- ámbito
- Edición Impresa
SALAZAR: “Con la muerte de Pablo Escobar,muchas de sus verdades se fueron al olvido”
Es periodista, político y escritor. Desde los tres roles lidió con la violencia que se ensañó con su país y su ciudad, Medellín, de la que fue alcalde. Ahora su nombre está en boca de toda América Latina por la serie “Pablo Escobar, el patrón del mal”, una adaptación de su libro de investigación “La parábola de Pablo” (2001). A lo largo de varios días y vía e-mail, VIERNES se comunicó con Alonso Salazar J. de una manera muy peculiar: desde Buenos Aires viajaron cuestionarios, desde Colombia volvieron mp3 con su voz.

Alonso Salazar J.: El personaje Peluche es El Osito del libro. Sí, el hermano de Pablo Escobar fue conocido toda la vida como El Osito. En la serie lo bautizaron Peluche. Supongo que algunos cambios de nombres que se hicieron en la serie buscaron evitar problemas legales con algunos personajes, como él, que están vivos. Por lo demás, el personaje televisivo es bastante coherente con lo que en realidad fue en la vida, una especie de segundón de su hermano Pablo.
V.: ¿El narcotraficante es sólo un delincuente o también un producto de determinadas condiciones políticas, sociales y económicas?
A.S.: El narcotraficante es producto especialmente de la ganancia que da una mercancía ilegal como lo fue la cocaína. No es posible pensar en el narcotráfico ni en Pablo Escobar, ni en lo que sucede ahora en otros países como México sin pensar en esas ganancias alucinantes que este negocio deja. Desde luego, hay una serie de factores, de condiciones políticas, sociales y económicas que estimulan y favorecen. Están ligados a si hay fortaleza institucional o no. América Latina sigue mostrado mucha más precariedad institucional que algunos países del norte como el propio Estados Unidos. Eso no quiere decir que allí no haya narcotráfico ni narcotraficantes, sino que el impacto que tiene sobre la sociedad es bastante menor. La cultura de la ilegalidad, donde es posible la corrupción del Estado, es también una condición para que el narcotráfico prospere en estas escalas. El tema de lo económico, si se refiere a condiciones de pobreza, claro, es un factor de contexto que contribuye, aunque va correlacionado con otras variables. El propio Pablo Escobar no era un hombre pobre ni una persona que perteneciera a una familia en condiciones de miseria o cosa parecida.
V.: Al leer su libro, así como también El rey de la cocaína, de Aida Levy, viuda del narcotraficante boliviano Roberto Suárez Gómez, se encuentran muchos puntos en común...
A.S.: No conozco el libro El rey de la cocaína, de Aida Levy, pero seguramente no sólo con narcotraficantes bolivianos, sino también con centroamericanos y mexicanos; estas historias al final tienen algunas cosas parecidas: vienen de contextos populares, van hacia unas condiciones de hiperconsumo, de exhibición social, de una cultura que está muy marcada por lo brillante, por lo dorado, pero también por el tema de la sangre, y eso es interesante porque el fenómeno religioso está ahí muy entremezclado.
V.: Estos grandes narcotraficantes de los años 70 y 80 tienen en común la religiosidad, la devoción por la madre y la familia, las obras en la comunidad, el nacionalismo antiimperialista. ¿Estas características son una marca de época?
A.S.: En muchos aspectos, las expresiones de los narcotraficantes son muy parecidas a las de las culturas populares, por ser ellos provenientes de estos nichos. Entonces una característica es que son muy religiosos, adoradores especialmente de la Virgen; en el caso de México, de la Lupita; en el de Colombia, de la Virgen del Carmen, y también otro tipo de creencias bastante mágicas. Algunos han pasado por antiimperialistas, pero hoy en día también existe un tipo de narcotraficante bastante más moderno...
V.: ¿Cómo es el narcotraficante actual?
A.S.: No está ligado al espectáculo de exhibición de la riqueza y al espectáculo de la muerte, que es parte esencial de ese modelo viejo de narcotráfico. Y son narcotraficantes que están siempre listos para buscar la forma, después de algún nivel de acumulación de riqueza, de negociar con los Estados Unidos.
