9 de marzo 2011 - 00:00

Semán: el pasado nacional y las trampas de la memoria

Ernesto Semán: «El personaje de mi novela llega a los 70 porque va en busca de su infancia, no porque fuera en busca de los 70. Literariamente, no me interesa esa década».
Ernesto Semán: «El personaje de mi novela llega a los 70 porque va en busca de su infancia, no porque fuera en busca de los 70. Literariamente, no me interesa esa década».
Un geólogo que regresa a la Argentina para acompañar a su madre en sus días finales, una exploración de su pasado en donde es determinante un juguete, un padre desaparecido en los 70, el intento de reconstrucción de un diálogo entre un torturado y un torturador en una isla ilusoria a la que se llega en un colectivo-submarino, conducido por mujeres, que hace el recorrido Buenos Aires-California, son algunos de los elementos de la trama que despliega Ernesto Semán en su novela «Soy un bravo piloto de la nueva China», que editó Mondadori.

Semán, que reside en Estados Unidos, y está en la Universidad de Nueva York, estudia Historia de América Latina, y desarrolla un estudio para una obra sobre populismo en Latinoamérica. Sus novelas anteriores «La última cena de José Stalìn» y «Todo lo sólido», fueron finalistas en importantes premios. Dialogamos con él sobre su nueva novela.

Periodista: ¿Por qué su novela se desarrolla en tres zonas, la ciudad, el campo, la isla, que se van ligando de diverso modo a través de un relato en cinco partes y un epílogo?

Ernesto Semán: En parte porque tiene que ver con lo que escribo y la forma en que escribo, y en parte por como es el personaje central, Rubén, y el camino que él hace volviendo hacia atrás, recorriendo la historia de su familia y tratando de ir más allá de su propia memoria, tratar de reconciliar su memoria, sus recuerdos, con otras memorias y otros recuerdos posibles, con otras historias, algunas que son semejantes, otras distintas, y otras lejanas y claramente opuestas, y que sin embargo tienen puntos en común con lo que ha sucedido con su familia. Me pareció que el único punto de encuentro posible de esas historias era un lugar que fuera absolutamente imaginario. En la novela esa función la cumple la isla, en tanto que la ciudad y el campo corresponden a lo real concreto. La isla surge en la medida en que quería explorar como podía llegar a ser no una conversación real sino una imaginable entre el padre de Rubén, desaparecido, y el hombre que lo torturó. Y quería ver esto no desde una equivalencia moral sino desde la perspectiva de dos personas cuya vida y cuya historia está marcada por un mismo hecho, desde lugares distintos y opuestos. Ese encuentro sólo era posible en espacio alegórico. El lugar donde eso sucede tiene a la vez algo de una Cámara Gesell, y el protagonista tiene allí muy claramente el lugar de espectador. Si lo que se dice tiene que ver con él, no es algo que haya pasado a él.

P.: ¿Cuál fue su desafío al manejarse con un protagonista que anda por dos zonas del pasado, una imaginaria, y otra propia, actual?

E.S.: No hacer un relato biográfico por más que muchos elementos tuvieran que ver con cosas que hubieran pasado, del orden de lo real o de lo familiar, sino construir una novela que me permitiera explorar vidas distintas. Rubén, un geólogo que reside en el exterior, vive un momento traumático, tiene que regresar para acompañar a su madre en su camino hacia la muerte. Una camino agónico, que será de cambio para él.

P.: ¿Buscó que hiciera un ajuste de cuentas con la memoria para poder dejarla de lado?

E.S.: La muerte de la madre se le da a Rubén en esa dantesca mitad de la vida en que se tiene que decidir entre que hacer con esa historia que se acarrea y la propia, que se debe construir y, por tanto, lo que se debe hacer. En esa coyuntura, intenta volverse hacia la infancia como el lugar de protección y contención que alguna vez existió. Para poder llegar a esa infancia, que ocurrió en los 70, tiene que desmalezarla de los contenidos que exceden a su propia biografía, de la política y de lo que pasaba en esos años. Tiene que vencer obstáculos para saber qué pasó con su padre, y descubrir la riqueza de esos obstáculos por lo que le permite imaginar. El sentido final de la historia es de algún modo feliz para Rubén, después de haber entrevisto todo lo que pudo haber ocurrido, puede dejarlo finalmente atrás. Más que un ajuste de cuentas es un ir hacia atrás para poder construir lo propio.

P.: ¿Por qué ese universo dramático lo va reconscon dosis de humor?

E.S..: Quizá tiene que ver con que tiendo a ver con humor hasta las cosas más trágicas. En «Soy un bravo piloto» busqué rebajar los sucesos en su tragedia poniéndolos en el contexto más amplio en el que esas cosas pasaron. Y pasan, y son terribles, y son parte de otro montón de cosas, porque no es lo único que pasó. Al respecto vengo vacunado de la escritura que está en uso en los Estados Unidos. No me entusiasma el humor como una forma de la distancia, como un modo de desentenderse de la profundidad de lo trágico o del dolor de una escena. No lo uso en la vida, y no me gusta como estrategia narrativa. Me parece una fórmula que vacía la historia. La historia de Rubén está puesta junto a otras memorias. Algunas son trágicas, y no le pasaron a él; otras, no son trágicas. Ese clima que se da en la novela me parece que tiene más que ver con el humor judío que con el humor estadounidense.

