Matías Bruera «Meditaciones sobre el gusto» (Paidós, Bs. As, 2005, 210 págs.)
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Una filosofía de la cultura elaborada desde una inusual perspectiva: la gastronomía; tal es el objeto de Matías Bruera. Si el pez por la boca muere, el hombre, por la deglución se descubre. Somos aquello que deseamos, evitamos o proscribimos comer, esta es la tesis propuesta.
Si algún pensador intentó definir al hombre por su pulgar, clave de la mano no simiesca, el autor de nuestro libro cree posible hacerlo por sus fauces. Entre boca y estómago el ser se manifiesta, de allí la ingeniosa sentencia: «toda dietética enuncia una ética» (pag. 17) que se hace luego extensiva a una estética y aún a una metafísica del devorante. Mientras que el mafioso prohibe hablar de negocios en la mesa y el místico sostiene que «ayunos son ayunos y perdices son perdices», Bruera no se priva de nada; el placer y la culpa corren, sin embargo, parejos en su convite: «conocer y comer, palabra y comida son herederos de la misma estirpe: el hambre» (p. 17). El gourmet lucha con el aguafiestas a lo largo del libro. Comercio y bebercio, ley y sensualidad libran una continua batalla de la que afortunadamente para el lector la literatura sale victoriosa: «el vino conjuga los opuestos, es memoria y olvido a la vez» (pag. 37). La poesía parece resolver, llevando la cuestión a un nivel más alto, el conflicto entre cuerpo gozante y alma culposa. Montaigne y el Château d'Yquem, Kierkegaard y el vino de Burdeos, Joyce y su Fendant de Sion, Svevo y el vino de Istria, entre otros célebres escansiadores desfilan convocados por Bruera que tras deleitar a sus hedónicos lectores fulmina sobre ellos alguna cínica sentencia «comer es un ejercicio depredativo, un acto animal y sucio, y así todos los intentos de refinamiento -desde el uso más elemental del fuego para cocinar hasta la utilización de utensilios para llevarnos a la boca lo que comemos a través de medios y elementos industrializados- persiguen como meta el enmascaramiento del instinto de alimentarnos que poseemos en tanto seres vivos».
Dado su peculiar carácter el título de la obra podría haber sido en vez de «meditaciones sobre el gusto», «confesiones sobre ...»; muy coherente resulta, sin embargo, la lucha que informa el libro si consideramos que el autor lo ha concebido dentro de la traumática realidad argentina de los últimos años. ¿Cómo meditar sobre el gusto en una nación que vive el disgusto? ¿Cómo paladear en medio del padecimiento ajeno? Una cita de Marcel Schwob define su conflicto: «puesto que los dioses decidieron que hay que comer para vivir, pensaba Crates, debían haber vuelto el rostro de los hombres hacia la tierra, donde crecen las raíces; nadie podría alimentarse de aire o de estrellas».
Este libro no se limita a ser una obra literaria bien escrita, ni una original teoría sociológica, es la inteligente confesión de un argentino.
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