7 de enero 2011 - 00:00

Una isla tecno en el corazón de Asia

Una isla tecno en el corazón de Asia
Una de las características que diferencia a Taiwán del resto de Asia es que allí lo nuevo o moderno casi no deja espacio a lo antiguo. Es difícil encontrar huellas de la historia recorriendo las calles de esta isla; incluso los templos lucen radiantes y, a diferencia de países como Tailandia, brillan por su ausencia los barrios pobres o las figuras de monjes budistas con precarias vestimentas. En Taiwán, lo sagrado y lo profano parecen convivir sin problemas, y es habitual toparse con pantallas gigantes de LCD en los templos o con monjes navegando... pero en sus blackberries.

Ocurre que Taiwán es uno de los llamados «tigres asiáticos» surgidos a fin del siglo pasado, con un nivel de industrialización y desarrollo tecnológico entre los más altos del mundo. Allí es casi imposible encontrarse con un campo cultivado, pero es moneda corriente hacerlo con fábricas de productos de última generación. En esta pequeña isla de 36.200 km² ya no hay pueblos, sino que está cubierta casi completamente por ciudades, en las que habitan 23 millones de personas, representando la segunda más alta densidad poblacional del mundo después de Bangladesh.

Más del 60 por ciento de la isla es montañosa, por lo que es muy acotado el espacio para vivir. A esto se debe la estrategia de construir hacia arriba, muy hacia arriba, si se tiene en cuenta que allí se ubica el Taipei 101, el tercer rascacielos más alto del mundo, con 508 metros y «ascensores bala» que se elevan a 45 km/h. Incluso los cementerios son verticales en Taiwán, con hasta 20 pisos. La isla se encuentra sobre una falla y hay constante riesgo de movimientos sísmicos. Viajar allí es una experiencia cultural de alto impacto, acercándose a una sociedad acostumbrada a relacionarse cotidianamente con la tecnología más avanzada, en todos los ámbitos, y que vive nada menos que frente a la cada vez más poderosa República Popular China.

Una buena forma de empezar a conocer o a describir Taiwán es a través de su estilo de vida. Los taiwaneses están inmersos en un mundo high-tech, con trenes bala, rascacielos inteligentes y pantallas táctiles por doquier. La tecnología en Taiwán es motivo de orgullo nacional. Allí se fabrica más del 83% de las notebooks del mundo. También se observa un gran empeño por demostrar los logros que se pueden alcanzar por medio del avance técnico; tal es el caso del túnel Hsuehshna, al sudeste de Taipei, el más largo de Asia, con 12,9 km. Durante 15 años, los taiwaneses taladraron la montaña para conectar Taipei con Toucheng, a un costo de u$s 1.800 millones. Además de artefactos y obras futuristas, Taiwán también se caracteriza por estar sembrado de templos budistas. Allí los hombres van a buscar respuestas fuera de la tecnología y se empeñan en aguardar un sí o un no de parte de sus dioses. Los datos oficiales indican que en Taiwán hay más de 4.000 templos budistas y 8.600 taoístas, y una cantidad de dioses compartidos por ambas religiones.

Los templos taiwaneses son «temáticos» y el que desea, por ejemplo, dinero o salud debe dirigirse al que rinde culto al Buda Pekong. Dentro de ese templo se producen diferentes rituales, como puede ser la quema de fajos de papeles amarillos, en la espera de que a cambio lleguen billetes verdaderos.

Otra costumbre habitual en estos templos es una suerte de «interpelación» a los dioses. Se pide o pregunta algo a determinado dios -o a los propios antepasados de cada persona-, a quienes en cada casa se los venera con un altar coronado con el árbol genealógico de la familia, que llega a veces hasta veinte generaciones. Y el dios, o el antepasado, responde a través de dos maderitas llamadas puá pué, que tienen un lado plano y otro convexo. Si al lanzarlas, ambas caen con la parte plana hacia abajo, la respuesta es no. Si cae una para arriba y otra para abajo, es sí. Y si caen las dos partes planas para arriba, la respuesta equivale a una carcajada del dios y se puede tirar sólo una vez más.

Pablo Domini

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