P.: Un lector podría plantearse: ¿otra novela sobre el pasado reciente cuando su relato va más allá de eso?

E.S.: A mi los 70, tanto como fenómeno político o como género literario, nunca me atrajo, y como historiador no estoy interesado en esa época en particular. Hasta ahora no había leído, hasta terminar ésta novela, ninguna de las llamadas «novelas sobre los 70", donde están las de Kohan, Caparrós, Pauls, entre otras. Y como momento político no me interpela mucho más que los años 20. Mis novelas anteriores surgen fuera de la Argentina. «La última cena de José Stalin», es una novela histórica, inspirada levemente en el paso de Leopoldo Bravo, ex gobernador de San Juan, en 1953 por la Unión Soviética, como embajador enviado por Perón, que es el último extranjero que ve vivo a Stalin. La segunda, «Todo lo sólido», trata de un argentino que vive en Nueva York y se ve involucrado en una serie de deudas con dealers de drogas e intenta hacer una maniobra financiera para engañarlos, cosa que le permite de una forma exótica regresar a Buenos Aires, que es lo que quiere. En mis tres novelas el punto de anclaje termina siendo Buenos Aires en los 2000. En «Soy un bravo piloto de la nueva China» el personaje llega a los 70 porque va en busca de su infancia, no porque fuera en busca de los 70. Los 70 es un obstáculo para él y para superarlo lo cuenta. Rubén utiliza la muerte de su madre, de su padre, para recorrer el pasado, y dejarlo atrás de forma tal que le permita amar hacia delante.

P.: ¿Cómo surge el título «Soy un bravo piloto de la nueva China»?

E.S.: Esa frase es una especie de consigna que tiene el piloto de un avioncito de juguete que el padre le dio a Rubén cuando era chico, y ese objeto se transforma a lo largo de la novela en una especie de talismán. Es un objeto marcante que, como ocurre en las narraciones familiares, constituyen a la familia en su verdad. Va, desde su encuentro, recorriendo la vida de la familia hasta llegar a ese momento omnipresente de la muerte de la madre. Es un vínculo que relaciona el pasado de Rubén y lo que le viene por delante. Es un regalo especial porque pertenece a la última década en que un juguete de China era algo singular, exótico, que tenía por tanto un valor que lo destacaba. Diez años después, la mayoría de los juguetes son made in China, y aquella acaso fue la última vez que un juguete de China podía tener ese tipo

de inscripciones. Lo que después significara un juguete chino, va a ser algo totalmente distinto de aquel de la época maoísta. Ese dejar atrás del personaje tiene también esos puntos de anclaje, que son sutiles, simbólicos o más permanentes.

P.: ¿Qué hace en Nueva York, donde reside desde hace años?

E.S.: Soy historiador en la New York University. Hago un doctorado. Me especializo en Historia Latinoamericana. Y estoy trabajando en un libro sobre el populismo latinoamericano y la relación con la política exterior de los Estados Unidos entre 1945 y 1960.

P.: Y en literatura, ¿qué está preparando ahora?

E.S.: En general me cuesta mucho definir el proyecto en que me voy a embarcar hasta tanto el anterior no está terminado, en el sentido de que está publicado y en las librerías, cosa que con «Soy un bravo piloto de la nueva China» está ocurriendo en éste instante. Llevo un tiempo largo haciendo anotaciones medio sueltas, la mayoría no toman después la forma de un libro. Son apunte para un plot, para una historia. Y se que muchos de esos borradores argumentales nunca llegan a concretarse. Desde hacen ya veinte años escribo en forma permanente, y es mucho más el tiempo que llevo escribiendo sin saber la forma final que va a tener el libro, que el momento específico en que me decido encarar un determinado proyecto dentro de ese conjunto variado en que he estado trabajando.

P.: ¿Qué autores los gustan?

E.S.: Cambio por épocas, y tiendo a ser muy provinciano en el sentido de muy determinado por el lugar en que estoy. Hoy mis mayores intereses pasan por Denis Johnson, con «Already dead», y su ultimo libro «Tree of smoke» («El árbol de humo») que me gustó muchísimo. Sigo bastante a Joyce Carol Oates. Es una de las autoras y de los autores que más vuelvo. Me pasa mucho que me puedo sentir intensamente relacionado con todo lo que ella escribe, pero jamás intentaría imitarla o escribir en el mismo tono. Me interesó que justo ahora, que yo acabo de publicar «Soy una bravo piloto de la nueva China», con el proceso de la muerte de la madre de Rubén, ella escribe un libro, «Dear Husband», sobre el proceso de la muerte de su marido. Si bien el de ella es un libro biográfico y el mío una ficción, hay algo en común en la absoluta empatía con el que sufre, con el dolor, y hay algo liberador también. Algo que libera en la muerte de un ser querido que está padeciendo. Me impresiona lo que allí sucede, sobre todo en quienes lo pueden tratar desde el lugar del total afecto, sin ningún cinismo hacia la muerte. Otro libro que me importó, que también está relacionado, y tuvo mucho que ver con hacer algo totalmente ficcional basado en experiencias familiares fue «Desarticulaciones», el último libro de Sylvia Molloy, que me pareció extraordinario.

Entrevista de Máximo Soto

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