15 de septiembre 2010 - 00:00

“Todos mis personajes tienen algo en común: no son yo”

Para Silva, «hay una tendencia en sectores académicos a considerar que la policial es literatura de menor cuantía, menor identidad y ambición disminuida».
Para Silva, «hay una tendencia en sectores académicos a considerar que la policial es literatura de menor cuantía, menor identidad y ambición disminuida».
El escritor español Lorenzo Silva es un renovador del relato policial de su país en un ciclo que ya va por su sexta novela. A través de dos policías, un agente y una sargento, muestra los vericuetos de la investigación, los errores y aciertos de los jueces, las injusticias que se cometen, y los cambios que se van dando en la sociedad. Silva dejó su profesión de abogado de empresas para dedicarse por entero a la literatura, donde ha publicado una veintena de novelas de diversos géneros (una de ellas, «La flaqueza del bolchevique», fue llevada al cine por Manuel Martín Cuenca), ensayos e investigaciones (acaba de terminar una «Historia de la Guardia Civil Española»). Ha conquistado entre otros premios el prestigioso Nadal. En su primera visita a Buenos Aires, para presentar su novela policial «La estrategia del agua» dialogamos con él.

Periodista: ¿Cuándo apareció en usted la idea de una mujer y un hombre que investigan crímenes, algo que hoy está de moda?

Lorenzo Silva: Surgió en 1993 mientras trabajaba en otro tipo de novela, y en 1995, hace 15 años, escribí la primera de la serie, «El lejano país de los estanques». Elegí una pareja a partir de mi interpretación de la función que puede cumplir el género en la literatura, los lectores y la sociedad. Esto surge en mí en el momento de la sociedad española en que comienza a estar consolidada la democracia, cuando se pueden dar dos relevos políticos seguidos de distinto signo y todo sigue funcionando igual. Es el momento en que se puede comenzar a hablar con normalidad de la Guardia Civil, porque es la policía en un Estado democrático que cumple con el Estado de Derecho, respeta los derechos de los ciudadanos, custodia el imperio de la ley y obedece a las autoridades democráticas.

P.: ¿Eso qué le permitió?

L.S.: Incursionar en un territorio que estaba virgen en la literatura española. Nadie escribía sobre guardias civiles. Todos estaban aterrorizados. En alguna época porque te podían procesar por hacerlo. En otras, por el rechazo que se había acumulado frente a la institución. Se me daba una oportunidad única, que nadie se estaba atreviendo a utilizar, y era el momento de utilizarla.

P.: La pareja de investigadores es una tradición del policial pero usted elige un hombre y una mujer que son policías y no un matrimonio.

L.S.: Estaba en un momento en que la Guardia Civil era claro reflejo de los cambios en la sociedad. Por primera vez en 1989, en 140 años de historia, se admitían mujeres. Yo tenía la oportunidad de mostrar el cambio que reflejaba la institución policial. Y eso me daba dos miradas, la masculina, de quien actúa en una institución tradicional de hombres, y la mirada de la vista como intrusa por muchos de sus compañeros varones. Esto implica una reflexión sobre el papel de la mujer en la sociedad española, que hasta hace tres décadas era un ser de segunda con menos derechos civiles que los hombres. Esas dos miradas me permitieron reflejar en mis novelas la evolución de nuestra sociedad.

P.: Y diferenciarse de Vásquez Montalbán, considerado el padre de la novela policial española.

L.S.: Autor que admiramos y respetamos. Fue quien presentó «El alquimista impaciente», mi segunda novela del agente Bevilacqua y la sargento Chamorro, que ganó el Premio Nadal. Él escribió en un momento en que, según decía, había que escapar de la realidad. No se podía contar de investigadores y crímenes, porque era imposible que despertaran la simpatía del lector. Entonces inventó un detective privado que no hay en España, porque no pueden investigar homicidios, donde eso es patrimonio de la policía. A partir de eso planteó un discurso literario paródico. Así como el lector español no se podía tomar en serio un investigador criminal real, tampoco se podía creer una investigación criminal en la España de ese tiempo, demasiado pobre y atrasada frente a los deslumbrantes modelos que escupían los anglosajones. Teníamos muchos complejos de inferioridad para que eso fuera creíble. ¿Dónde iba un detective llamado Pepe a investigar en serio la realidad criminal española? Por eso toda la serie de Carvalho está llena de ironía y de parodia. Afortunadamente el tiempo ha pasado.

P.: ¿En qué sentido?

L.S.: Ahora es posible que el protagonista sea un investigador y que siga siendo parte de la policía. La realidad criminal y social española no tiene nada que envidiar, en términos de creación de ficciones, a la de cualquier país desarrollado. Los crímenes que se cometen no difieren de los que se cometen en cualquier país central. La criminalidad hoy es global.

P.: Usted descarta la criminalidad hiper profesional que eligen los autores estadounidenses de best sellers.

