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¿Quién empezó la guerra y cómo ganarla?
Horacio Lachman
No sólo hay denuncias, también múltiples acciones bélicas. Hace pocas semanas una comisión de la Cámara de Representantes de Estados Unidos aprobó un proyecto de ley que permitiría al país aplicar aranceles a las importaciones de países con monedas subvaluadas, apuntando directamente a China que realizó enérgicos reclamos. Su premier Wen Jiabao le había dicho a los europeos en la Cumbre que dejen de atosigar a China sobre el tema y tras la Cumbre con Obama de hace un par de semanas afirmó que el problema no estaba en el valor del yuan.
Por su parte Japón redujo sus tasas de interés al 0% para detener la valorización del yen. Brasil amenaza con aplicar medidas, mientras Mantega denuncia ante múltiples foros y dirigiéndose en particular a los encolerizados industriales paulinos, les dice que va a enfrentar la guerra cambiaria. Suiza lleva un año comprando dólares para frenar la fuerte revalorización que sufre el franco suizo. Tailandia, Indonesia, Colombia y Perú, por ejemplo, han aprobado medidas para evitar la apreciación de sus monedas. Frente a la escalada del euro tiemblan los empresarios del Viejo Continente, aunque confían por ahora que el proceso se detenga. A su vez la Sociedad Nacional de Agricultura de Chile advierte que corre peligro el sector frente a la apreciación del peso y pide al Gobierno «salirse de la ortodoxia» porque la crisis del campo podría acarrear un gigantesco problema social.
El FMI y los gobiernos de EE.UU. y Europa pintan a China como el malo de la película, que no deja que el yuan se fortalezca frente al dólar y obtiene una mayor competitividad que le permite mejorar su balance comercial.
Pero el mayor problema en América Latina y en Europa, que obliga a aplicar constantes medidas defensivas, es la caída del dólar. Y no se está derrumbando por una sequía o por la ayuda humanitaria que viene haciendo Estados Unidos, sino por causas bastante más mezquinas.
Conviene tener en cuenta además que la economía china no es un jardín de rosas. En marzo pasado este país tuvo por primera vez en 6 años déficit comercial y luego recuperó el superávit, pero en niveles muy inferiores a los de 2009. Sus importaciones vienen creciendo mucho más rápido que sus exportaciones. Con el aumento de precio de las materias primas que importa y la caída de precios de las manufacturas de poco valor agregado que exporta, el futuro del superávit comercial chino plantea interrogantes.
Por otra parte, cuando los europeos le pidieron una maxirrevaluación del yuan -se reclama entre un 20 y un 40%- el premier chino Wen Jibao les recordó que ese paso obligaría a cerrar fábricas. «Si China sufriera turbulencias económicas y sociales, sería un desastre para el planeta», precisó. Por su crecimiento demográfico y el proceso de migración del campo a la ciudad necesita crecer al 9% anual para absorber la oferta de trabajo. Además una macrorrevaluación del yuan no sólo cierra mercados y empresas; también implica una pérdida descomunal del valor de las cuantiosas reservas chinas en dólares y bonos del tesoro norteamericano, en la que los orientales confiaron para asegurar su economía.
Quienes hoy dicen que la guerra cambiaria la hace China manipulando el valor del yuan, se olvidan que el sistema monetario mundial de posguerra su basó en la solidez del dólar y que Estados Unidos tenía el privilegio, pero también la responsabilidad de administrar la moneda patrón sobre la que se fundaban las relaciones económicas internacionales.
La guerra monetaria -brutal y abusiva- se puso en movimiento hace ya varias décadas y estalla en los últimos años cuando EE.UU. incurre en gigantescos déficits fiscales y políticas monetaria superexpansivas que llevaron naturalmente a un inmenso déficit comercial. EE.UU. aprovechándose del rol que tenía en el sistema monetario internacional promovió un gigantesco endeudamiento público y privado para ampliar su poder de compra.
Todos advierten lo complejo y peligroso de la situación actual y la necesidad de la cooperación internacional para superarla. Pero sin duda Estados Unidos debe hacer un gigantesco esfuerzo, más que reclamar a los demás que le faciliten el camino para licuarlos. Debe probar la medicina que siempre recetó el FMI. Joseph E. Stiglitz ha dicho claramente que el problema de EE.UU. no es el yuan sino su bajísima tasa de ahorro.


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