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Sobresale Marzio en bella obra de Márai
Duilio Marzio, acompañado por Fernando Heredia, protagonizan la versión teatral de «El último encuentro» de Sándor Márai.
Convencido antifreudiano, Márai fue un minucioso observador de la naturaleza humana y, tal vez, uno de los últimos creyentes en la imposibilidad de explicarla clínicamente, de reducirla a arquetipos o a pulsiones. Sus personajes son complejos, invulnerables al asalto interpretativo, y aunque mucho hablen jamás tocarán el nervio, porque hacerlo -así parece sostener- no sólo es doloroso sino inútil: siempre quedarán otras preguntas sin responder.
Uno de los más claros ejemplos de su producción es «El último encuentro», que si bien es una novela no concebida para el teatro, la adaptación de Christopher Hampton la asimila --sólo en principio--, a los dramas contemporáneos en los que dos o más personajes desnudan progresivamente en escena su pasado (en este caso dos amigos íntimos, que no se veían desde hacía 41 años, y con más de una cuenta pendiente que resolver). Sin embargo, esa similitud es sólo ilusoria.
La tormentosa noche en la que vuelven a compartir una cena el general retirado Henrik y su ex compañero de armas Kónrad, luego alejado del ejército, abocado al arte y perdido en el exilio en los trópicos, es una larga y dura confrontación para que nada cambie entre ellos. Ambos sabían que alguna vez se reencontrarían, aunque nadie citó a nadie. Konrad, un buen día, le envía un telegrama comunicándole que irá.
En Márai no podría existir jamás ese habitual strip tease de revelaciones progresivas del que abusan tantos dramaturgos con el fin de exponer en carne viva a sus personajes y las razones del conflicto. Pero la delicadeza de Márai no es pudor; antes bien (y más allá de la poesía que construye con ello), aceptación de que toda verdad es sólo verdad a medias, y de que muchos subterfugios, cuando no llanamente los silencios, suelen ser más sabios que tantas acusaciones gritadas a voz en cuello.
«El último encuentro» gira en torno de la amistad, en el sentido más austrohúngaro y porteño de la palabra (al menos, ambas culturas la han declarado pasión). Pero algo ocurrió 41 años atrás entre los protagonistas. Un episodio que seguramente venía anunciado desde el mismo nacimiento de ese vínculo tan estrecho y, a la vez, imposible.
Entre ambos, como en «La intrusa» del cuento de Borges, medió una mujer, Krisztina, esposa de Henryk, muerta hace muchos años y cuyos retratos han desaparecido de la casa. Pero también se interpuso la música, el ejército, Chopin, Polonia, la madre de Henrik, las noches de bohemia, la casa del bosque y los secretos de Konrad. Y, sobre todo, hubo una cacería, escenario del punto límite de esa amistad, al que volverán una y otra vez durante la larga noche del reencuentro.
El estupendo trabajo de Duilio Marzio, como Henryk, se acerca casi a la proeza: sobre él descansa casi la totalidad de la obra, en realidad un largo monólogo que va recorriendo distintas temperaturas emocionales. Si bien Hampton ha «aireado» la novela con una dinámica más teatral, sobre todo en la recategorización del personaje de la nodriza Nini a quien en ocasiones le otorga el papel de relatora en off (Hilda Bernard, segura y firme) habría sido improcedente «balancear» para la escena el papel de ambos protagonistas: la función de Kónrad (un adecuado Fernando Heredia) no es otra que la de escuchar, rebatir o asentir, y a veces proceder, aunque mínimamente en lo interpretativo por mayor peso que tenga su acción. La dirección de Gabriela Izcovich es justa y funcional.


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