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Una relación signada por la desconfianza
La proximidad de los comicios legislativos nacionales y provinciales, y la inminente interna del PJ del próximo domingo para definir autoridades partidarias exacerbaron en los últimos meses las diferencias dentro del Frente para la Victoria santacruceño. "Presentaré listas propias", anticipó Peralta respecto de las contiendas parlamentarias.
Uno de los picos más emblemáticos se dio cuando en septiembre pasado desde Balcarce 50 denunciaron un supuesto espionaje en Río Gallegos sobre la Presidente por parte de efectivos provinciales y por orden de Peralta.
Desde ese momento, el mandatario y la jefa de Estado no se volvieron a cruzar y, de hecho, no mantienen una conversación desde junio del año pasado.
En rigor, sólo las necesidades electorales del FpV pusieron nuevamente en carrera a Peralta en 2011 para pelear su reelección, porque ya por entonces los cortocircuitos entre el mandatario y el kirchnerismo eran ostensibles.
Peralta había dado por aquellos meses señales persistentes de autonomía política que incomodaban a Balcarce 50, como cinco años antes lo había hecho el también peronista Sergio Acevedo con Néstor Kirchner presidente.
La muerte del policía Jorge Sayago en una revuelta petrolera en febrero de 2006 y la creciente digitación de los destinos santacruceños desde los despachos nacionales terminaron empujando a Acevedo a su renuncia en marzo de ese año.
Ese portazo abrió un tembladeral institucional en la provincia que incluyó el paso por el poder de Carlos Sancho, quien también dimitió, en septiembre de 2007. Luego llegó el propio Peralta, eyectado por Kirchner desde la intervención de Yacimientos Carboníferos Fiscales para suceder interinamente a Sancho ese año y pilotear el muy tenso clima social, signado por las protestas gremiales que paralizaron en varias oportunidades a la provincia.
La relación entre Peralta -quien luego fue electo en las urnas en 2007, y reelecto en 2011- y el kirchnerismo se fue, sin embargo, deteriorando con el correr de los años, al ritmo de la reticencia del mandatario a alinearse sin matices con la Casa Rosada.
De hecho, en diciembre de 2011 -a poco de haber sido votado para gobernar hasta 2015- el duro enfrentamiento con la fuerza K -con epicentro en La Cámpora que comanda Máximo Kirchner y que domina el Parlamento- estalló sin disimulo, con la Legislatura como escenario de batalla y la reforma previsional impulsada por el Ejecutivo local como excusa.
Las otras terminales K radican en un importante número de intendentes y en el propio vicegobernador, Fernando Cotillo, mientras que a nivel nacional el principal foco de críticas es el ministro de Planificación Federal, Julio De Vido.
De allí al presente sobrevino una cadena de cruces políticos y judiciales entre ambos sectores internos del justicialismo -en base a la supuesta impericia de Peralta para gestionar-, que derivaron en un sistemático bloqueo de las iniciativas del mandatario en la díscola Legislatura.
Ese escenario tuvo su correlato en el cierre de los grifos de asistencia nacional, cerrando así una encerrona para el Ejecutivo en materia de acceso a recursos que generó complicaciones a la hora de enfrentar las obligaciones mínimas del Estado, como el pago de sueldos.
Sin medias tintas, en los últimos meses Peralta incomodó de diversas maneras al kirchnerismo, por caso, de la mano por caso del intento de derogar la figura de la reelección indefinida y de la Ley de Lemas, herramientas que permitió a la fuerza K perpetuarse en el poder provincial.
También no dudó en reclamar cambios en la coparticipación y en pelear mayores aportes desde los sectores petroleros y mineros,
impulsada por el Ejecutivo local como excusa.
Las otras terminales K radican en un importante número de intendentes y en el propio vicegobernador, Fernando Cotillo, mientras que a nivel nacional el principal foco de críticas sobre la administración llevada adelante por Peralta es el ministro de Planificación Federal, Julio De Vido.
Desde ese tumultuoso fin de 2011 -no exento de incidentes- hasta el presente sobrevino una cadena de cruces políticos y judiciales entre ambos sectores internos del justicialismo -sobre la base de la supuesta impericia de Peralta para gestionar-, que derivaron en un sistemático bloqueo de las iniciativas del mandatario en la díscola Legislatura.
Ese escenario tuvo su correlato en el cierre de los grifos de asistencia nacional, dibujando así una encerrona para el Ejecutivo en materia de acceso a recursos que genera serias complicaciones a la hora de enfrentar las obligaciones mínimas del Estado, como el pago de sueldos y aguinaldos.
Sin medias tintas, en reacción, en los últimos meses Peralta incomodó de diversas maneras al kirchnerismo, por caso, de la mano del intento de derogar la figura de la reelección indefinida y de la ley de lemas, herramientas que permitieron a la fuerza K perpetuarse en el poder provincial.
El mandatario tampoco dudó en reclamar cambios en el reparto de la coparticipación federal y en pelear mayores aportes desde los sectores petroleros y mineros. Con todos estos frentes abiertos, la batalla final será en las urnas en 2015.


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