23 de octubre 2012 - 00:00

Sobre el eterno choque de humanismo y ciencia

Pese a tratar el caso de un chico autista, «El niño con los pies pintados» no está planteado como un drama, es un texto poético que articula varios géneros y hasta incluye coreografías y cuadros musicales.
Pese a tratar el caso de un chico autista, «El niño con los pies pintados» no está planteado como un drama, es un texto poético que articula varios géneros y hasta incluye coreografías y cuadros musicales.
«El niño con los pies pintados» de D. Brienza y L. Fernández. Dir.: D. Brienza. Int.: M. Bonilla y elenco. Coreog.: M. Menjovsky y F. Borensztejn. Esc. y Vest.: C. Zuvialde. Ilum.: S. Grossi. (Abasto Social Club) 

En el marco de una conferencia científica se exhibe un caso de autismo infantil. En realidad, no es muy claro el diagnóstico dado que la disertación del médico cosifica al paciente, además de estar plagada de datos autorreferenciales destinados a enaltecer la profesión. Es un discurso casi propagandístico, al que se suma una joven médica con aires de promotora y muy empeñada en que su colega deje de hablar en primera persona y la incluya en un «nosotros» más igualitario.

Los dos personajes mueven a risa y a la vez encarnan el eterno conflicto entre humanismo y ciencia, allí donde el rasgo individual y la huella afectiva no son más que un obstáculo, tanto para el pragmatismo médico como para la burocracia judicial.

En el centro del escenario, el «pobre niño» observa silencioso a cada espectador con los ojos agrandados por el dolor y el asombro. No obstante, la interpretación de Marcelino Bonilla es de suma contención y prescinde de gestos infantiles. Basta con un simple ejercicio mental que propone el médico al comienzo del espectáculo, para generar la ilusión de que hay un niño en escena.

El relato avanza a través de situaciones muy lúdicas y de intensa carga metafórica. Por ejemplo, la escena en la que el niño es abusado sólo requiere de una mesita, un pequeño foco y las manos de los actores moviéndose como padre e hijo en miniatura, para cargar de horror y violencia ese cuadro familiar.

El desfile de personajes (al que se suma un grupo de frívolas practicantes de psicología) va aportando más datos sobre el caso a manera de collage y sin que se pierda el clima de show que prevalece en todo el espectáculo.

El mundo interno del niño surge en escena a través de sueños, fantasías y breves declaraciones dichas con voz queda. La calidad poética del texto -creado por Diego Brienza y Laura Fernández- subraya el malestar de esta criatura. Y, sin embargo, «El niño con los pies pintados» no está planteado como un drama, ni deja a la vista sus fuentes de investigación. Sólo un comentario en el programa de mano deja entrever que hubo un estudio previo sobre abuso infantil.

La obra articula diversos géneros y hasta incluye coreografías y cuadros musicales que aportan humor a la trama y un raro encanto artesanal a las secuencias oníricas.

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