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“Trabajo sobre géneros ‘menores’ como el melodrama o el musical”
Falco explica que eligió recrear en forma de musical el caso real de un violador serial «porque esa contradicción pone en evidencia el morbo de la gente. Cuando uno se da cuenta, el humor se vuelve incomodidad».
Periodista: ¿Cómo está la literatura en Córdoba?
Federico Falco: Están pasando muchas cosas, y hay muy buenos escritores en Córdoba. Córdoba tiene una tradición de siglos en poesía, aquí siempre prevaleció la lírica, y desde hace una década, acaso un poco más, han aparecido un conjunto de destacados narradores, a los que se han sumado gente como es mi caso, de una nueva generación. Entre gente talentosa como Luciano Lamberti que publicó «El asesino de chanchos», Pablo Natale «El oso polar», Maria Teresa Andruetto «Lengua madre», Lilia Lardone «Puertas adentro», Eugenia Almeida «El colectivo», cuya última novela la publicaron primero en francia y ahora recién sale aquí, y esto por dar apenas algunos autores y apenas una de sus obras. Hay muchos talentos de diferentes corrientes y diferentes estéticas, creo que eso es muy bueno.
P.: ¿Y a usted, qué escritores lo han influenciado?
F.F.: Entre los argentinos, cuentistas que me gustan mucho son Juan José Saer, Daniel Moyano, Antonio Di Benedetto, Sara Gallardo, aunque no sé si tengo una influencia directa de ellos. Entre los estadounidenses, Flannery OConnor, John Cheever, John Fitzgerald. Cortázar es un cuentista magistral que fue muy importante en una época de mi vida, pero hace tiempo que no releo y no podría negar su influencia.
P.: Si bien usted ha hablado sobre una novela que hace tiempo viene escribiendo, sus libros han sido hasta ahora de cuentos.
F.F.: Me pienso básicamente como cuentista. La mayor parte de mi trayectoria está ligada al cuento, al relato, a las formas breves de la narración. Desde hace unos seis años vengo escribiendo una novela, de la que tuve una primera versión hará un año. Pensé que estaba terminada, pero después me di cuenta que no, que le faltaba mucho trabajo. Cuando se lo comenté a la editorial que iba a publicarla, me dijeron que estaban armando una colección de libros de cuentos, y me preguntaron si tenía uno. Yo tenía algunos cuentos ya listos, y ganas de volver a ese tipo de relato que me alejaba de la novela, que es una forma poco conocida para mí, caótica, menos estricta, en la que me sentía inseguro. Así fue como me puse la meta de escribir la mayor cantidad posible de cuentos sin pensar mucho en de qué manera se iban a relacionar, luego elegir los mejores, los que más me entusiasmaban, y trabajar sobre ellos.
P.: ¿Así surgieron los cuentos de «La hora de los monos»?
F.F.: Fue un proceso bastante largo que comenzó en 2007 y concluyó en la selección de los nueve cuentos que están en ese libro. Descarté finalmente, por más que me gustaran, aquellos que no estaban en relación con el resto.
P.: Cuál sería la relación entre los que quedaron?
F.F.: Siento desde un lugar visceral, muy íntimo, que hay una ilación, una onda de continuidad estética y temática; pero creo que es algo muy personal. «La hora de los monos» no es un libro de cuentos alrededor de un tema o que tengan un tema en común. Creo que se trata de algo que me interesa mucho: trabajar con materiales un tanto degradados, volver a géneros populares: el melodrama, el musical, el guión cinematográfico, el relato de aventuras. Y reactivar esas formas, que no creo que sean imperfectas sino todo lo contrario, volverlas a trabajar volcándolas a la literatura.
P.: Por caso, en el cuento «Los días que duró el incendio» toma la crónica policial de un violador serial y la cuenta como un musical que se está ofreciendo en un teatro.
F.F.: Me habían pedido un relato para una antología de cuentos policiales basados en hechos reales. El de la violación es un tema terrible, doloroso, como para ponerlo en palabras, porque no alcanzan y se termina traicionando las vivencia de la víctima y del victimario. La única posibilidad que se me ocurrió fue trabajar desde esa imposibilidad. Pensé qué pasaba si lo contaba desde el lugar más burdo, como representación, y que el lector decidiera cuáles son las implicancias. Así elegí el musical como forma de relato, un género liviano, ligado al entretenimiento, a la diversión relajada.
