Para hacerse una idea, entre otras criaturas inquietantes vemos a un carnicero molesto, malhumorado, un cocinero provocador, ostentosamente gay, una gastronómica de muy buen ver, también molesta no solo con la clientela, una esposa algo inestable con sus angustias de la carne y la religión, en fin, éste de Recife que vemos, aplastado por un sol enervante, no parece precisamente un barrio de jubilados que se queden tranquilos a tomar mate en la vereda.
Desde que empieza el día, ahí las veredas son tierra de nadie, y ni hablar de lo que puede pasar puertas adentro. Sin embargo, con la fuerza que empiezan el día y la película, la cosa peor que podría verse es que semejante historia se pinche o se alargue, lo que no ocurre, aunque poco le falta. No es fácil para un debutante que viene del corto sostener un largometraje, como no es fácil para un cuentista desarrollar una novela. Pero, igual que un buen cuento, la película tiene un final de esos inesperados, diríamos sorprendentes, que reconfortan de cualquier defecto anterior. Deja también, es cierto, una pequeña sensación de gratuidad. Y otra de gratitud, por la buena mano demostrada, y los efectos conseguidos, sin mucha complicación ni mayor derramamiento de sangre.
Los intérpretes tienen garra, destacándose especialmente la linda
A propósito: se ha querido traducir el título como
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