1 de abril 2009 - 00:00

“Trabajar con De Palma es hermoso, con Woody Allen no”

Vilmos Zsigmond, director de fotografía de «Encuentros cercanos del tercer tipo», por el que ganó un Oscar, está en el Bafici.
Vilmos Zsigmond, director de fotografía de «Encuentros cercanos del tercer tipo», por el que ganó un Oscar, está en el Bafici.
Cosas de la vida: el húngaro Vilmos Zsigmond, formidable director de fotografía, no pensaba dedicarse al cine, ni aún menos irse a los EE.UU. Quería ser futbolista. «Pero mi padre, uno de los mejores arqueros de Europa, me decía 'te van a matar, porque sos muy flaco». En 1956, ante la invasión rusa, le dio otro consejo de oro: «Solicita asilo político en EE.UU., ahí vas a hacer carrera». Se impone entonces la pregunta:
Periodista: ¿Su padre alcanzó a verlo consagrado con el Oscar por «Encuentros cercanos del tercer tipo»?
Vilmos Zsigmond: No, desgraciadamente. Sólo llegó a ver las películas malas que hice al comienzo. Estaba apesadumbrado, pensando que me había aconsejado mal. En verdad, era él quien se quería ir, porque soñaba con imponer el fútbol en EE.UU. Lo impuso en Marruecos, donde fue director técnico, y donde aprendí francés cuando era chico. Después, por eso mismo, los comunistas pensaban que yo podía ser un espía. Papá tampoco logró que yo fuera violinista, porque no me gustaba, ni ingeniero, porque me impidieron entrar a la universidad, ya que éramos «burgueses».
P.: Entiendo que lo mandaron a una fábrica, donde armó un fotoclub obrero, y así hizo méritos para estudiar cine.
V.Z.: Luego me hice operador y justo estalló la revolución, que fue sofocada por los tanques rusos. Con mi amigo Laszlo Kovacs filmamos todo eso y logramos contrabandearlo al exterior, una aventura de novela, que viví con mi novia. Nos casamos en Austria. Más tarde, cuando pedí asilo, me dijeron «¿en qué lugar de EE.UU. quieren instalarse?». «Hollywood», dije. Y nos mandaron a Chicago. Por suerte ahí me ayudó un pastor luterano. Al final llegamos a Hollywood, donde con el tiempo me hice un lugar en producciones baratas de terror y similares.
P.: Cuénteme de esas obras, como «The Nasty Rabbit» (o «Spies a Go-Go»), «The Name of the Game is Kill» o «Jenni: Wife/Child», que hoy tanto aman los consumidores de cine bizarro.
V.Z.: Nunca hablé de eso. Nos parecían estupideces, cuyo único mérito fue dejarme experimentar algo. Pero aprecio al director James Landis, un hombre brillante, educado, que siempre lograba algo de nivel superior al presupuesto.
P.: Por entonces usted aparecía como William Zsigmond.
V.Z.: Hasta que en 1971 Peter Fonda me llamó para su primer film como director, «The Hired Man». «¿William es su nombre? Usted no parece inglés. ¿Vilmos, me dijo? Qué hermoso nombre». Y lo puso en pantalla. Pero mi padre ya no podía verlo. Son cosas de la vida. Ese mismo año también trabajè con Robert Altman, haciendo una estética inhabitual en «Del mismo barro». Para lograrla deteriorábamos un poco la película. El mismo truco nos sirvió después para integrar debidamente los efectos especiales de «Encuentros cercanos del tercer tipo». Pero en lo demás hice una imagen bastante clásica, por eso me dieron el Oscar.
P.: ¿Cómo fue trabajar con Steven Spielberg?
V.Z.: Muy lindo, nunca para de experimentar. Conmigo hizo su primer film, «Loca evasión», muy buena historia.
P.: ¿Y con De Palma?
V.Z.: Ah, es el sueño de todo director de fotografía, porque tiene una enorme imaginación visual. El problema es concretar sus ideas, por ejemplo ese comienzo de «La hoguera de las vanidades», un plano secuencia de cinco minutos donde la cámara sigue a los personajes desde el sótano hasta el hall donde hay como 800 invitados. Nada que ver con Woody Allen, que a la primera toma me decía «está bien, vamos a otra», y punto. También puedo hablarle de Jerzy Schatzberg, que empezó como fotógrafo, o Michael Cimino, muy talentoso, que fracasó con «Las puertas del cielo» porque entonces todo estaba estable y nadie quería escuchar de asuntos sociales. Pero hoy se dice «qué actual, es increíble cómo piensa este tipo». Lo mismo Mark Rydell cuando hizo «El río», una película que me recordó mi pasado socialista, pero mejor hecha. ¡En ese momento EE.UU. hacía películas socialistas mejor que las rusas, que eran tan aburridas!
P.: ¿Cuándo pudo volver a Hungría?
V.Z.: La primera vez fue en 1966. Y vi que en Hollywood, pobre y con salario mínimo, vivía mejor que mis colegas que habían quedado en Budapest. Cuando se siente el olorcito de la libertad ya no se quiere volver para nada. Recién en el 2001 hice la fotografía de una película húngara, «Bánk Ban», registrando una ópera sobre un héroe de la lucha contra los Habsburgos en el siglo diecinueve, y que los comunistas no dejaban tocar para que nadie hiciera asociaciones. Y hace poco participé como productor ejecutivo de «Torn from the Flag», un documental sobre el 56. El título es porque entonces los húngaros arrancaban de las banderas el círculo con la hoz y el martillo, y las dejaban agujereadas.
P.: ¿Qué pasó con el material que contrabandearon usted y Laszlo Kovacs?
V.Z.: Se lo vendimos en Munich a un productor que con ese y otros aportes hizo un documental muy difundido, «Hungría en llamas», luego aprovechado por la CBS y otras cadenas. Nuestros nombres no figuraban, por miedo a las represalias. Ahora quizá vuelva a filmar en Hungría. También me tienta Alejandro Jodorowski, pero, como sus películas son tan difíciles de pasar por la televisión no consigue financiación. ¡Y no me digan de hacerla en digital para bajar costos! Entre el fílmico y el digital todavía hay una diferencia tan grande como ir a un restaurante o comer un pancho en la calle.
Entrevista de P.S.

Dejá tu comentario