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Una fiesta de dudoso fervor
El acuerdo tripartito firmado ayer entre el Incaa, el gobierno bonaerense y la municipalidad de General Pueyrredón (ver nota aparte) es el ejemplo de una obstinada, casi emotiva persistencia por mantener con vida un festival que, en los hechos, hace tiempo perdió la categoría A aunque siga perteneciendo a la Fiapf (la programación suele completarse con films ya vistos en otros festivales, por ejemplo), su poder de convocatoria no es de los más altos y su neblinosa identidad nunca se termina de definir a lo largo del tiempo --regresan ahora los juramentos latinoamericanistas--; todo eso, y otras cosas más, despiertan dudosos fervores entre los signatarios del acuerdo.
A Mar del Plata, como sostienen en la intimidad muchos de quienes lo desmentirían en voz alta, nunca le terminó de convencer una muestra cuyos laureles, cuando los hay, se los lleva el Incaa y el gobierno central en las televisaciones de apertura, y para el cual brinda año tras año, generosamente, su infraestructura. La provincia está hoy empeñada en un fuerte programa cultural (el lanzamiento sistemático de las locaciones cinematográficas, el Festival internacional de Folklore, la nueva gestión en el teatro Argentino, por dar sólo tres ejemplos), en el cual Mar del Plata, que el año pasado volvió a cambiar de fecha, no figura entre sus prioridades.
Pero esta vez, curiosamente, tampoco el Incaa (auténtico gestor de este acuerdo al que la provincia sólo accedió después de largos meses de cabildeos) ha dado signos de excesivo entusiasmo: como se sabe, por los mismos días en que se realice el festival de Mar del Plata, el Incaa lanzará en Buenos Aires su ansiado y mimado Mercado del Cine, que patrocinará Cannes. Ambas manifestaciones ni se rozarán, aunque más no sea por razones supersticiosas: años atrás, la sección de mercado del festival fue un rotundo fracaso y terminó levantándose.
Para sumar a las pintorescas contradicciones de estas fiestas del cine, el Bafici hará hoy su conferencia de prensa de lanzamiento cuando casi todo el periodismo de cine está en Pantalla Pinamar, hermanita menor de las muestras del Incaa. El festival independiente de Buenos Aires, al que la gestión Macri miraba con suspicacia el año pasado hasta que comprobó, gracias al empuje personal del ministro Lombardi, que no era nada desdeñable, políticamente, la foto de las ávidas filas de público joven que salta de una sala a otra para no perder ni un solo plano secuencia coreano o portugués (eso le da al gobierno más rédito y oxígeno que las noticias que llegan a diario del Colón, por ejemplo), también se maneja independientemente y no sólo en el calendario de sus anuncios, aunque luego deplore las magras cifras de presupuesto que obtiene del Incaa.
El año pasado hubo un módico intento de «bacifizar» el festival de Mar del Plata, cuyo catálogo, y algunos acentos en la programación, replicaron a los porteños. La cohabitación duró poco: los resultados no fueron los esperados, se cambiaron a los programadores, y se adelanta ahora la indefinible, vaporosa promesa de un programa «más cercano a los gustos del público». Raro festival, el de Mar del Plata.
M.Z.


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