16 de octubre 2009 - 00:00

Unas “Miserias” poco verosímiles

«Miserias» (Arg., 2005, habl. en esp.). Guión y dir.: C. Albarracín. Int.: N. Pauls, L. Schmid, J. Palomino, W. Ianni, F. Cipolla.

Un antiguo cuento, relatado por un viejo barbudo, inicia esta película: el del herrero Miseria, que entre nosotros, con ropas criollas, cristalizó Ricardo Güiraldes, en un sabroso capítulo de «Don Segundo Sombra» (ése, y el otro del indiecito que también cuenta el viejo arriero, todavía esperan una buena versión cinematográfica).

Dentro de ese marco, pasan otras historias: las que presencia un joven rubio venido a menos y recogido en los andurriales, y la que él mismo vive, con una chica que dice no tener nada para contar, pero es muy linda de ver. Él ha perdido su trabajo y su espíritu de lucha, pero no sus buenos modales. Intenta mantenerlos en el lugar donde fue a parar: una villa miseria bastante bonita, mostrada con cierto sentido estético y habitada por gente cordial, que no le cobra alquiler a quien allega buscando un techo (aprendan, los de la 31), y donde asado y vino parece que nunca faltan. No faltará tampoco un médico de visita, que advierte al recién llegado «Mi querido amigo, la villa es como un virus». Igual se queda nuestro inquilino porque hay gente amable.

Sin embargo, ya que la haraganería es la madre de todos los vicios, cada tanto algunos mostrarán sus malos hábitos y bajezas morales detrás de las sonrisas. De pronto habrá un duelo criollo sin mayor motivo, y esto recién empieza. Por suerte, el desenlace para nuestros personajes es positivo. No así el relato, bien planteado pero deslucido por algunas improvisaciones poco felices.

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