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Tensión racial anima gran film australiano
David Gulpilil, a quien Peter Weir hizo famoso en «La última ola», protagoniza esta fuerte producción australiana.
Uno está al mando, el otro es el que sabe, y a veces esconde. Uno proclama su pensamiento y lo pone en práctica, cruel y encima innecesario, el otro presencia todo y repite sus conceptos, como si los tuviera ya incorporados y en ciertas cosas estuviera de acuerdo. Tensión racial, desgaste físico, breves actos de violencia, ocasionales ironías, inesperadas vueltas de tuerca, buenos actores, empezando por David Gulpilil, dos actos de justicia, indiferentes a la exclusividad de una sola, remate feliz. Eso es lo que iremos viendo, y celebrando.
Los personajes hablan poco. El comentario, a veces obvio, pero siempre tocante, está puesto en unas canciones que oímos en la voz de Archie Roach, cantautor indígena, con sonidos un poco a lo Ry Cooder. Algunas de las escenas de mayor violencia están solo representadas con pinturas, un recurso que además de aliviar la vista economiza la producción, y que acá ya fue usado, en sentido similar, por una película para niños. Pequeña objeción, el momento en que el Rastreador le explica su ciencia al Novato bien pudo ir algo antes de lo que aquí aparece. Pero es buena escena, y el personaje es casi como el Calíbar que describe Sarmiento en su «Facundo», alguien «que ve el rastro y lo sigue sin mirar, sino de tarde en tarde, el suelo, como si sus ojos vieran de relieve esta pisada, que para otro es imperceptible», «un personaje grave, circunspecto, cuyas aseveraciones hacen fe en los tribunales inferiores», «el más conspicuo de todos, el más extraordinario».
Culmina Sarmiento: «¿Qué misterio es éste del rastreador? ¿Qué poder microscópico se desenvuelve en el órgano de la vista de estos hombres? ¡Cuán sublime criatura es la que Dios hizo a su imagen y semejanza!» Aquí la película se rebautizó «El rastro». Pero no está mal. En el fondo, esta obra del holando-australiano Rolf de Heer no solo pinta un personaje, sino que denuncia el rastro de un crimen, ese racismo que, como dice una de las canciones, aún necesita un acto general de contrición, elemento fundamental del sacramento de la penitencia, indispensable para obtener el perdón de los pecados. Qué curioso, con justa razón y sentido moral la verdadera película de Navidad del 2008 resulta ser esta película de acción. Y vale la pena.

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