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Se contiene la marea; se demora definición
Horacio Lachman
El rebote de ayer se parece a los numerosos rebotes que se observaron este año luego de los frecuentes derrumbes bursátiles. Pero el del lunes fue más profundo y queda mucho para recuperar el terreno perdido por los índices bursátiles. 2011 deja de ser un año sin ganancias en las Bolsas, para ser ya a partir de ayer un año de pérdidas. Europa donde ayer sólo mejoraron algunas plazas, se sostuvo con la constante intervención del Banco Central Europeo comprando deuda española e italiana, pero es obvio que la entidad europea tiene límites para continuar con esa estrategia. Son onerosas medidas que sólo sirven para estabilizar los mercados unos días pero no abren realmente un curso nuevo a la crisis financiera y desde ya no crean condiciones para un aumento de la actividad económica.
También parece reconocer sus límites la Reserva Federal norteamericana que no se atrevió a anunciar un tercer programa de flexibilización cuantitativa, decepcionando a los mercados aunque luego encontraron fuerzas para resurgir. La Reserva Federal mantendrá la tasa cerca de 0 asegurando un abastecimiento de liquidez al sistema, pero el fuerte ajuste fiscal en el que ya está embarcada la economía norteamericana parece llamado a transformar un crecimiento visiblemente débil, en retroceso.
Los metales preciosos e incluso el grueso de los commoditties muestran otra pujanza, más allá de las violentas fluctuaciones del petróleo. El oro en particular tuvo otro aumento superior al 1% en la jornada de ayer y acumula un 12% el último mes y el 45% en un año. Es claramente el termómetro de la crisis financiera. Refleja la pérdida de credibilidad en el papel moneda emitido por los estados. Especialmente los más desarrollados que se pudieron aprovechar de su poderío para emitir y endeudarse más allá de sus posibilidades.
El desastre de los mercados no es producto de la pérdida de la calificación «AAA» de EE.UU., ni las tendencias negativas son de estos días. La crisis estalló a mediados de 2007 y allí las cartas ya estaban jugadas. Son muchos los que afirman que la deuda de Estados Unidos es impagable. No se trata del castigo de Standard & Poors, muy modesto por cierto ya que le quitó la triple A para dejarle «AA+». El prestigio de las calificadoras, un mercado oligopólico de tecnócratas que desde el caso Enron a Lehman Brothers venían manteniendo la mejor nota a empresas hasta las vísperas de las quiebras y cuyas notas también tardías en los últimos tiempos no hicieron otra cosa que agravar los problemas, como lo denunció muchas veces en la comunidad europea.
Lo que pasa es que mientras la burbuja se seguía inflando, era «patriótico» disimular los problemas para no cortar la racha. Ahora es distinto, el Tea Party y el Congreso de EE.UU. juegan con el default sin ningún respeto por la «seguridad jurídica» y las calificadoras empujan al precipicio a países en equilibrio inestable sin piedad. ¿Que pasa?
Ya hay conciencia de que no se puede seguir inflando la burbuja y que a nivel político lejos de un nuevo Bretton Woods que rediseñe las fianzas globales, el G-7 sólo pudo armar el domingo pasado una teleconferencia para organizar la inyección de liquidez en los mercados. Así se logró contener la marea, pero sólo se trata de postergar las definiciones.
En cambio lo que avanza de la mano de los sectores más fundamentalistas del poder económico es la idea de que no hay más alternativa que aplicar en el mundo desarrollado un gigantesco ajuste. Algo así como un cambio en el reparto que permita volver a fabricar en EE.UU. y en la zona euro a las empresas que día a día, desde hace años se «deslocalizan» para ubicarse en Asia o Europa Oriental.
Y ese ajuste que motoriza el Tea Party, las calificadoras y algunas potencias europeas parece mejor que se haga en tiempo de Obama, para que sea él quien cargue con los costos.
Pero son muchos los que piensan que se trata de una estrategia suicida. Que nadie puede pagar sus deudas cuando está en recesión. El derrumbe de las acciones está destruyendo el capital de los bancos, las pensiones de los jubilados y los ahorros de las familias. ¿Cómo se va a ampliar el crédito? ¿Cómo se va a recuperar el consumo? ¿Quién va a pagar las hipotecas? Se agotaron las políticas anticíclicas, pero el ajuste fiscal es la peor respuesta. Sin embargo, no hay todavía consenso en el mundo para transitar otro camino.


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