5 de diciembre 2011 - 00:00

Un Wakeman más clásico que rockero

Rick Wakeman dividió al público con una revisión de temas propios y de los Beatles más cerca de la música clásica que del rock sinfónico que le dio fama.
Rick Wakeman dividió al público con una revisión de temas propios y de los Beatles más cerca de la música clásica que del rock sinfónico que le dio fama.
Actuación de Rick Wakeman (piano). Con orquesta sinfónica y coro. Dir.: Guy Protherce. (Teatro Gran Rex, 3 de diciembre).

Rick Wakeman es un músico con honores bien ganados, ex integrante y fundador de Yes, autor de discos memorables, protagonista fundamental de un período del rock al que se llamó sinfónico o progresivo. Pero en un plan que lo pone a cierta distancia de la música popular que siempre fue su continente, esta vez vino a la Argentina (actuó en Buenos Aires, Rosario y Córdoba) con un plan que lo asocia más a la música clásica. En verdad, se trata de una revisión de temas propios muy conocidos y exitosos y de un par de The Beatles pasados al formato de una orquesta sinfónica y con él mismo sentado frente a un piano de gran cola en lugar de a esa pared de teclados que lo hizo muy original en los años 70. Y frente a esto, como suele decirse, habría dos bibliotecas que darían sustento al análisis.

Para algunos, Wakeman tiene una sólida formación musical como compositor y pianista, de hecho, por momentos se lució como un virtuoso; que siempre estuvo asociado a lo clásico -de allí uno de los nombres con que se mencionaba su rock-; que las piezas de su autoría se adaptan perfectamente a esta reorquestación y que todo termina siendo una buena manera de reencontrarse con clásicos como «Los mitos y leyendas del Rey Arturo y los Caballeros de la Mesa Redonda», «Catherine Howard» (de «Las seis esposas de Enrique VIII»), «Viaje al centro de la tierra» o «Merlín el mago».

Para otros, en cambio, si algo de gracioso tenía el rock sinfónico era precisamente que era rock, porque se hacía interesante en el contraste con lo clásico; que al pasar al sonido de orquesta europea las canciones se lavan y pierden potencia, que con esta instrumentación termina recorriendo un camino que va del romanticismo al impresionismo -con algunos toques post-románticos o stravinskianos- que lo ponen fuera de combate en comparación con el mundo de lo clásico; que el virtuosismo pianístico es por momentos un poco hueco; que se extrañan las letras de las canciones (cuando aparece, el coro se limita a una especie de tarareo). Y a este mismo grupo fastidia más aún la reinterpretación que hizo de «Help!» y «Eleanor Rugby» de Lennon y McCartney, que a ratos lo tuvo muy cerca de versiones que podría proponer un pianista como su tocayo Richard Clayderman.

Pero hay una tercera posibilidad. Y sería la de aceptar simplemente que este músico londinense se ha ganado lo que tiene, que puede darse gustos como los de reformular sus propias obras, que no daña a nadie con eso, que quien quiera verlo en este plan se acerque a los teatros y que quien prefiera al Wakeman del pasado siga escuchando los antiguos discos de vinilo.

Dejá tu comentario