V.: En su libro, algunos personajes señalan que la acción de los Estados Unidos respecto del narcotráfico más parece incrementar el problema que solucionarlo.
A.S.: Recientemente, algunos presidentes, incluido el colombiano e incluido Barack Obama, han dicho que la estrategia contra las drogas no ha funcionado. Él ha dicho una cosa que para los Estados Unidos es bastante significativa: que es más peligroso el alcohol que la marihuana; y con esto está dando el visto bueno a procesos de legalización que se están dando en algunos lugares de Estados Unidos. Europa hace tiempo ha tenido una política de las drogas blanda hacia adentro pero sigue reclamando mano dura hacia fuera. Lo que falta es que se puedan sincronizar las políticas. Si el cultivador de marihuana de California tiene el permiso de las autoridades, no se entiende por qué un cultivador de pequeña escala de Colombia deba ser detenido. Ya el otro asunto es el de las llamadas drogas duras, incluida la cocaína y la heroína. El debate sigue abierto. Si existiesen algunas formas de despenalización que le quitaran el valor agregado que le da a la sustancia la prohibición, es probable que eso desestimulara mucho a las organizaciones de narcotraficantes, porque eso le quitaría acceso a enormes sumas de dinero.
V.: En la jerga narco le dicen el barrio de los acostados al cementerio o han inventado términos como sicario e incluso desechable, que es como un kamikaze. ¿Hay una cultura narco que se traslada al lenguaje?
A.S.: Hay una especie de cultura que algunas personas prefieren llamar subcultura del narcotráfico, que está muy ligada a la cultura popular porque ese es el origen de la mayoría de los personajes y tienen unas manifestaciones estéticas donde los símbolos campesinos, agrarios, salen con mucha fuerza. La manera de vestir, la noción entre la relación hombre-mujer, un sentido muy primitivo de la justicia. Y también el lenguaje, donde hay una mezcla de lenguaje popular y un slang, una especie de jerga que se va construyendo en ese mundo y en el que muchas palabras como las que menciona usted como el barrio de los acostados o el desechable son de uso común. Chulear es la manera de decir matar. Es un lenguaje en el que hay muchas formas de narrar la muerte, de describirla, muchas palabras que significan eso. Y son bastante escasas las palabras relacionadas con la vida y con cualquier forma de solidaridad.
V.: En La parábola de Pablo usted señala que en sus últimas comunicaciones Escobar pedía un esclarecimiento total en el que incluía a la guerrilla, la política, el cartel de Cali -y no sólo el de Medellín-, los militares y los paramilitares. ¿La muerte de Pablo Escobar, lo que significó su silencio, resultó conveniente?
A.S.: Desde luego, con la muerte de Pablo Escobar, muchas de sus verdades, el tipo de relaciones que tenía, se fueron al olvido. Los sobrevivientes de su organización han contado en parte ese tipo de relaciones y eso ha permitido condenar a algunos jefes políticos colombianos y también a algunos generales, quienes estuvieron a su servicio de una u otra manera. También hubo muchos narcotraficantes a quienes se les exigió la verdad como condición para reducirles las penas. Hubo delación de mucha gente del mundo de la política y de la policía y de las fuerzas armadas involucradas. Fue una crisis grande que generó esa dosis de verdad en la realidad colombiana pero todavía faltan muchas cosas por saberse.
BIO
Pensilvania, Caldas,
13 de marzo de 1960
Trabajo: escritor, periodista, exalcalde de Medellín 2008-2011. Fue conductor del programa Arriba mi barrio (TeleMedellín).
Estudios: Colegio Concejo de Medellín (secundaria); Comunicador social y periodista (Universidad de Antioquia).
Rutina informativa: diarios nacionales e internacionales, no tendría un top.
Libros escritos: No nacimos pa'semilla, La parábola de Pablo, Profeta en el desierto: vida y muerte de Luis Carlos Galán (premio Planeta de Periodismo en 2003).
@MiriMolero


Dejá tu comentario