18 de marzo 2010 - 00:00

Una bendición y un dictamen, la ilusión del PJ

Alberto Balestrini
Alberto Balestrini
Francisco de Narváez puede toparse, esperadamente, con un batallón de defensores de su deseo de competir por la presidencia en 2011. El PJ bonaerense, más allá de sus pataleos públicos, se ilusiona con que esa alternativa le sirva para preservar la provincia.

Lo admitan o no, el empresario es el rival más temible. Sin él, observan, la oposición se queda sin una figura que ponga en serio riesgo un triunfo del oficialismo en Buenos Aires, más allá del derrame de la presidencial y con la tracción de los municipios.

«Yo, en lo que pueda, voy a militar para que De Narváez pueda ser candidato a presidente». Lo dijo, anteanoche, una de las espadas más poderosas del PJ en la Legislatura. Agregó la admisión de que con el empresario como rival la batalla sería difícil.

Pragmatismo puro, los caciques del peronismo recuerdan que sobrevivieron, entre el 99 y 2001, a un presidente radical porque pudieron retener la provincia, pero se espantan frente al escenario de una posible una doble derrota -en Nación y en provincia- que podría ser fatal, si no para el PJ, al menos para una generación de dirigentes.

La evolución de De Narváez hacia una postulación presidencial, que ilusiona al cacicazgo bonaerense, genera resistencia en otros actores del peronismo, como Eduardo Duhalde y Felipe Solá, que verían irrumpir a un jugador anti-K que podría desplazarlos.

En paralelo a la eventual mudanza del empresario al ring nacional, hay otro factor que alimenta la imaginación de dirigentes del PJ: la teórica bendición de Olivos para que Daniel Scioli sea, en 2011, el candidato a suceder a Cristina de Kirchner.

El gobernador escuchó días atrás de otro mandatario provincial con acceso a Olivos y que genera confianza en el matrimonio K -tal como relató ayer este diario- el planteo de que debe comenzar a caminar el interior del país, porque «debe ser» el candidato a presidente del PJ.

Scioli escucha y anota mientras a su lado le suplican cautela. Le advierten que revelar sus intenciones, además de desatar la furia del patagónico, puede ser traducido, por otros caciques, que hay vía libre para armar en los territorios e instalar candidaturas.

Ya lo hizo, bajo la hipótesis de que el ciclo Scioli está «terminado», Pablo Bruera. También promete hacerlo Hugo Moyano. Al margen, Aníbal Fernández nunca desistió de desempolvar el sueño de ser gobernador que tuvo que enterrar en diciembre de 2006, cuando Kirchner bendijo a Scioli.

Sergio Massa es otro que espera un mínimo resquicio para zambullirse. Partidario de la teoría de que puede marcar un perfil propio sin criticar a Kirchner, pero con castigos a Scioli, está en veremos. Olivos lo tiene, además, «encerrado» en Tigre: ante cada movimiento inquietante, caen cargos y contratos del massismo residual.

Por otra vía, también hay degüelle: Julio Alak le pidió a José Pampuro que suprima del plantel del Parlamento del Mercosur a Juan Amondarian, porque el ex senador es un aliado territorial de Bruera en La Plata y es, además, uno de los operadores estrella de Massa.

Julián Domínguez, el ministro de Agricultura, es otro de los que fantasean con un lugar en una fórmula -desierta sin Scioli- y con chances de ganar, sin De Narváez enfrente. Alberto Balestrini se suma, siempre críptico, siquiera por inercia a esa tren.

En medio de la euforia, no faltan los que reeditan la alternativa de Kirchner como candidato a gobernador. «Perdió con De Narváez y por dos puntos. Si «el Colorado» no está y junta al PJ...», especuló, ayer, un bonaerense de ADN ultra-K.

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