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“Waissman es como un Robinson devuelto al bullicio”
El artista plástico Andrés Waissman (izq.) y el cineasta Eduardo Montes Bradley, durante los días de rodaje del film documental.
El argentino-norteamericano Montes Brad, residente desde hace años en los EE.UU., ha realizado una vasta obra documental y un temprano film de ficción, «El sekuestro» (de 1997, con Sandra Ballesteros). Entre sus documentales, que forman parte del Heritage Film Project por él fundado, se lo reconoce más rápidamente por los que dedicó a una larga lista de escritores, a veces con puntos de vista poco complacientes (como «Harto The Borges») y también por los que produjo para distinguidas cineastas como Diana Hunter y Rita Clavel, cuyas carreras fueron oportunamente reseñadas por el Bafici. Uno de sus últimos trabajos, «No a los papelones» (irónica respuesta a los asambleístas que protestaban contra la papelera Botnia) generó controversias en la Argentina y espectadores en el Uruguay.
A propósito de «Waissman», que se exhibirá mañana a las 18 en el Malba, luego de su exitosa difusión en la TV pública norteamericana, dialogamos con él:
Periodista: ¿Qué le atrajo de la obra de Waissman como para dedicarle una película?
Eduardo Montes Bradley: Coincidencias. Waissman se me parece en algunos aspectos. En otros puedo resultarle yo un bicho canasto. Digo: los dos padecemos de psoriasis. Los dos somos medio-judíos. De la pronunciación de su nombre se traduce que es un Hombre Sabio, aunque no todos los Smith son herreros ni James Taylor era sastre. Supongo que hay otras coincidencias: los dos somos argentinos, por ejemplo. Pero mi lectura sobre su obra no coincide con la qué él o los críticos consabidos tienen por cierta. Yo veo en Waissman al escriba de una diáspora curiosa, a un Robinson Crusoe devuelto al bullicio. Por momentos parece resistir perdido entre caníbales, rodeado de caníbales dispuestos a engullirlo mientras él proclama a los cuatro vientos que están por entronarlo. Buenos Aires es un sitio hostil, Waissman es un sobreviviente de esa hostilidad. Por momentos pienso que a Waissman le iría mejor si se montara en uno de sus barcos repletos de multitudes. ¿Pero entonces quién pintaría esas multitudes, esos laberintos? Supongo que el hombre ya está jugado y para colmo le acaban de hacer un documental que lo termina de retratar en Palermo, adonde pareciera pertenecer.
P.: ¿Cómo trabajó con él? ¿Partió de un guión previo o le dejó más lugar a lo que fuera saliendo en las sesiones de rodaje?
E.M.B.: Los guiones son un invento extraordinario para los que tienen en claro qué filmar. Yo sólo quería conocer a Waissman, que me mostrase fotos de familia que me ayudaran a rastrear las claves que sirven para interpretar su obra. Dicho esto, queda claro que soy un tirano y que le exijo caminar, desplazarse, hablar, sentarse, salir a la calle cuando llueve, abrir el paraguas todas las veces que haga falta hasta obtener lo que necesito para que la historia no sea un plomazo. En ocasiones opto por el lenguaje de la ficción para facilitar las transiciones en el documental. También trato de que me cuente lo que sabe pero sobre todo lo que yo quiero oír.
P.: Teniendo en cuenta su obra anterior sobre escritores, cómo cambia un documental cuando el retratado es un artista visual? E.M.B.: Cambia mucho. Podríamos conversar por horas. Los escritores se manejan con la palabra, son locuaces. Los pintores no. Los escritores suelen ser mundanos, habituados al roce, al buen trato, los pintores más cavernícolas, cuando no medularmente antisociales. Pero a cambio, éstos últimos ofrecen algo que al escritor le está vedado: su oficio tiene proporciones documentales: el atelier es un set, los colores y las texturas no están en la narración sino en la pantalla para que todos los vean.
P.: ¿La obra de Waissman tiene un correlato con la de algún escritor? ¿Está en paralelo con la de algún otro artista contemporáneo que se expresa por otros medios?
E.M.B.: En principio no lo sé. Sus virutas, lo más abrasivo de su obra, puede encontrar quizá algún coqueteo con la impunidad con la que Sergio Bizzio se enfrenta al papel, pero no estoy seguro. Ahora que lo pienso, Bizzio también pinta y puede que allí hubieran algunas concidencias en la década de los ochenta. Waissman y sus barcos en fuga, repletos de multitudes ante ciudades imaginarias me hacen pensar en Aaron Copland, también en los apasionados relatos de viaje del siglo XIX.
P.: Cuénteme un poco de qué se trata el Heritage Film Project.
E.M.B.: El HFP es mi último bastión. Por un lado trabajamos a pedido. Sin embargo, a diferencia de los retratistas del Renacimiento, a nosotros tiene que interesarnos la idea. Estas producciones oscilan entre los 40.000 y los 250.000 dólares. Todas las propuestas pasan por un tamiz de consideraciones. Por otro lado, el HFP tiene su propia fundación que se encarga de llevar adelante los proyectos de interés que no están respaldados económicamente por el interesado. «Waissman» entra en esta última categoría y fue financiado con los beneficios del HFP y el aporte de instituciones e individuos sin cuya generosidad nada de lo que hacemos a diario sería posible.
P.: ¿Por qué su documental está hablado en inglés?
E.M.B.: «Waissman» está hablado en inglés, algo que le preocupaba al protagonista, impiadoso como tantos frente al color del acento. Sin embargo los acentos son frecuentes, mucho más de lo que la gente cree. Lo esencial es aquello que Waissman tenía para contar y que yo quería documentar. El lenguaje es una estrategia de multiplicación. Digo: la programación del Canal Encuentro llega a miles, es cierto; sin embargo la de la televisión publica norteamericana llega a millones, y Amazon amplía el espectro. A lo anterior habría que sumarle que para hacer «Waissman» en castellano dependo del Incaa, apelaciones, notificaciones, rectificaciones, etc. para finalmente terminar en una salita en Semana Santa y en un canal de cable. No, gracias.
P.: ¿Inicia con Waissman una serie de documentales sobre artistas plásticos?
E.M.B.: Hice antes uno sobre Ernesto Deira, y otro sobre Celis. Pero eso fue en mi reencarnación castellana-rioplatense. Documentales de escasa difusión precisamente por lo que hablábamos recién. Para revertir la ecuación me sumergí primero en Humberto Calzada («Calzada» 2010), y después en Waissman. Digamos que «Waissman» es el segundo intento por avanzar en una colección de retratos que puede continuarse en la medida en que la televisión pública norteamericana siga pensando que merecen apoyo.
P.: Alguna vez usted dijo que prefería filmar documentales porque eso le evitaba el riesgo de casarse con la protagonista de un film de ficción (espero que eso no le ocurra con Waissman, que ya está casado), pero... ¿no hará más ficción?
E.M.B:: El peligro está latente, dentro y fuera de la ficción. Desde luego esto no es algo que hubiera sabido a priori. Yo pensé que el problema lo encarnaban las actrices en la ficción, pero después vinieron las viudas de los escritores, las nietas de los veteranos de Iwo Jima, las hijas de los sobrevivientes de Haiti... No se deje engañar, el documental entraña casi tantos peligros como la ficción.
Entrevista de Marcelo Zapata


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