El film basado en un best seller de Khaled Hosseine no sólo lo honra, mejorándolo por
momentos, sino que está estupendamente actuado, pero su facilista desenlace casi lo echa
todo a perder.
«Cometas en el cielo» (The Kite Runner, EE.UU., 2007, habl. en pashtu, farsi, inglés, dari, urdu). Dir.: M. Forster. Int.: K. Abdalla, S. Toub, H. Ershadi, Z. Ebrahimi, A.K. Mahmidzala, A. Leoni, S.J. Masihullah, S. Taghumaoui, E. Ehsas.
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Sorprende gratamente, por varias razones, esta película norteamericana sobre dos niños afganos de suerte disímil, que pierden la amistad, aunque uno de ellos, años después, logra quedar en paz consigo mismo (la historia transcurre de 1975 a 2001, entre Kabul, Newark, y otra vez Kabul). Un tema difícil, de cierta espesura psicológica, una puesta en pantalla aún más difícil, y, como si esto fuera poco, la obligación de satisfacer a los amantes del best seller en que se basa. Con tales desafíos cumple, inesperada y honrosamente, la película. Siempre que le perdonemos, claro, una agachada que casi manda todo a perder.
Esa agachada aparece en el último tercio, y consiste en el facilismo de encajar de pronto un rescate «a la americana» y saltar desde ahí hacia el desenlace, como si tal cosa, simplificando con abuso lo que la novela original de Khaled Hosseini cuenta de un modo más complejo y creíble (y menos halagador para la diplomacia y el pensamiento moralista de EE.UU.). Por suerte lo demás está bien adaptado. Ilustra fielmente algunas escenas queridas por los lectores, sintetiza hábilmente otras, saltea figuras que podrían decirse poco inspiradas, y aporta otras de sentida, aunque breve, emoción. Un ejemplo, la simple unión del plano en que un exiliado enfermo acaricia el pedacito de tierra natal que lleva consigo, y el plano siguiente, donde le cae una palada de tierra ajena sobre su tumba. El núcleo del relato -el sentimiento de deuda para con padres y amigos-es universal, pero aporta otro asunto igualmente universal aunque mucho menos tratado: el resentimiento de una persona contra aquella que, aunque sea sin querer, ha puesto en evidencia sus límites. A esto, Hosseini le agregó unos toques de melodrama, y una interesante ubicación histórica, que incluso da lugar a la metáfora. Y así llega a la pantalla, con un mérito adicional: sus intérpretes no son norteamericanos haciéndose los afganos, sino actores de ascendencia persa, o cuanto mucho árabe, que hablan en pashtu, farsi, dari, urdú, y, solo en ocasiones, un inglés de inmigrantes. La verosimilitud del relato está, entonces, ejemplarmente lograda. Incluso hay algunos precisamente afganos, como el chiquito que encarna el personaje de Hassan, y que acaba de recibir el premio revelación de la Broadcast Film Critics Association.
Hablando de premios, por esta película, el argentino Carlos Conti es candidato del Art Director's Guild en el rubro Diseño de Producción, y el español Alberto Iglesias (habitual músico de Almodóvar y Medem) va por el Oscar, que puede ganar, si los académicos no observan algunos airecitos moriscos que están ahí de contrabando. Volviendo a los actores. El chofer enfrentado a los talibanes es el marroquí Said Taghmaoui de «El odio» (La haine). Y el padre, más elegante que en la novela, es el iraní Homayoun Ershadi, el protagonista de «El sabor de las cerezas». De profesión arquitecto, con esa obra le tomó el gustito a la actuación, vicio que despuntó también en la fábula irano-argentina «Danza con los sueños», de Mahmoud Khalari, filmada durante el Festival Mar del Plata 2001. Un lindo relato, lástima la picardía de quienes tenían que poner la plata del lado argentino. Pero ésa es otra historia.
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