra de las proclamas de los políticos extremistas acerca de una futura Palestina árabe unificada del Mediterráneo al río Jordán.

De un lado y del otro de la frontera, israelíes y palestinos aseguran tener amigos que no pueden ver, relaciones de afecto que han quedado congeladas por la separación física. Da la sensación de que a nivel popular un acuerdo de paz sería mayoritariamente bien recibido y que el nudo, en todo caso, es firmemente sujetado por los respectivos liderazgos.

Igualmente, lo que se dice amor, tampoco abunda. Las miradas se nublan y los gestos se hacen duros cuando se tocan temas como la cerca-muro, los controles fronterizos, las penurias de la vida cotidiana o la situación en Gaza, el territorio controlado por Hamás que permanece cercado, bloqueado por mar y con el paso de personas cerrado, donde muchos tienen familiares a los no podrán volver a ver Dios sabe por cuánto tiempo.

Israelíes y palestinos saben que el vecino seguirá allí, que no se esfumará y que, tarde o temprano, deberán aprender a convivir con él. Después de cuánta violencia mutua más y de cuánto resentimiento alimentado cada día, es lo que no se sabe.

Unos y otros dicen querer la paz, pero ésta no llegará mientras no se la perciba como justa. Sin eso, sin una justicia plena para todos, las proclamas pacifistas sólo seguirán siendo palabras vacías.

Enviado Especial a la Autoridad Palestina

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