Aunque su
música no es
precisamente
popular, Björk
tiene
numerosos
admiradores
argentinos: un
Gran Rex
colmado
(mañana
ofrecerá otro
show) coreó
todas sus
canciones y
hasta bailó.
Presentación de «Volta». Björk . Con D. Taylor (dir.musical), M. Bell (teclado y computadora), J. Sen (teclados), C. Corsano (batería, percusión). Trompetas: S. Hlynsdottir, V. Thorkelsdottir y B. Nielsdottir. Cornos: S. Palmadottir, B. Snaebjornsdottir y E. Axelsdottir. Trombones: H. Johannsdottir, S. Kritstbjorg Jonsdottir y S. Jonsdottir. Tuba: B. Gudmundsdottir. (Teatro Gran Rex; 4 de noviembre; repite el 7/11.)
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No hay manera de encasillar a la islandesa Björk y, justamente por eso, su arte se hace interesante, original, distinto. Juega con el rock, con el pop, con la música electrónica, con el folklore, con lo medieval. Mezcla instrumentos acústicos con las más modernas posibilidades que brinda la electrónica (el último «chiche» incorporado es el « reactable», un exótico instrumento creado por ingenieros y músicos de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona).
Hace canciones con melodías que no son, precisamente, «cantabiles», pero les pone un acompañamiento que sale de los teclados, las computadoras o de un conjunto de instrumentos de viento tocados por mujeres en un formato (tres trompetas, tres cornos franceses, tres trombones, una tuba) que nada tiene que ver con el estilo pop. Se regodea con lo visual en su vestuario, en el de las instrumentistas de la banda de bronces, en los maquillajes propios y de los músicos, en las banderas colocadas en el fondo del escenario, pero el eje sigue estando en lo que suena.
Parece operística en el dramatismo de su manera de cantar, pero su voz se emite blanca, sin impostaciones líricas. Pasa por el territorio de la música bailable, pero la elaboración de esa música la aleja muchísimo de lo que se escucha habitualmente en las discotecas. En definitiva, su espectáculo podría asociarse a un «recital»; pero su modo frío, distante, teatral -como si jugara un personaje en lugar de ser ella misma-, la coloca a mucha distancia de la enorme mayoría de los cantantes.
Con todo esto, Björk se ha transformado en una artista de culto que, sin embargo, ha cosechado una importante cantidad de fans en nuestro país, que alcanzaron para llenar el Gran Rex en una fresca noche de domingo y que tendrán una nueva función mañana miércoles en el mismo teatro.
Ese público fiel, conocedor de su trabajo y de sus canciones, que está pagando precios muy altos para verla en Buenos Aires, acompañó cantando y bailando, aún los temas de su último disco, «Volta», que vino a presentar y del que hizo sólo tres títulos. Todo eso en un show que no tuvo fisuras y que volvió a mostrar a una artista que genera admiración aun de quienes no sienten especial atracción por su música.
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