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‘‘Uno se deja llevar y la vida teje la trama’’
«Si empezara echando una mirada hacia atrás, mi vida es un cuaderno de bitácora. El viaje está en mi destino», asegura Benedetto, quien se confiesa una apasionada de los viajes. «Como Ulises, como Marco Polo, ando dando vuelta al mundo para recalar en mi casa», sostiene la famosa actriz.
Periodista: ¿Comenzó su vida haciendo los tradicionales viajes a Mar del Plata?
Leonor Benedetto: Si empezara echando una mirada hacia atrás, mi vida es un cuaderno de bitácora. El viaje está en mi destino. Como Ulises, como Marco Polo, ando dando la vuelta al mundo para volver a recalar en mi casa. Soy entrerriana, nací en Paraná, y el hecho de haber nacido al lado del río me parece que es significativo. Si como dicen, la geografía del lugar donde se nace nos marca, pues conmigo se ha dado, soy de fluir, soy de andar. Y a los que dicen que soy una desarraigada me gusta contestarles:
no es que no tenga raíces, es que soy como el camalote, las tengo sobre algo que se mueve. Siendo chica, recuerdo haberme despertado y el río que era marrón se había vuelto verde. No se veía el río porque los camalotes bajaban y el río era una madeja verde. Una hermosa visión. Al haber nacido en un sitio tan fértil, siempre me parece que todo es posible, que nada es tan grave en los avatares de la vida de uno. Estoy acostumbrada, afortunadamante, a no vivir en algo instalado.
P.: ¿Por dónde anduvo?
L.B.: El trabajo me ha llevado a muchísimas partes. Casi nunca he sido autodeterminante. Obviamente, me invitan a un lado y podría decir que no. No me acuerdo de haberme dicho voy a ir a tal lado. En eso, primero fueron mis padres, luego el trabajo. Y he andado por medio mundo. A Rusia cuando aún era la Unión Soviética fui dos veces. A Egipto. Israel. El Líbano. El norte de Africa. La India. China. Canadá. América, de norte a sur. Europa no sólo por sus países, también por muchas de sus ciudades. No conozco nada de Australia, ni de la península escandinava. He ido a muchos lados por festivales de cine, tanto llevando materiales como siendo jurado. Los últimos años he sido jurado de muchísimos festivales, y es una experiencia fantástica porque te pone al tanto de lo que creativamente se está haciendo en este momento. Casi diría que me dejo llevar.
Palma de Mallorca
P.: ¿Algún lugar que aparezca entre los preferidos?
L.B.: En eso hay una trampa, porque eso de que uno habla de la fiesta según le fue en ella, es verdad. Yo tengo momentos fulgurantes en Palma de Mallorca, por ejemplo. En esos casos uno se siente feliz, como drogada, todo está en armonía y en orden y se siente que «en un día claro se ve hasta siempre».
P.: Mallorca fue importante.
L.B.: Si bien Mallorca es hermosísima, tuve eso, esas gloriosas sensaciones. En San Petersburgo tuve la visita al Hermitage, al museo de los muertos civiles de la Guerra de los Mil Días, cosas que exceden, que son casi más simbólicas que el valor del dolor que puedan tener en realidad. Recuerdo a una vieja rusa, toda de negro, llorando junto a una fosa común. Esas cosas me hacen sentir pertenencia. Y me parece blasfemo buscar explicaciones.
P.: ¿Cuál es para usted un lugar de opción, un lugar donde podría estar?
L.B.: Empecemos al revés, si bien en Los Angeles la pasé muy bien, jamás elegiría esa ciudad para vivir. No tiene nada que ver conmigo. La persona pública no va conmigo, pero en algún punto la he buscado. Hay veces que uno se va por una decisión personal, después uno se deja llevar y la vida teje la trama. Cuando me fui a España en busca de anonimato duré un mes y medio en engancharme con uno de los españoles más famosos de España. Entonces, a mi inconsciente no le va eso del anonimato, pero sin embargo soy feliz de caminar de esa forma por las calles de Nueva York, poder hacer lo que quiero de verdad. Obviamente el peso de la mirada de los otros me gustaría que fuera menor. La India fue un lugar en el que me quedaría. Fue el último viaje largo, hace un año, fui al Festival de Bombay.
