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Un Bach y un Vivaldi no demasiado temperados
En simultáneo con el anuncio de una temporada 2013 casi exclusivamente a cargo de artistas nacionales, la asociación Festivales Musicales cerró su ciclo 2012 con un concierto bajo la dirección de Mario Videla, responsable artístico de esta importante institución. En tiempos en que por fortuna la interpretación históricamente informada de la música barroca ya no es una rareza en nuestro país, el fundador de la Academia Bach continúa siendo el bastión local del uso de instrumentos modernos y un enfoque estilístico nunca revisado.
En el comienzo del concierto, el grupo de músicos destacados reunidos bajo el nombre de Ensamble Academia Bach brindó la primera de las suites para orquesta de Johann Sebastian Bach (en do mayor, BWV 1066), en una versión caracterizada por la apatía y la falta de brío y de gesto musical.
Alaben a Dios
El ítem más interesante del programa lo constituía la posibilidad de escuchar una de las obras que encabezan el índice de popularidad entre las cantatas de Bach, muy raras veces ejecutada aquí a raíz de su dificultad: la cantata BWV 51, «Jauchzet Gott in allen Landen» («Alaben a Dios en todas las regiones»), en versión de los artistas ideales para ponerla en valor, ambos auténticos virtuosos: la soprano Soledad de la Rosa y el trompetista Fernando Ciancio.
Si la tarea de Ciancio resultó brillante (con sonido terso, precisión de ataque y perfección rítmica), se advirtieron en De la Rosa dificultades en el manejo del aire, destemplanza en los agudos y un volumen por momentos insuficiente; de todas maneras su musicalidad a prueba de balas, su agilidad y su perfecto manejo del estilo le permitieron sortear las enormes dificultades de la línea de soprano trazada por Bach. El ensamble de cuerdas y el continuo acompañaron con corrección.
Gloria
Para la interpretación del celebérrimo «Gloria» en re mayor RV 589 de Antonio Vivaldi se sumó el Orfeón de Buenos Aires (sumando un centenar de coreutas) con un buen desempeño en líneas generales al que sólo podría objetarse una excesiva apertura del sonido. También se agregó como solista junto a Soledad de la Rosa el eximio contratenor Martín Oro, quien brindó muy bellas versiones de sus arias (mucho menos cómodo, lógicamente, se lo escuchó en el dúo «Laudamus te» escrito para dos sopranos, donde debió octavar las notas superiores).
La ejecución, que venía teniendo lugar sin mayores sobresaltos, sufrió sin embargo un final literalmente desconcertante -o desconcertado- que restó aun más brillo al saldo artístico general. Sin bises que borraran ese sabor amargo, el público que colmó la sala del Colón despidió de todas maneras a los artistas con una ovación cerrada.

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