30 de noviembre 2009 - 00:00

Suma fieles el “heavy folklore” de Palavecino

Como de costumbre, las presentaciones del Chaqueño Palavecino en el Gran Rex fueron fiestas masivas de un público creciente al que ni le importa no poder distinguir un tema de otro.
Como de costumbre, las presentaciones del Chaqueño Palavecino en el Gran Rex fueron fiestas masivas de un público creciente al que ni le importa no poder distinguir un tema de otro.
Actuación del Chaqueño Palavecino (voz, guitarra). Con M. Bazán (1ª guitarra), J.M. Alzogaray (acordeón, bandoneón, bombo), R. Toledo (bombo), R. Balderrama, M. Lazarte, N. Nanini (guitarra), D. Villa, R. Helguero, F. Pereyra (violín), C. Pacheco (bajo), Ballet Brandsen. (Teatro Gran Rex; 27 al 29 de noviembre).

El Chaqueño Palavecino es un fenómeno popular que excede ampliamente a las canciones, al punto que buena parte del público ni siquiera las conoce -al menos, no las corea y sólo se limita a hacer palmas-. Es un cantautor que se formó musicalmente en su Chaco salteño natal pero que, naturalmente, explotó cuando se hizo conocido en Buenos Aires. Es un artista al que la fama le llegó tarde y que se ganó un público que es, también, maduro en su mayoría. Hoy está ocupando, en buena medida, el espacio que hace rato empezó a dejar vacante Horacio Guarany aunque, claro, no hay manera de compararlos en cuanto a virtudes compositivas.

Palavecino se planta en el escenario como una topadora y levanta polvareda a su paso. Respaldado por lo que podríamos considerar una banda de «heavy folklore» -cuatro guitarras más la suya, tres violines con afinaciones no siempre precisas, bombo, bajo y acordeón/bandoneón- arremete con una lista de temas que dejaría sin aliento a cualquiera. A lo largo de más de dos horas de música, desparrama más de 50 títulos, algunos de su siempre homenajeado Guarany y el resto, casi todos propios.

Presenta un ballet que interviene varias veces a lo largo del espectáculo y que permanece luego sobre el escenario formando parte de la escenografía -lo mismo que algunos invitados que ocupan ese lugar de «público en escena»-. Y no sabe de medios tonos. Todo lo suyo es desbordante, explosivo, extrovertido. Pasan gatos, chacareras, zambas, cuecas y músicas litoraleñas; en un momento se suman dos arpas que aportan más desde lo visual que desde lo sonoro. Y a nadie importa que en el maremagnum de piezas no terminen de distinguirse unas de otras, que sean más o menos conocidas (salvo, claro, picos como las de las muy difundidas «Amor salvaje», «La ley y la trampa» o «Juan de la calle»), que Palavecino tenga una afinación que bordea siempre la zona de riesgo, que los agudos, a los que insiste en ir, no lo favorezcan.

Lo suyo, aún en un espacio ceremonioso como el de un teatro, es una fiesta masiva, en la que sectores populares que seguramente han hecho un gran esfuerzo económico para estar allí pueden dar rienda suelta a su alegría sin elucubraciones de ningún tipo.

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