Reabrió el Colón con gala tan emotiva como efectista

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El contenido de la noche de reapertura del Teatro Colón no fue evidentemente el ideal para los estándares de calidad acostumbrados a lo largo de sus ciento dos años de historia; sin embargo, hay que reconocer que el efecto emocional de los fragmentos de las obras elegidas tuvo una clara repercusión sobre un público que estaba dispuesto a aplaudir, y a festejar el gran acontecimiento, aun antes de entrar a la sala.

Para muchos se celebraba no solamente la reapertura del primer coliseo, sino también una reunión inter pares en cuanto al signo político. Nunca se vio, por caso, que se recibiera la entrada de un jefe de Gobierno (o antes, a un intendente) con una salva de aplausos de intensidad presidencial con que se recibió a Mauricio Macri ingresar a su palco. Del mismo modo, al término de la representación (que se extendió, pese a lo prometido, casi hasta las 23, por culpa de un intermedio desmesuradamente extenso pensado para la TV), con la misma cantidad de aplausos, se le agradeció sobre el final a Macri que el Colón volviera a funcionar. En ese momento, sobre el proscenio, estaban los cantantes esperando sus aplausos y, resignados, tuvieron ellos también que aplaudir al alcalde.

En ese momento, Macri soltó el nudo de la Bandera argentina del palco presidencial, y dejó que se desplegara sobre la platea. Tal como lo profetizó este diario hace un año, el jefe de Gobierno porteño fue el Radamés, es decir, el guerrero triunfal de la ópera «Aída».

El programa

Pese a tratarse de un público culto, salvo algunas excepciones de personajes mediáticos en la platea, también hubo anoche una gaffe: la entrada del primer violinista fue saludada con un aplauso, confundiéndoselo quizá con el director de orquesta. Segundos después, sí subió al podio Javier Logioia Orbe. Tras la ejecución del Himno Nacional, sonaron los compases de la «Danza» de la ópera «Huemac» de Pascual de Rogatis, compositor de «La novia del hereje» e injustamente olvidado en las últimas décadas. El tercer acto de «El lago de los cisnes» continuó el popurrí elegido por las autoridades del Colón para la noche. En realidad, se trató sólo de una porción del extenso tercer acto, con bailes simplificados en algunos casos.

Al igual que el caso anterior, tocó la Filarmónica de Buenos Aires y se vieron las vistosas coreografías de Lidia Segni. De acuerdo con las premisas de los programadores, se eligió el acto más «vistoso» del clásico de Tchai-

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, ya que es el que contiene el desfile de danzas (la napolitana, las czardas, la mazurca y la española). Silvina Perillo (Odile), fue la única estrella que tuvo un papel preponderante en sus desplazamientos y figuras, Alejandro Parente (Sigfrido), Alicia Quadri (la reina), y Vagram Ambartsoumian (el mago Von Rothbart) fueron los otros protagonistas de esta parte.

Llamó la atención de algunos habitués la decisión de haber vestido a varios personajes con atuendos de «El cascanueces» en lugar de los habituales ropajes correspondientes a «El lago de los cisnes». Se preguntaban también esos habitués cuál habrá sido el destino de ese vestuario original, dado que no fue hace mucho que se lo empleó, en ocasión de la despedida de Julio Bocca en el Luna Park.

Tras el mencionado y extenso intermedio vino la parte realmente espectacular de la noche: la escenografía para el segundo acto de «La Bohème» pucciniana fue cinematográfica y multifuncional, recordando algunos de los excesos de Franco Zeffirelli en el Metropolitan de Nueva York. Esto incluyó un coche auténtico en escena; dos etapas sucesivas de montaje en las cuales, en la primera, se simuló una callejuela del barrio latino de París, para que posteriormente, con el descenso de un techo funcional, el espectador se encontrara de inmediato en el interior del café Momus.

También incluyó esta puesta un desfile de granaderos fuera del escenario y a lo largo del pasillo central del Colón, un efecto nunca empleado, que sirvió para reforzar la espectacularidad de la puesta. No es para menos: según trascendió, el Colón destinó 15 millones de pesos a la producción de «La Bohème», y el puestista Hugo de Ana encargó íntegramente el vestuario para esta ópera a la sastrería italiana Tirelli.

Esto permitió atisbar el estilo que tendrá la versión integral que subirá a escena como inicio de la temporada, a partir de mañana. Este breve acto (de 18 minutos) contó con la presencia de los cuatro solistas y los dos coros, el Estable y el de niños. Aunque la gran protagonista de esta «Bohème» es la soprano Virginia Tola, en este acto Mimí, (su papel), sólo tiene unas poquísimas intervenciones, al igual que las de Rodolfo (Marius Manea) y Marcello (Marco Caria); así, por los azares de la historia, le tocó entonces a la soprano norteamericana Nicole Cabell, en el papel de Musetta, ser la primera voz destacada en la historia del Colón a partir del período de su reapertura, ya que fue la única que tiene aria propia en este acto: «Quando men vo», o más popularmente el «vals de Musetta». El Colón, pese a todas las críticas y los obstáculos que seguramente continuarán a lo largo del tiempo, en especial los referidos a la planta de trabajadores, finalmente dio anoche, a la hora y el día señalados, el Do de pecho.

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