7 de febrero 2013 - 00:00

“Parsifal” en Madrid, o la vuelta a los orígenes

La versión de «Parsifal» del Teatro Real de Madrid, que permite disfrutar de una extraordinaria realización musical, es parte del festín que depara el año del bicentenario del nacimiento de Wagner.
La versión de «Parsifal» del Teatro Real de Madrid, que permite disfrutar de una extraordinaria realización musical, es parte del festín que depara el año del bicentenario del nacimiento de Wagner.
Madrid - Particular por varios motivos es la versión que acaba de presentar el Teatro Real dentro de su temporada 2012-2013 (y como parte del festín wagneriano que depara el año del bicentenario de su nacimiento). En primer lugar por su carácter de versión de concierto, que si bien desnaturaliza en parte todo discurso operístico deja aquí el vuelo libre a la atención para disfrutar a pleno de una realización musical extraordinaria. Y siempre habrá quien diga que dado el «estatismo» de esta obra, es de las que menos pierden con la falta de acción escénica.

Apenas dos imágenes proyectadas alternativamente (un bosque y un paisaje brumoso), unos pocos pero muy atinados efectos de luz y movimientos mínimos de los solistas y las masas corales constituyen el marco visual de este «festival escénico sacro», tal como lo denominara su autor. A su alrededor se despliega, gloriosa, la música.

Thomas Hengelbrock, director y musicólogo avezado en la interpretación históricamente informada, llevó a cabo un trabajo de filología sonora cuya clave se encuentra en el texto de Minkus Teske que acompaña el espectáculo: «No pretendemos conseguir una reconstrucción lo más fidedigna posible del estreno de Parsifal, sino más bien que la estética del sonido de Richard Wagner constituya la idea conductora para la comprensión de la obra». El trabajo se orienta al empleo de un orgánico fiel, especialmente en lo que hace al empleo de maderas, bronces y percusión de características similares a las que el autor buscaba. Es evidente que la ubicación de la orquesta en el escenario es un factor acústico gravitante, pero aun así el «perfume» decimonónico se percibe vívidamente y el balance entre las secciones mejora en forma notable.

De todas maneras es la batuta de Hengelbrock la que extrae de este «instrumento» fabuloso, su Balthasar Neumann-Ensemble, una apabullante paleta de sonoridades, y parece no haber distancia entre sus gestos y lo que el público percibe. Las magníficas escenas finales de los actos 1 y 3, con la participación del Balthasar Neumann-Chor y el coro de niños de la JORCAM, golpean al espectador con una fuerza irresistible.

El elenco prácticamente no hace agua. Aun bajo los efectos de una intoxicación gástrica, el barítono Matthias Goerne entrega -con su timbre inconfundible y su inteligencia musical «todo terreno»- un notable Amfortas. La voz brillante y sólida de Simon ONeill es otro de los pilares de la producción; en el rol titular el tenor neozelandés se muestra interpretativamente parco, pero es difícil imaginar una vocalidad más apropiada para Wagner. Como Kundry, la espigada Angela Denoke no desborda sensualidad ni resistencia vocal, tanto es así que promediando el segundo acto dio ostensibles muestras de fatiga. Perfecto el Gurnemanz de Kwagnchul Youn, impecables Johannes Martin KrTMnzle (Klingsor), Victor von Halem (Titurel) y el resto del reparto.



*Enviada Especial

Dejá tu comentario