7 de octubre 2010 - 00:00

Radioteatro claustrofóbico

Sus momentos de humor negro no salvan a «Enterrado», el drama de un hombre secuestrado en un cajón bajo el desierto iraquí, que se la pasa hablando por celular con medio mundo.
Sus momentos de humor negro no salvan a «Enterrado», el drama de un hombre secuestrado en un cajón bajo el desierto iraquí, que se la pasa hablando por celular con medio mundo.
«Enterrado» (Enterrado/Buried, España, 2010, habl. en inglés) Dir.: R. Cortez. Int.: R. Reynolds. Voces: S. Tobolowsky, S. Mathis, J.L. García Pérez.  

Hay gente que aún recuerda que ir al cine era un gran espectáculo, las películas estaban rodadas en Cinema Scope, y ofrecían grandes escenas épicas como ejércitos de miles de extras vestidos de época navegando los mares en flotas de galeras al estilo «Ben Hur» o asaltando trenes en el desierto como en «Lawrence de Arabia». Bueno, algo de eso queda en megaproducciones como el «Avatar» de James Cameron, pero cada vez más florecen películas que no ofrecen casi nada, y que hace unas décadas hubieran provocado carreras de espectadores a la boletería pidiendo que les devuelvan su dinero.

Uno de estos casos sería el de una película donde un tipo se la pasa todo el tiempo dentro de un cajón enterrado bajo el desierto iraquí, y el espectador sólo recibe planos del infeliz dentro de su claustrofóbico encierro. En su versión de «El entierro prematuro» de Edgar Allan Poe, el director Roger Corman le dejaba muy poco espacio para respirar al torturado Ray Milland. Acá, aunque sea, los captores de un camionero que trabaja para la ocupación estadounidense en Irak son más amables, ya que el cajón donde lo han enterrado vivo, y de donde no le permitirán salir sin el pago de un rescate, es lo suficientemente amplio como para que el enterrado pueda dar una vuelta, buscar una carta de rescate a sus pies, prender su encendedor zippo y, sobre todo, hacer todo tipo de cosas con su teléfono celular.

De hecho, todo el relato se basa en los diálogos del secuestrado con distintas personas, incluyendo su captor iraquí, a través del teléfono móvil. Hay que reconocer que la trama se sigue perfectamente, aunque por la semioscuridad reinante en la pantalla, el asunto más que un film parece una especie de radioteatro.

Sería difícil explicar el género de este film, al que podríamos llamar un thriller terrorífico con bastante humor negro y algo que decir en política, ya que obviamente los que deberían ocuparse de liberar a la víctima son funcionarios del gobinero estadounidense, que someten al personaje protagónico a toda clase de amansadoras telefónicas. Lamentablemente, el humor y el ingenio no alcanzan para sostener un largometraje con un tipo encerrado en un ataúd debajo del desierto. Como episodio de la «Dimensión desconocida» de 22 minutos podría haber funcionado, pero en este formato de película es una suerte de cargada al espectador, que puede pasar un rato bastante insoportable.

D.C.

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