27 de junio 2012 - 00:00

Vila-Matas divertido y culto

Vila-Matas divertido y culto
Enrique Vila-Matas «Aire de Dylan» (Bs.As., Seix Barral, 2012, 328 págs.)

Un escritor cuenta lo que le ocurrió a partir del momento que fue a un Congreso literario sobre el Fracaso que se realizó en la Universidad Suiza de San Gallen, donde el argentino Sergio Chejfec sostuvo que «el fracaso es la prefiguración natural del destino del escritor» y el cineasta Werner Herzog penó por no haber sabido perder la razón con suficiente fuerza. Pero lo que más le interesó al narrador fue la presentación que hizo Vilnius Lancastre, un muchacho que por su ropa y su figura tenía «un aire a Bob Dylan», que hizo cortometrajes, trabaja en un Archivo General del Fracaso donde va a establecer como es ese «teatro de la realidad» donde la vida es la farsa que todos debemos representar.

En realidad quien había sido invitado al congreso literario era su padre, el escritor Juan Lancastre, pero había muerto repentinamente y él decidió suplantarlo, y contar de la vida de su padre, y poner el fracaso en presencia, convirtiéndose en el Ed Wood de los conferencistas, dando una charla que hiciera huir a los espectadores, pero no lo consigue. El narrador y unos pocos más se quedan allí. Vilnius cuenta cómo luego de la muerte de su padre un golpe le hizo sentir que tenía la memoria y hasta los deseos de su padre, que siente que lo convierte en Hamlet, y desde la muerte clama venganza.

A partir de ese sabroso punto de partida, el extraordinario escritor barcelonés Vila-Matas, construye la más novelesca de sus novelas, con momentos tan verosímiles como delirantes, con anécdotas desopilantes y momentos enjundiosos, eruditos, que gozarán los entendidos en el mundo de las letras, porque «Aire de Dylan» es como uno de esos platos que se pueden degustar de diversa forma, al que cada uno le encuentra un distinto atractivo. El padre fantasma, la mención de Hamlet, introduce una intriga policial con un asesinato posible, una madre «mala de manual» que quemó el último libro de su marido (su autobiografía), un cruce de amantes entre los esposos, el deseo de Vilnius de vindicar a su padre inventándole la autobiografía perdida. Otros verán en eso guiños a la versión que da Stephen Dedalus de Hamlet en el «Ulises» de Joyce y a las clases de Nabokov sobre la obra de Shakespeare. Son múltiples las lecturas que ofrece esta obra divertida y culta, que busca la liviandad frente a la pesadez esforzada de los escritores posmodernos, y la tonta banalidad la narrativa comercial.

Como ocurre en la mayoría de los 35 libros que lleva escritos ese magno artífice de la hibridización de ficción y ensayo que es Vila-Matas, a cada tramo aparece ese mundo arborescente que enriquece a personajes y relato con reflexiones sobre el mundo de la representación, de la literatura y del cine. Vilnius, por caso, está obsesionado con la frase «cuando oscurece, siempre necesitamos de alguien» que vio en una película, y eso lleva de viaje al mundo de Scott Fitzgerald, y a Hollywood. Y ha formado la secta «Aire de Dylan» que sigue las enseñanzas de Oblomov, el rey de los vagos según la novela de Ivan Goncharov, y la consigna de Guy Debord «no trabajes nunca». Como en «La verdadera vida de Sebastian Knight» de Nabokov victorias y miserias de la creación son mentadas mientras se fracasa en contar la vida de un muerto querido, porque a aquel que estuvo en este mundo se lo lleva «un aire que es la materia de la que estamos hechos, aire de todas las máscaras, aire de Dylan».

M.S.

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