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Trucos y misterios del oficio de actor
La obra de Ciro Zorzoli es producto de una rigurosa investigación sobre el mundo de los actores, su vínculo con el público y los límites de la ficción en vivo.
Esta suerte de manual parlante también va develando los peligros y clichés del oficio actoral: «mucho cuidado con opacar al protagonista»; «siempre mirar hacia arriba cuando se trata de Dios en el teatro»; «el actor que hace de judío debe tener en cuenta las mismas reglas que para actuar de sirviente». Entretanto los nueve integrantes del elenco (moviéndose en un espacio embellecido por la luz diurna y el vestuario retro) se esfuerzan en participar de ejercicios cada vez más complejos y perturbadores.
Más allá de que el público ría con ganas ante el absurdo de algunas prácticas («el buen manejo de las cejas»; los intentos fallidos de llanto, el frenético besamanos en honor al obispo, etcétera) o quede en suspenso ante el inesperado sinceramiento del maestro de ceremonias (Diego Velázquez), que entra y sale del terreno de la ficción con envidiable soltura (al igual que el resto del elenco), lo cierto es que el espectáculo nunca pierde su magia ni su credibilidad.
«Exhibición y desfile» es producto de una rigurosa investigación sobre el mundo de los actores, su vínculo con el público y los límites de la ficción en vivo. En este sentido la pieza está íntimamente relacionada con un segundo espectáculo de Zorzoli, «Estado de ira», que se exhibe en el Teatro Sarmiento con gran éxito de público. Pero, mientras este último dialoga con la «Hedda Gabler» de Ibsen y se pregunta cómo llevar hoy a la escena un texto decimonónico, «Exhibición y desfile» se interna en la cara oculta de la actuación. Su manera de reproducir escenas de la vida cotidiana (desde fumar un cigarrillo hasta acariciar a un niño) es casi un espejo para el espectador que también será testigo de actos terribles tales como palizas, asesinatos, violaciones y otras agresiones menos obvias que depara la vida en sociedad. El carnaval del mundo resumido en un laboratorio de conductas donde lo monstruoso (un desfile de tullidos y deformes) convive con lo banal («grupo de amigos entrando al mar»).
Una actriz muestra el recorrido de una lágrima verdadera, otra no logra llorar («pero tengo los ojos vidriosos», se justifica). De tanto en tanto alguien pregunta a la platea: «¿Creen lo que están viendo?». Sí, todo es creíble y falso a la vez. Llorar no nos vuelve mejores personas. ¿Cómo saber si somos auténticos o si estamos representando un papel? A estas cuestiones se entrega en cuerpo y alma este arrojado elenco.


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