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Un retrato que lo asemeja a Forrest Gump
El film es una delicia para quien sólo quiere ver ridiculizado al hombre que deja la Presidencia de EE.UU. con uno de los mayores niveles de descrédito de que se tenga memoria. El personaje comete errores inconcebibles al hablar para alguien que, más por su cuna que por sus luces, se educó nada menos que en Yale y Harvard (algo que es cierto); tiene un pasado de alcoholismo (también lo es); es absurdamente pobre en su visión de las cosas (también, ¿no?); habla con la boca llena (¿quién sabe?). Todo eso muestra Stone.
No es el objetivo de estas líneas juzgar las calidades técnicas de la película, sino reflexionar sobre la precisión de su visión política e histórica. Y es justamente allí donde, tal vez, se encuentren sus mayores debilidades.
Es una pena que el personaje no tenga la sustancia suficiente. Gran parte de la película gira en torno al vínculo de admiración no correspondida que estableció con su padre, el ex presidente homónimo, quien siempre prefirió a su hermano Jeb por encima suyo y quien parece subestimarlo por completo. Ahora bien, ¿es serio decir que «W» invadió un país simplemente para culminar la obra inconclusa de su padre en la primera Guerra del Golfo, para demostrarle su valor en definitiva? ¿Puede sostenerse eso cuando la propia película lo muestra abrazando entusiasta la teoría del monje gris de su gobierno, el vicepresidente Dick Cheney, de que el proyecto imperial de EE.UU. requería quedarse para siempre en un Irak conquistado para apoderarse de sus reservas petroleras? Y cuando, en otra vuelta de tuerca inexplicable, lo exhibe al final quejándose ante su entorno de halcones (Cheney, Condoleezza Rice, en quienes en la realidad se sigue apoyando) por haberlo informado mal sobre las fantasmales armas de destrucción masiva de Sadam Husein.
Todo eso forma parte de la ingenuidad que planea sobre todo el relato. ¿Alguien cree que la dura Rice podría verdaderamente describir a Irán como una «democracia» en una reunión de gabinete? ¿O que los Bush se hayan enterado de cada uno de los resultados electorales que los involucraron sólo cuando los anunció la televisión?
Pero lo que más insatisfacción causa es que Stone se cebe sólo en las taras de Bush y no vaya más allá. Porque Bush no es una versión política del afortunado Forrest Gump y, ciertamente, no tiene su ángel. Es inexplicable que la criatura elemental que muestra el director haya llegado a gobernador de un estado importante como Texas, que haya alcanzado la Presidencia de EE.UU. y, luego, la reelección. Que haya arrastrado al mundo a una guerra injusta como la de Irak, que se cobró, como mínimo, decenas de miles de vidas. Que haya logrado aplicar en el país de la libertad un régimen de espionaje interno como no se recuerda desde el macarthismo. Si no inteligencia, alguna habilidad para la manipulación debería reconocérsele a «W».
Cuestiones que habría sido mucho más interesante explorar que, apenas, un presidente que habla con la boca llena.


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