18 de mayo 2016 - 00:00

Pesadillas que se vuelven ominosamente cercanas

Pesadillas que se vuelven ominosamente cercanas
Mariana Enríquez "Las cosas que perdimos en el fuego" (Bs. As., Anagrama, 2016, 197 págs.)

"He sabido de algunos santos populares muy curiosos, el Gauchito Gil, San La Muerte, la Difunta Correa, Doña Gilda, y de gente que ha cometido crímenes espantosos. ¿Quiénes han extraído de ese extraordinario yacimiento material para escribir?", preguntó años atrás la escritora española Dolores Redondo, y agregó "no digo para escribir frías ficciones intelectuales de literatura fantástica sino las de terror que conmueven físicamente, que dejan como después de vivir una pesadilla, sacudones que te dejan demudado". La respuesta hubiera sido entregarle "Las cosas que perdí en el fuego", el nuevo libro de Mariana Henríquez.

Ya, en "El chico sucio", primero de los 12 cuentos del libro, forman parte del escenario el Gauchito Gil, la Difunta Correa y los rincones urbanos donde se practican ritos de la macumba. El cuento es una cartografía del desventurado barrio de Constitución, con sus prostitutas, drogadictos, indigentes en situación de calle. Allí una diseñadora gráfica se ha ido a vivir a la abandonada casa de sus abuelos para aislarse. Allí se hace amiga de Lala, una peluquera travesti. Y fisgonea la calle donde hay una anoréxica drogadicta embarazada, y un chico sucio que vagabundea, y que un día se refugia por un momento en su casa. Un día aparece un chico decapitado, mutilado, violado, en un rito satánico. No es el que ella sospecha. Pero el terror la inundará en frases que le grita la anoréxica drogadicta, frases que le roban toda inocencia y la hacen entrar, junto a quien leen, en el estupor.

En "La hostería", una chica descubre en una travesura vindicativa con una amiga su elección sexual junto al pánico de que los fantasmas de la dictadura pueden reaparecer. En otro caso, la narradora encuentra una calavera en la basura, se la lleva a su casa, la bautiza Vera, echa a su novio cada vez más gordo ("Nada de carne sobre nosotras"), y empieza a buscar cómo completar a Vera, algo fácil "porque aquí todos caminamos sobre huesos".

Dos relatos resultan antológicos por la perfección de su clima, su desarrollo, su tensión: "La casa de Adela", que reelabora el tema de la casa siniestra, y "Pablito clavó un clavito: una evocación del Petiso Orejudo", donde un licenciado en turismo que conduce el tour por Crímenes porteños descubre reiteradamente entre los pasajeros al famoso siniestro asesino serial de niños. "La cosas que perdimos en el fuego" trata de una secta de mujeres que buscan en quemarse en un "autofemicidio controlado", en convertirse en monstruas, un modo de enfrentar la violencia de género. Mariana Enríquez ha refinado, en su sexto libro de ficción, su forma de apropiarse del género terror y provocar sensaciones físicas desde la escritura. La unidad y variedad arrastran a leer y leer, para ver qué nos espera, para completar lo no dicho, para fomentar interpretaciones. Hay cuentos que se viven como una película, y ése podría ser su destino. Se la siente deudora de Stephen King, Neil Gaiman, Shirley Jackson, y entre nosotros, de Quiroga, Arlt, Silvina Ocampo, Kordon, Laiseca, pero es su voz lo que se impone sobre cualquier referencia y le ha otorgado un lugar singular en la "nueva narrativa argentina", esa que ofrecen autores que nacieron después de 1970.

Pesadillas que son metáforas de una realidad subyacente. Exploraciones en lo extraño que se vuelve ominosamente cercano. Doce atrapantes encuentros con un mundo gótico, terrorífico, que de algún eventual modo nos rodea.

Máximo Soto

Dejá tu comentario