Rushdie reivindica el placer como un acto revolucionario

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  Madrid - Abanderado de la defensa de la libertad de expresión, Salman Rushdie regresa al terreno de la fantasía con "Dos años, ocho meses y veintiocho noches", una suerte de fábula con grandes dosis de humor en la que aborda un tema recurrente en su trayectoria y de gran actualidad: el conflicto entre la razón y la fe.

Rushdie (Bombay, 1947), que ayer recibió en Madrid la Medalla de Oro del Círculo de Bellas Artes, confesó en la presentación a los medios que se trata de una novela "muy loca". Puede incluso que sea su libro "más divertido", o eso afirman las críticas que le han ido llegando, y apuntó que si tuviera que definirlo como una comedia, desde luego sería una "comedia negra". Pero además, bromeó, "tiene mucho que ver con España". Así que "parte de esa locura les corresponde", declaró.

"El sueño de la razón produce monstruos", se lee en el "Capricho" 43 de Francisco de Goya con el que Rushdie arranca su novela. Y desde Goya retrocede al al Ándalus de 1195, concretamente a la aldea de Lucena. Allí se exilia el filósofo Ibn Rushd -más conocido en España como Averroes y al que debe su propio apellido, pues su padre se lo cambió en su honor-, tras verse desacreditado por los fanáticos que quemaron sus libros desterrando sus ideas liberales.

Un día irrumpe en su vida la joven Dunia, quien en realidad es una "yinnia" con la que tendrá numerosos hijos. Siglos después, los descendientes del filósofo y esta criatura mágica vivirán la Guerra de los Mundos, que vuelve a enfrentar ciencia y religión. Y, como estirpe de elegidos, tendrán que lidiar contra el fanatismo en una época sombría conocida como Era de la Extrañeza que duró dos años, ocho meses y veintiocho noches. O lo que es lo mismo: mil y una noches.

Eterno candidato al Nobel de Literatura (cuya edición 2015 se falla mañana), Rushdie juega con la historia y el folklore, la mitología y la tradición oriental, en esta novela que avanza como una sucesión de cuentos para adultos. Y es que tras "Joseph Anton. Memorias del tiempo de la fatua", centrada en los años que siguieron al edicto del ayatolá Jomeini tras la publicación de "Los versos satánicos", afirma que necesitaba volver a la fantasía. "Jamás pensé que escribiría una autobiografía, aunque me alegro mucho de haberlo hecho", declaró. "Pero la ficción es el barrio donde me gusta vivir".

Según Rushdie, el realismo es "sólo una manera de contar la realidad", y además bastante reciente, pero la forma tradicional de hacerlo se remonta a esas historias orientales que le narraban sus padres y ahora cuenta él. Historias "vivas" -en India, si a alguien se le pincha la rueda del coche es normal que culpe a los yinn, explicó- que en su opinión están muy cerca del surrealismo o el realismo mágico latinoamericano. "Son tradiciones no naturalistas de la literatura, y se dan en todas las culturas y en épocas distintas".

Por eso, él se sirve de esta guerra sobrenatural para abordar el fanatismo, pues quería hacer algo "más allá del simple eco de las noticias", más universal. Los fanáticos siempre han despreciado la cultura, afirmó, desde la Inglaterra de Oliver Cromwell que quemaba los teatros a la destrucción de Palmira y otros sitios históricos llevada a cabo por el Estado Islámico. Citando sin nombrar a un ensayista norteamericano, declaró que el puritanismo es "el miedo a que alguien pueda ser feliz", el enemigo del placer. Y ésa es la herramienta para combatirlo. "Hay que insistir en el placer. El placer se convierte así en un acto revolucionario", declaró. Y aunque afirma que no se siente "representante de nada", como escritor su obligación es defender la libertad de expresión, pues ésta es la que hace posible que exista el arte.

Acostumbrado a que le pregunten sobre temas espinosos, hablando de religión era casi inevitable que saliera el papa Francisco. "¿Se me permite no tener opinión?", preguntó pícaro. "En serio, no sé qué creo, pero no creo que sea tan progresista como la gente dice", declaró apuntando a la reciente expulsión de un prelado del Vaticano por declarar abiertamente su homosexualidad. Aunque sí lo es "en uno o dos temas muy importantes, como el cambio climático", concedió. Pero su posición es clara: "Por suerte, no necesito mirar al Papa para tener una guía moral. Así que no lo hago".

Agencia DPA

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