Tres mujeres distintas por edad, lugar de residencia y condición social muestran que el cuerpo guarda registros que llevan a la rebelión o a la negación en la novela de Paula Puebla “El cuerpo es quien recuerda” (Tusquets). Puebla es periodista, y publicó previamente la novela “Una vida en presente” y el ensayo “Maldita tu eres”. Dialogamos con ella.
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Paula Puebla: un tema tabú con varias miradas
En su nueva novela, “El cuerpo es quien recuerda”, se ocupa del alquiler de vientres.
Periodista: ¿Qué la llevó a elegir el tema del alquiler de vientres?
Paula Puebla: La idea que me la tiró un amigo para escribir una nota periodística. Yo venía trabajando temas relacionados con la mujer y me pareció natural poner la mirada en la subrogración de vientres, sobre lo que, si bien hay películas, textos y estudios, hay algo de lo que no se habla. Se interpone para que discutamos la santificación de la maternidad y por qué hay una alienación de una parte del cuerpo de la mujer. Es doloroso, aún dentro de los feminismos, blanquear eso. Me interesa poner en crisis algunas cuestiones. Dado que estamos hablando mucho sobre los cuerpos de las mujeres, nuestros derechos, resulta imposible no poner la mirada sobre la subrogación.
P.: Un tema central para la hija, la gestante y la madre intencional es quién soy, de dónde vengo, cuál es mi lugar...
P.P.: Se suma una capa nueva al tema de la identidad. Con material genético de dos personas se contrata el órgano de otra, una mujer, para que nazca un hijo. Y la información al niño que nació por ese método está sujeta a la voluntad de los padres de intención. En mi novela está sujeta a la voluntad de la pareja de Victoria y Roberto, que no sabe bien qué hacer. En el caso de la identidad de Rita, está muy pegada a la locura de su madre.
P.: Marley o Luciana Salazar hablan de sus hijos de vientre subrogado y los muestran, en la clase alta mantienen el secreto de los suyos.
P.P.: Es una cuestión de clase. Para acceder a ese método se tiene que tener dinero, viajar y hacer frente a los cuestionamientos sociales y familiares. Cuando se menciona el deseo en una familia o un entorno social hay cuestiones que quedan neutralizadas. Si el deseo de volverse madre es tan fuerte como para acudir a la subrogación es muy difícil que el entorno se anime a poner algún apóstrofe sobre esa idea. Luciana Salazar, Marley, ofrecen una cierta escenificación de ese tipo de maternidad o paternidad.
P.: ¿Por qué se vale de distintos géneros literarios, del realismo sucio a la ciencia ficción y a la literatura fantástica?
P.P.: Necesitaba tres discursos marcadamente distintos -el reflexivo, el epistolar, el monólogo a una cámara- porque el contenido es diferente. Tenía que dar posibilidad a cada una de las mujeres que contara su historia. Si contaba sólo desde Rita, la hija, podía caer en una cosa lastimosa, conmiseración o victimismo. Ellas entablan un diálogo donde no terminan de comunicarse, donde una no escucha a la otra. El uso de los géneros acaso tiene que ver con algo que me gusta mucho en las novelas que leo. Me fascina Michel Houellebcq en quien en realidad es casi sin bordes realidad y ficción. Me interesa borrar la línea entre ficción y realidad, ya que la realidad le está comiendo terreno a la ficción. En “El cuento de la criada” de Margaret Atwood la subrogración es una distopía, por qué una distopía si existe desde hace treinta años. Hoy ya hay investigaciones para reproducir seres no en vientres sino en bolsas de plástico, parece futurismo, pero hay laboratorios que lo están probando.
P.: ¿Fue una premonición que el otro polo de la novela sea una Ucrania posbélica?
P.P.: Ucrania viene con guerras desde hace mucho, pero aparece porque desde hace unos veinticinco años tiene la industria de la subrogación avalada por el Estado. Para las ucranianas pobres la posibilidad de convertirse en subrogante es muy alta porque no consiguen otro trabajo. La desigualdad es grande y es una fuente laboral. Se puede subrogar en Miami pero es más caro. Se va a lugares con mucha desigualdad, como India, donde hay usinas de gestación.
P.: ¿Por qué en sus dos novelas el cuerpo femenino resulta central?
P.P.: Me interesa la maldad sobre el cuerpo, la violencia sobre el cuerpo, todo lo que puede el cuerpo, lo que recuerda, lo que olvida. “Una vida en presente” trata de una escort, trabaja de acompañante sexual de hombres poderosos, una prostituta con privilegios que se codea con empresarios y políticos. Es muy cáustica, muy frívola por momentos, y con mucha soledad. Se discute qué consideramos trabajo y qué no consideramos trabajo. Unen mis novelas la discusión sobre ciertos trabajos, sobre los límites del cuerpo, sobre la alienación del cuerpo de las mujeres.


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