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Rosario ovacionó a una excelente Filarmónica
La Orquesta Filarmónica de Buenos Aires que ha logrado concretar una temporada de Abono más fuera de su sede, el Teatro Colón, también está reconquistando expansión nacional e internacional.
Esta vez fue la ciudad de Rosario la que recibió la visita del organismo municipal repitiendo el concierto que brindó el jueves 10 en el Teatro Coliseo porteño, con un interesante programa que reunió autores clásicos y contemporáneos y el estreno de una obra de un compositor argentino.
La Sinfonía N° 96, en Re mayor, «El Milagro», de Haydn, abrió el concierto con una interpretación vivaz. El maestro mexicano Enrique Diemecke, director titular del organismo, contagia su energía para la exposición de esta bella sinfonía llena de encanto. Los cuatro movimientos fueron interpretados por los músicos de la Filarmónica con auténtico sentido de estilo y una remarcable disciplina.
A continuación, con la misma aptitud técnica y expresiva, la orquesta acompañó a uno de nuestros más grandes virtuosos del piano: Nelson Goerner. Evidentemente compenetrado, el pianista ofreció una versión conmovedora del Concierto para la mano izquierda, en Re Mayor, de Maurice Ravel. Su fraseo decantado y de gran poder de comunicación, su sonoridad clara y contundente y su expresividad junto a un intenso dramatismo fueron esenciales en la interpretacón de de este magnífico trabajo de Ravel dedicado al gran pianista austríaco Paul Wittgenstein, que perdió la mano derecha durante la guerra. La música da cuenta de la situación que el músico centraliza con arrogante pianismo en una sola mano. Goerner fue el magistral traductor de este concierto aunando técnica depurada y emoción. El público rosarino aplaudió con tanto brío esta interpretación que Goerner volvió al piano y ofreció como bises un Nocturno de Chopin (en Do menor, Op. 48 N° 1) y el «Estudio», Op. 10 N° 4, del mismo autor, que el auditorio celebró ruidosamente.
En la última parte se oyó un estreno del compositor Claudio Alsuyet («Movimiento Sinfónico. De sombras») muy bien escrito desde el punto de vista instrumental y con nobles ideas, aunque parece una obra que debiera asimilarse a otra de mayor aliento, como una parte o un movimiento, y allí complementar su atractiva importancia como idea musical. La humorística y sarcástica Sinfonía N° 9 (Mi bemol Mayor) de Shostakovich cerró el concierto con una performance de gran rigor de los músicos de la Filarmónica, dirigidos por Diemecke con su conocimiento de causa y una siempre ágil dinámica para este tipo de obras.

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