29 de diciembre 2011 - 00:00

Para Herzog, el 3D es más que un efecto

La Chauvet de Pont l’Arc es la más antigua, variada, y numerosa serie de pinturas rupestres de nuestra civilización. Herzog la visita.
La Chauvet de Pont l’Arc es la más antigua, variada, y numerosa serie de pinturas rupestres de nuestra civilización. Herzog la visita.
«La cueva de los sueños olvidados» («Cave of Forgotten Dreams/ Die Höhle der vergessenen Traume/La grotte des reves perdus», Fr.-Al.Can.-GB-USA, 2010); Guión y dir.: W. Herzog; docu 

Así como el cinerama sirvió para grandes fantasías y para documentales que nos hacían viajar casi literalmente por el mundo, ahora la nueva etapa del 3D nos descubre la posibilidad de otro viaje, con parecida sensación de realismo y sugestivas reflexiones que nos hacen pensar y también fantasear. Quien ha dado ese paso es el veterano Werner Herzog, que a lo largo de su vida combinó documentales y ficciones con igual grado de extrañeza y de lúcida angustia existencial, recorrió desiertos que se tragan el asfalto, terribles hielos polares, montañas de paredes casi verticales, selvas agotadoras donde el hombre enloquece, bosques de animales salvajes, «oficinas» de torturadores iraquíes, planicies australianas «donde sueñan las hormigas verdes». Y ahora se mete en la Chauvet de Pont lArc.

¿Cómo lo hizo? Ese lugar está prohibido al público. Una puerta de acero con sistema de alarma y guardias armados lo custodian. Ahí solo entra un puñado de científicos por año, y sólo unos pocos días al año. Adentro está la más antigua, variada, y numerosa serie de pinturas rupestres de nuestra civilización. Unas 400, todas hechas con particular nivel estético hace decenas de miles de años, ocultas luego por un alud, y descubiertas en diciembre de 1994 por tres espeleólogos de pueblo: Jean-Marie Chauvet, su vecina Eliette Brunel, y Christian Hillaire. A medida que penetraban en la cueva, entre estalactitas y estalagmitas, iban apareciendo más tesoros, y también huesos y huellas dactilares. Los pintores, posiblemente, dejaban su «firma».

Enseguida el Ministerio de Cultura de Francia se hizo cargo. Debía impedir la depredación y hasta el aliento humano, que todo contamina. Por eso tantas precauciones. Tras las fotos de registro, ni un solo equipo de cine pudo penetrar en ese museo de la prehistoria.

Pero Herzog no es un cineasta común. Es casi un filósofo, un tipo de gran cultura que convivió con civilizaciones muy distintas, sabe preguntar a los que saben, y reflexiona de un modo muy particular sobre la especie humana. El Ministerio lo contrató, acordó un equipo mínimo, él recorrió todo, charló con conocedores y también con locos sueltos, registró el modo en que los primeros artistas supieron usar las salientes de las rocas para dar relieve a sus pinturas (de ahí la necesidad del 3D), estudió y probó cómo ellos habrán visto esas paredes a la luz tintineante del fuego, y nos entrega ahora este viaje en el tiempo, fascinante, hipnótico, ilustrativo, y a veces también divertido.

El espectador puede admirarse del paseo, de las pinturas, del trabajo de los especialistas, de la envidiable y rápida labor de los organismos oficiales (véase «grotte chauvet pont darc» en www.culture.gouv.fr.) y, en particular, puede admirarse de nuestro cicerone, un tipo fuera de serie. En resumen: una excepcional visita guiada, otra aplicación para los anteojitos, y mucho para apreciar.

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