10 de enero 2008 - 00:00

Caine, lo mejor de la nueva "Sleuth"

Aunque Jude Law es un partenaire más que digno, Michael Caine vuelve a ser el ganadoren la competencia actoral de un film mucho más ácido, enclaustrado y grave que el originalde Mankiewicz.
Aunque Jude Law es un partenaire más que digno, Michael Caine vuelve a ser el ganador en la competencia actoral de un film mucho más ácido, enclaustrado y grave que el original de Mankiewicz.
«Sleuth, juego macabro» (Sleuth, G. Bretaña., 2007, habl. en inglés). Dir.: K. Branagh. Guión: H. Pinter, sobre texto de A. Shaffer. Int.: M. Caine, J. Law.

En su origen, ésta es una comedia de intriga de Anthony Shaffer, donde un inglés rancio, ya grande, invita a su mansión al joven amante de su esposa, un hijo de inmigrante, posible arribista, para conocerlo y proponerle un trato: ambos fingirán un robo de joyas, cuya única perjudicada sería la empresa de seguros. Así uno evitaría gastos de separación, y otro tendría cierta fortuna inicial. Pero nada bueno puede salir de allí. Los dos hombres se estudian, se manejan, se humillan, se atacan y contraatacan, cambian las reglas, alternan la ironía fina y la agresión física, se sorprenden continuamente.

«Un encuentro de floretes cada tanto interrumpido por sablazos imprevistos», dijo alguien acerca de esta obra, donde el espectador se pone alternativamente a favor o en contra del viejo o el joven.

Acá la hicieron, en el Teatro del Globo, Ernesto Bianco y Norman Briski (entonces jovencísimo, hiperkinético, flaco y con rulitos), dirigidos por Osvaldo Bonet. La hicieron para el cine, en 1972, Sir Laurence Olivier y Michael Caine, que entonces encarnaba pícaros de clase baja con ínfulas de ostentación y ascenso social, dirigidos por Joseph Mankiewicz, en lo que fue su canto del cisne. Y la hacen, ahora, Jude Law, heredero de Caine en esos roles, y el propio (llamémosle con el título de nobleza que hoy ostenta) Sir Michael Caine.

Un deleite, ver cómo juegan sus papeles semejantes actores. «Los ingleses leen la partitura, nosotros tocamos de oído», exageraba humildemente Pepe Soriano, tras ver esta película en el reciente festival Pantalla Pinamar, donde la presentó el mismo Kenneth Branagh, director excelente, y además persona agradable, cordial, receptiva. Un atractivo más: Harold Pinter hizo la adaptación. Pero quizás esto no satisfaga a quienes recuerden la versión Mankiewicz, adaptada por el propio Shaffer, maestro de la comedia policial inglesa. El texto y la intención parecen los mismos. Las diferencias son grandes.

Con Shaffer pasaban cosas tremendas, pero era casi todo divertido, luminoso, abierto, lúdrico hasta el final. Aquí, el asunto se muestra cada vez más ácido, oscuro, enclaustrado, grave. Las mayores diferencias surgen en el último tercio, cuando las réplicas de los personajes, antes siempre brillantes, se van haciendo vulgares.

Por su parte, las diferencias de puesta se remarcan desde un comienzo. La vieja casona señorial donde transcurre la acción en 1972, con su colección de muñecos, su mobiliario clásico (¡sin un solo televisor!), y su amplio jardín, en el que reina un significativo laberinto de ligustrina, fue reemplazada por una mansión ultramoderna, llena de chiches tecnológicos, objetos del diseñador Ron Arad, y obras de Gary Hume y Antony Gormley. La música que preanunciaba intriga, circo, y gran finale, ahora nos oprime (digamos, John Adison vs. Patrick Doyle). Los planos amplios y la cámara discreta se enfrentan a la incómoda inserción de primeros planos y los movimientos de un aparato que hace sentir su presencia, como si el investigador del título original fuera la cámara, y no alguno de los personajes que aparecen frente a ella.

Eso sí, algo permanece incólume. Aunque haya cambiado de personaje, el ganador de la competencia, en ambas versiones, y por variadas y evidentes razones, es Michael Caine. ¡Maestro!

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