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26 de diciembre 2006 - 00:00

Año de lucimiento de arquitectos latinos

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Sede de «L’Humanité» en Saint Denis, y obra de Oscar Niemeyer, uno de los hoy numerosos arquitectos latinoamericanos de prestigio internacional.
Este ha sido un año muy importante para la arquitectura argentina. La X Bienal se destacó por el diálogo de arquitectos norteamericanos, latinoamericanos y europeos con profesionales locales. Además se realizó en noviembre otra edición de los Premios Klaukol-CAYC, llamados Ventanas al Futuro. La creatividad de nuestros arquitectos también fue reconocida con una invitación a veintiséis de ellos a exponer en el IVAM (Instituto Valenciano de Arte Moderno), uno de los museos más importantes de España. El cierre de estas actividades se dialogará al presentar la XI Bienal Internacional de Buenos Aires el 21 de septiembre del año próximo.

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La presencia latinoamericana fue importante también en la Bienal Internacional de Arquitectura de Venecia, que dirigió el gran maestro austríaco Hans Hollein, uno de los nombres máximos de la arquitectura contemporánea, asistido por un Comité de Expertos integrado por Francois Burkhardt, Arata Isozaki, Paolo Portoghesi, Terence Riley y quien esto escribe. El tema fue «Sensores del futuro. El arquitecto como sismógrafo». Toda una definición aparecía encerrada en el eje de esa Bienal. Por un lado, se trataba de señalar hasta qué punto la arquitectura se ha personalizado, al dejar de ser cuestión de movimientos, programas, manifiestos y grupos, como sucediera bajo el imperio del Modernismo.

  • Protagonismo

  • Por otra parte, esa personalización devolvió al arquitecto su pleno agenciamiento como factor social independiente -no solitario ni aislado-, obligándolo a involucrarse a fondo -o más a fondo-en los avatares de su oficio creativo. De aquí que el tema de la Bienal también personalizó, y tuvo por protagonista al arquitecto, no a la arquitectura.

    La ciudad es el modelo cultural creado por la arquitectura. Se trata del ambiente por antonomasia del vivir humano. No es una aglomeración de edificios en un lugar determinado, sino una condición en la cual los seres humanos desarrollan actividades productivas, domésticas, recreativas y culturales. La exhibición fue destinada, por ello, a mostrar cómo los arquitectos consagrados o en curso de serlo, abordan, en el mundo entero, la humanización de las ciudades desde una rica perspectiva transformadora, orientada al mañana.

    Le Corbusier visitó Buenos Aires una sola vez, en 1929, y una década más tarde, hacia 1941, terminaba el Plan Regulador de la Ciudad, que nunca sería aplicado. Aun cuando las conferencias dadas en Buenos Aires -que Le Corbusier reunió en su libro «Precisiones», de 1930- no despertaron una adhesión inmediata y numerosa, también es cierto que la influencia del ilustre arquitecto suizo-francés iba a sentirse, a partir de la década del '30, con el florecimiento del Racionalismo. Sin embargo, como en el caso de otras naciones latinoamericanas, el racionalismo se vio matizado en la Argentina por las virtualidades regionalistas. En la Bienal de Venecia exhibieron sus obras dos de los estudios pioneros que, en los años '30, iniciaron la transición hacia la arquitectura moderna desde perspectivas locales. Uno de ellos fue el Estudio Aslan, Ezcurra y Asociados, abierto en 1930. El otro estudio fue el de Mario Roberto Alvarez (1913), fundado en 1937.

    La presencia de América latina en la Bienal de Venecia fue encabezada, desde todo punto de vista, por el eximio arquitecto brasileño Oscar Niemeyer. Nacido en Rio de Janeiro, en 1907, diplomado en 1934, las autoridades de la Bienal lo distinguieron con uno de los tres Leones de Oro por servicios prestados a la arquitectura. La mayor parte de esa exhibición giró en torno de lo que podría denominarse el paradigma de sus realizaciones arquitectónicas: los edificios de Brasilia, la capital inaugurada en 1960, donde Niemeyer trabajó a lo largo de tres décadas. Pero antes de Brasilia -cuyo plan maestro se debe a otro notable arquitecto, Lúcio Costa-, Niemeyer había dado certeras pruebas de su inventiva e inagotable capacidad de diseñador. Precisamente intervino, bajo la dirección de Costa y con Affonso Eduardo Reidy, Ernani Vasconcellos, Jorge Moreira y Carlos Leao, en el proyecto de la sede del Ministerio de Educación y Salud, en Rio de Janeiro (1936-45), que aún se insiste erróneamente en atribuir a Le Corbusier, creador admirado por esos jóvenes arquitectos brasileños y convocado por ellos como asesor pero cuyas ideas no fueron tomadas en cuenta.

    El edificio, que medio siglo después, conserva intactas sus virtudes compositivas y su despojada imponencia, es casi un manifiesto del regionalismo arquitectónico latinoamericano, al que aportaron, también, el mexicano Luis Barragán (1902-88) y el venezolano Carlos Raúl Villanueva (1900-75), entre otros maestros. Pero la consagración de Niemeyer es de la década del '40, con los edificios (el Casino, el Yacht Club, la casa de Baile, la Iglesia) del nuevo barrio de Pampulha, en Belo Horizonte, donde se desprende para siempre del racionalismo para fundar, a partir de algunas premisas, una cultura arquitectónica regional, que actualiza las tradiciones brasileñas -especialmente las del período barroco-y las modalidades constructivas, rescata ciertos materiales -el azulejo, por caso-, y atiende a las condiciones climáticas y sociales. En Brasilia -donde elevó el primer edificio, el Palacio de la Alborada, en 1957, y el último, el Memorial Tancredo Neves, en 1986-, Niemeyer dio rienda suelta a su diseño, caracterizado por una absoluta libertad plástica y una resuelta pericia técnica. Porque Niemeyer es, ante todo, un asombroso creador de formas, que obtiene soluciones insólitas y de enorme belleza con su dominio de las rectas y las curvas, los llenos y los vacíos, los espacios internos y exteriores, según puede verse aún en realizaciones como el Museo de Arte Contemporáneo de Niteroi (1993), un inesperado plato volador emplazado con delicadeza al borde del mar.

    Niemeyer era, hasta entonces, el segundo de los arquitectos latinoamericanos laureados con el Premio Pritzker, el «Nobel de Arquitectura», según se acostumbra a llamarlo: lo obtuvo en 1988, ocho años después de Barragán. Este año lo obtuvo el singular arquitecto brasileño Méndes da Rocha.

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