P.: Provoca un fuerte choque un suceso criminal que se cuenta con canciones, entre el show y el drama.
F.F.: Me gustaba trabajar esa contradicción porque pone en evidencia el morbo de la gente, en ese tipo de casos. Y el choque se da cuando uno se da cuenta que está disfrutando de algo de lo que no debería disfrutar. El humor se vuelve incomodidad. El lector tiene que decidir si está de acuerdo con lo que está pasando o no.
P.: Y, además, lo que usted cuenta parte de un hecho real.
F.F.: El famoso caso del «violador serial de Córdoba», un asaltante que había formado familia con dos mujeres, con las que tenía 8 hijos, se le conoció un par de amantes, y violó a más de 60 chicas, y se suicidó a fines de 2004, cuando se vio rodeado por la policía.
P.: ¿Por qué lo tituló «Los días que duró el incendio»?
F.F.: El violador atacaba en el barrio Nueva Córdoba, que es donde yo vivo, donde se desató una gran psicosis, las chicas andaban con silbatos colgados del cuello por si las atacaba. Aparecían en los diarios noticias de nuevos ataques y eran todos por esa zona. Había una situación de incendio social, además eran días de un caluroso diciembre.
P.: Así como ese relato tiene que ver con el musical, el cuento «La hora de los monos» lo trabajó enfrentando una situación teatral con un relato de aventuras.
F.F.: El relato de aventuras es una referencia directa en «Las aventuras de la señora Ema»; en «La hora de los monos» los personajes llegan, un aeropuerto, un lugar de espera, y viven aventuras en la medida en que se liga con el viaje que uno concluye y otro comienza, con la ruptura de la rutina. Creo que lo que aparece más fuertemente en los personajes es la necesidad de escapar -y hacerlo o no tener la capacidad de hacerlo- para no enfrentar sus miedos. Ahí surge la selva como lugar ominoso y, a la vez, primitivo, salvaje y libre.
P.: Cuando escribió el breve cuento «El elefante», ¿pensó jugar con elementos de la telenovela?
F.F.: Es un cuento al que le tengo mucho cariño, tiene muchos años, y si bien ya había aparecido, decidí incluirlo porque consideré que la clave de todo el libro pasaba por ese relato. En el resto de los cuentos volvían a aparecer, de una manera u otra, temas, tonos y recursos que estaban en «El elefante», como los animales, la muerte, qué hacer con los cadáveres, el universo coral de un pueblo, los romances conflictivos donde los personajes no se pueden conocer, los diálogos de sordos, del deseo de huir. En las tres páginas de «El elefante» hay cosas que hacen eco con los otros cuentos. Es como una primera piedra que cae al agua y forma ondas, y todo los otros cuentos replican esa primera piedra. De esto me di cuenta cuando ya había armado el libro. En cuanto a lo que tiene de telenovela, el melodrama es un género que necesitamos, es la forma de contar la cosa que más nos complica la vida y más grata nos la hace, que son las relaciones amorosas. En «El elefante», el melodrama aparece de forma lavada y metafórica, pero como ocurre en ese género maravilloso en algo nos alude.
P.: Usted vive explorando modos del innovar en el relato, por ejemplo su libro «Made in China».
F.F.: Es un viaje por China en prosa poética, donde se mezcla la historia y la biografía de Mao, pero nada cercana al referente, más trabajada desde el lenguaje, porque, además, nunca estuve en China. Eso me permitió viajar desde la imaginación, desde cómo uno fantasea sobre las antípodas, el otro lado del mundo.
P.: ¿Qué está escribiendo ahora?
F.F.: Varias cosas al mismo tiempo, como siempre. Estoy trabajando en dos proyectos en simultáneo y los dos son de novelas. Pero acaba de salir mi nuevo libro de cuentos y debería estar de vacaciones.
Entrevista de Máximo Soto

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