L.S.: Me interesa muy poco literariamente. Me atrae la amateur. La de quien en un momento determinado se convierte en asesino, sin ser un profesional de ello. Las razones por las que una amateur se convierte en asesino son las mismas en Madrid, Berlín, Nueva York o Buenos Aires. Son pulsiones globales. Podemos perder los complejos, hacer policiales con investigadores criminales reales y en serio en España, lo que no excluye el humor, porque nuestra realidad está llena de cosas risibles.

P.: ¿Por qué llamó a su nueva novela «La estrategia del agua»?

L.S.: Hay una tendencia en sectores académicos a considerar que la policial es literatura de menor cuantía, menor identidad y ambición disminuida. Siempre me he planteado con los títulos, que aluden al sentido profundo del relato, indicar la voluntad de trascendencia de la historia. No en el sentido solemne, sino en el literal, en el que al contar la historia busco trascender la anécdota que estoy contando, ir más allá.

P.: ¿De qué trata la novela?

L.S.: Es la historia de siempre: la de una muerte y la de quienes investigan esa muerte. Dos historia paralelas. Una que se va construyendo, y otra que se va desconstruyendo. Esquema utilizado innumerables veces, pero muy eficaz porque se convierte en metáfora de la aventura del conocimiento humano. Y de la dicotomía de la realidad y su percepción. La realidad es la muerte, el conocimiento es lo que busca la investigación. Aquí el eje de la historia, que para mí siempre es la víctima, plantea problemas diversos. El muerto ha tenido problemas familiares serios tras una ruptura matrimonial conflictiva que lo llevó a judicialización criminal por denuncias de su mujer. Luchó por recuperar a su hijo, del que lo apartaron. Es alguien que ha tenido contacto con las drogas, y tuvo problemas con la policía. Está el administrador de justicia y su problemática, que hace aparecer la lucha desigual de un individuo frente al Estado. En medio de ese mundo conflictivo de la víctima los investigadores buscan qué pudo llevarla a morir. Y el camino que eligen es conocerla. Al registrar su casa, encuentran el libro «El arte de la guerra» de Sun Tzu que tiene subrayada la frase donde explica que, en un combate desproporcionado, hay que ser como el agua que nunca intenta subir a lo más alto ni penetrar por lo más sólido, sino que busca las partes bajas y los resquicios. Es el símbolo de la lucha de ese hombre, pero tambien del policía, que lucha contra si mismo y contra su sistema, que mucha veces no sirve para perseguir a los criminales sino que los ampara, que su sistema legal y judicial es muy duro con criminales inofensivos y contemporizador con criminales poderosísimos. Y en el momento inicial de la novela está pensando abandonar la Guardia Civil y dedicarse a la seguridad privada. Tiene que luchar contra todo eso, y para eso él también usa la estrategia del agua.

P.: ¿Qué piensa del boom del policial sueco, de Henning Mankel y Stieg Larsson con el que su obra tiene cierta cercanía?

L.S.: Lo que hizo que los policiales suecos se distingan es la síntesis que lograron de elementos culturales desarrollados por la cultura anglosajona y por la cultura europea. Parten de sus problemas sin complejos, indagando en forma europea en sus especificidades, pero en la manera de contar, de presentar la peripecia, de construir los personajes, son muy herederos de la literatura negra estadounidense. En ese sentido yo también me siento seguidor de la gran triada formada por Dashiell Hammett, que muestra la novela negra más cruda, más amoral, más desnuda; Jim Thompson, viaja a la mente del criminal, entra en el pensamiento del tarado social, al que le restituye hondura y protagonismo, para mostrar una sociedad injusta; y Raymond Chandler, un estilista de la lengua inglesa que mostró que se podía hacer narrativa criminal que sea alta literatura, que busca no el elitismo sino la potencia de la expresión verbal.

P.: ¿Cómo hace para pasar de la novela policial a las de otras características?

L.S.: Creo que desconcierta que pase de contar de policías que investigan un asesinato a los problemas amorosos que tiene una chica con un vecino inmigrante, o los dramas de una guerra en Africa, pero el trabajo del novelista siempre es el mismo, todos los personajes tienen algo en común, que no son yo, que no tienen que ver con mi circunstancia personal. No he sido guardia civil, no he combatido en ninguna guerra, ni he sido una adolescente enamorada. Eso me obliga a indagar en las vidas ajenas, a asumir el punto de vista del otro, que creo que es el gran trabajo del novelista. Como dijo P.D. James: para ser novelista, y ser capaz de escribir más de dos novelas, hay que ser capaz de mirar la realidad con los ojos de otro. Mi trabajo consiste precisamente en eso, en salir de mí. Es algo bueno que tiene la literatura, aparte de que alguien te lea, la terapia que supone poder vivir durante horas, días, meses, años en el pellejo de otras personas más interesante que uno incluso.

Entrevista de Máximo Soto

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