La actriz, que se casó múltiples veces con diferentes millonarios, construyó un personaje de sí misma.
Zsa Zsa Gabor.
Poco antes de llegar a los 100 años (los cumplía el próximo 6 de febrero), y después de una larga enfermedad, murió ayer de un paro cardíaco Zsa Zsa Gabor. Rubia fatal, sobre todo para las billeteras de sus maridos, estrella de Hollywood al gusto de la TV más frívola, diosa bienvenida en las tiendas de pieles y joyas, el curriculum de Zsa Zsa Gabor contiene más apariciones de ella misma en programas de variedades y películas sobre Hollywood, que actuaciones suyas encarnando algún personaje. Y aún en estos casos, ella seguía siendo el personaje.
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Nacida Sári Gabor en Budapest, Hungría, creció en el lujo. Su abuela era la dueña de un negocio de joyas de título traducible como La casa de los Diamantes. Su padre, un alto militar que supo aprovechar los buenos tiempos del imperio austrohúngaro. Su madre, una delicada modelo, Jollie Tilleman, que diseñó la carrera de sus hijas: Magda, Sári, y Eva. Las tres serían definidas como finas, elegantes, trepadoras y oportunistas. Ninguna iba a pasar hambre.
Elegida Miss Hungría en 1936, Sári se inició como corista de un vodevil especial de Viena, el Club Femina, bajo el nombre de Georgia Gabor. Y en 1937 ya estaba casada con Burham Belge, director de prensa del Ministerio de Relaciones Exteriores de Turquía. Pero no se quedó en el país de su marido. En 1941 ya estaba divorciada y con toda la familia en EEUU. Quizá porque, pobrecita, no tendría dónde vivir, en 1942 se casó con Conrad Hilton, el dueño de la cadena de hoteles. Se divorció en 1947, y en 1949 se casó con el actor George Sanders.
Ahí es cuando se instaló en su verdadera patria: Hollywood. Y afirmó su nombre definitivo: Zsa Zsa, exótico, zumbón, y único. Nadie más tenía ese nombre. Con él debutó en 1952 en la comedia musical de Mervin Leroy "Lovely to Look at", la picaresca "We're no married", que acá se estrenó como "Travesuras entre matrimonios", de Edmund Goulding, con Ginger Rogers, Marilyn Monroe y otras buenas figuras, y "Moulin Rouge", de John Huston.
Más para el ascenso: "Historias de tres amores" y "Lilí", en ambas haciendo de rubia mala frente a la entonces ingenua Leslie Caron, y la francesa "El enemigo público número uno", rubia peligrosa frente al cómico Fernandel, entonces ídolo mundial. En 1954 se divorció de Edmund Sanders, quien se casó de inmediato con su cuñada Magda, hermana mayor de Zsa al cuadrado. Ella entretanto inició tropicales romances con el play boy Porfirio Robirosa, el hijo del dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo, y otras figuras del jet set internacional menos recomendable.
Pero nunca abandonó a ninguno con severo rencor: "Nunca he odiado a un hombre tanto como para devolverle los diamantes que me regaló", es una de sus frases más famosas. Se especializó en cuentas bancarias, apariciones de estrella invitada en los programas de Bob Hope, Red Skelton, Johnny Carlson, y otros animadores, y en capítulos de "La isla de Gilligan", "Bonanza", "Batman" (dos capítulos como Minerva), "La nave del amor" y hasta "Mr. Ed". En cine, hizo obras de propaganda anticomunista en las que creía firmemente, como "La chica del Kremlin" (fue además activa colaborada en la elaboración de listas negras durante el macarthysmo), y pasatiempos memorables como "El circo de tres pistas", con Jerry Lewis y Dean Martin,
"Arrivederci, Baby", "Queen of Outer Space", "Una vez a la semana" (pero ahí la estrella ya era Kim Novak), y, más adelante, "Won Ton Ton, el perro que salvó a Hollywood".
Se la alcanza a reconocer en alguna parte de "Sed de mal", y en varios títulos donde directamente hace de sí misma, desde "Pepe", con Cantinflas, 1960, hasta "La pistola desnuda 2 y media", ya como caricatura de sí misma. Su último papel serio fue el de tía Amalie en la austrofrancesa "Johann Strauss, el rey sin corona", 1987. Para entonces, ya había esquilmado otros cinco maridos, incluyendo un rico español, y había encontrado su definitivo príncipe azul: el alemán Fréderic von Anhalt, un príncipe sin corona, pero con abolengo, cuenta bancaria y, lo más importante a esta altura de su vida: paciencia para aguantarla y cuidarla en el hospital.
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