21 de febrero 2008 - 00:00

Day Lewis admirable, adaptación magra

Daniel Day Lewis compone notoriamente al personaje central de «Petróleo sangriento», una magra versión de la riquísima novela de Upton Sinclair.
Daniel Day Lewis compone notoriamente al personaje central de «Petróleo sangriento», una magra versión de la riquísima novela de Upton Sinclair.
«Petróleo sangriento» («There Will Be Blood», EE.UU., 2007, habl. en ingl.); Guión y Dir.: P.T. Anderson; Int.: D. Day-Lewis, P. Dano, K.J. O'Connor, C. Hinds; D. Freasier.

Hay un valor incuestionable, ejemplar, riquísimo, en esta sobrevalorada película. Ese valor es la música de Jonny Greenwood, que podemos llamar omnipresente, capaz de crispar los nervios con la crispación de sus cuerdas, latir como una máquina trágica y obstinada en medio del incendio de un pozo petrolero, y tenernos buen tiempo sobre ascuas, haciéndonos sospechar de algo malo detrás de las escenas aparentemente más tranquilas.

A cierta altura, cuando el personaje protagónico empieza a desarrollar sus actividades, esa música también provee la sensación optimista de progreso indetenible, combinándose con una destacable serie de escenas cortas, fundidos encadenados, travellings hacia delante, y, particularmente, con la actitud de empuje de dicho personaje, muy bien encarnado por Daniel Day Lewis. Que es el otro puntal de la película, componiendo un tipo al comienzo ladino y taciturno, que paulatinamente, debido a una serie de amarguras personales, se vuelve cada vez más psicópata e histriónico. Son un regocijo actoral, en ese sentido, las escenas que sostiene con Paul Dano en el papel de un joven predicador, quizá peligroso, y por cierto envolvente, falso, y también frágil.

El problema es la historia, que tras un curioso prólogo y un arranque notable, se estanca en alguna conversación y deriva luego en una prolongada serie de desagradables situaciones argumentalmente poco justificables, al tiempo que deja sin explicar otras tantas. Se supone que la intención del realizador fue mostrar cómo un falso padre puede destruir a su posible alter ego, un falso profeta. Mediante el retrato de un hombre que triunfa en los negocios, pero, por razones personales, pierde sus posibilidades de comunicación y felicidad normal, y termina siendo un miserable dentro de su propio palacio.

Lo malo, más aun, lo absurdo y perverso, es que la película proclame estar basada en la formidable novela «Petróleo», de Upton Sinclair, que cuenta fundamentalmente otra cosa. Cotejando ambas obras se puede jugar al juego de las siete diferencias ¡por página!, pero no hablamos de comprensibles diferencias por síntesis o eliminación de hilos secundarios, sino de alteraciones absolutas, y no sólo de estilo, ya que la habilidad descriptiva y, sobre todo, la precisa ironía del novelista son totalmente ignoradas en la adaptación.

No está mal que, por razones de costo, la obra reduzca al mínimo la cantidad de personajes, cambie sus nombres y sus rostros, o convierta en oleoducto la refinería mencionada en la novela original (se entiende, ubicando la acción en 1911, bastan cinco extras y dos caños para representar la construcción de un primitivo oleoducto). El problema es otro.

El eje de la novela es la evolución ideológica de un joven que trabaja desde niño junto a su padre, un simpático «self made man», magnate familiero muy comprensivo con la clase obrera, de la que proviene. La lucha de los pequeños empresarios sitiados por las grandes empresas y los sindicatos, el drama de las huelgas, la habilidad para negociar con gentes de extraños pensamientos religiosos, y con burócratas y políticos, la atención a otros pensamientos afirmados a comienzos del siglo XX, como el laicismo, la libertad sexual impulsada por las mujeres, y el comunismo (que Sinclair critica sin tapujos), y hasta la denuncia de la intervención norteamericana en guerras ajenas con olor a negocio, donde se tortura y se mata a civiles, todo eso (y nos estamos quedando cortos en la lista) hacen de la novela una obra de actualidad, digna de ser llevada aunque sea parcialmente a la pantalla.

Pero aquí es solo una excusa para agregar prestigio, chapa, en los créditos de una película que no toma ninguno de esos temas. Solo el refinamiento de los meses dirá lo que la película realmente vale. Por ahora, su autor se cotiza bastante bien (es el mismo de la más atendible «Magnolia»).

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