P.: ¿Y fue a ver a Sai Baba?
L.B.: No, no, no (ríe), soy tan vanidosa que creo que no tengo que ir a buscar a Dios, que Dios va a venir a mi encuentro, él me va a buscar a mí. A veces me visita. Lo de Bombay, en realidad llegué a Goa, fue una gran experiencia. Creo que la India fue el lugar del que me produjo más angustia irme. Me hubiera quedado.
P.: ¿Dónde empezó en usted el gusto por actuar y por contar historias?
L.B.: Según mi madre, desde siempre, y le debo a ella que lo haya percibido. Desde muy chiquita, cuatro o cinco años, hice todo eso que hacían las nenas de mi época: estudiar baile, declamación, música, todas esas cosas. Yo fui una chica muy adelantada, terminé el colegio muy temprano. Cuando tenía catorce años toda la familia se vino a Buenos Aires, vivíamos en Martínez, y a los quince yo ya estaba haciendo el ingreso a la Facultad de Medicina, donde estuve dos años. Después hice media carrera de Filosofía. Y simultáneamente empecé el Conservatorio.
P.: Y ahí aprendió a ser diversos personajes, ¿cuál recuerda con especial gusto?
L.B.: Creo que cuando un personaje es creíble salió de algo mío aunque no me guste. La mayoría de las mujeres fuertes que he hecho tienen realmente mucho que ver conmigo. Antes pensaba que no, pero hay una cosa de fortaleza que evidentemente la ven los demás. Creo que las apariencias no engañan. Ahora recuerdo, no sé por qué, podrían ser muchas otras, a la monja de «Un lugar en el mundo», que fue como un compendio de todas esas cosas que yo dejé por el camino. Era una monja casi laica y muy decidida a ayudar a la gente a encontrar su camino, y si era por fuera de la religión que así lo fuera. Me encantó ese personaje.
P.: ¿Qué lugar de esta Argentina, que se ha puesto internacionalmente de moda, le gusta más?
L.B.: Nuestro país no está de moda, está muy de moda. Es que somos bastante curiosos. No nos parecemos a ningún otro pueblo. Somos bien raros. Tenemos un compendio de lo mejor y lo peor. Somos totalmente arrogantes y, sin embargo, nos ajustamos los cinturones y atravesamos las crisis todas las veces que haga falta, tenemos buena experiencia en eso. Nos creemos los mejores del mundo y somos a la vez profundamente abiertos al que viene de afuera, y siempre pareciéramos interesados en lo que ocurre en el mundo. Hay gente de otros lugares del mundo, algunos parisinos, algunos barceloneses, que se creen los mejores del mundo, y acaso lo son, pero no son acogedores, gregarios, hospitalarios, cordiales, nosotros sí lo somos. Somos un pueblo con un sentido estético y armamos algo bonito en cualquier parte, estamos con mucho training de los beneficios secundarios de la carencia. Somos el polo teatral más importante del mundo, por encima de Londres y de Broadway, por supuesto; lo que tienen ellos es mejor prensa. Que nosotros hiciéramos, en los peores momentos que nos tocaron vivir, teatro en las casas, es un fenómeno a tener en cuenta.
P.: Un lugar de la Argentina que le guste...
L.B.: ¿Uno? ¿De La Quiaca a Tierra del Fuego, uno? Entre Ríos, me gusta por aquello de los orígenes. Hace poco estuve en Rosario y está maravillosa, se ha convertido en un lugar extraordinario. Mendoza me parece una ciudad alucinante, esos árboles, esas acequias, esa limpieza, esa belleza de fondos. Purmamarca y Ushuaia son lugares extraordinarios. Y, lo siento por el lugar común, Buenos Aires me parece absolutamente fuera de norma, disfrutable, de noche es algo único en el planeta, es inédita, incomparable. Creo que lo que les pasa a los visitantes extranjeros es que esta Ciudad los toma por sorpresa, y debe ser energético, y para ello tenemos que ser exóticos y excéntricos.
Entrevista de Máximo Soto


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