El arte de Beto De Volder interesó a la coleccionista venezolana Patricia Cisneros, quien
lo incluyó en sus muestras itinerantes.
Beto De Volder, que exhibe en estos días una muestra en la galería Palatina, es uno de los artistas que surgieron del Centro Cultural Ricardo Rojas en la década del '90 y que en estos últimos años ganaron espacio en el circuito internacional. Heredero de la tradición abstracta argentina, específicamente del arte concreto y Madí, De Volder es dueño de un estilo inconfundible y un virtuosismo que le otorga una gracia especial a su obra.
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Su carrera internacional comenzó en 2003, cuando todavía trabajaba como montajista en el Malba, y presentó una muestra en el espacio alternativo Sonoridad Amarilla que trataba sobre los juegos dinámicos de la línea. Realizada en tres secuencias monocromáticas -una semana en rojo, otra en amarillo y finalmente en azul-, la exposición sedujo a la poderosa coleccionista venezolana Patricia Cisneros, que de paso por Buenos Aires compró algunos de sus trabajos y los exhibió junto a sus obras en la muestra «Diálogos», que recorrió algunos países de Latinoamérica.
La estética definida de la colección Cisneros se aleja del folklore latinoamericano, del cliché del exotismo y del arte figurativo con acentos localistas. Así, en un contexto que aspira a demostrar «el rigor intelectual, la complejidad plástica, la diversidad y, por descontado, la belleza del arte abstracto latinoamericano, para contrarrestar la idea arraigada de que es en su mayor parte figurativo y provinciano», las abstracciones de De Volder encajaban a la perfección.
Con este antecedente, la consultora argentina SZ asumió la responsabilidad de construir una veloz trayectoria internacional. En la Feria arteBA 2004, las obras de De Volder ya figuraban en la galería Durban Segnini de Miami, que desde entonces lo ha presentado en Art Basel y en varias muestras de EE.UU. y Europa.
Fiel a esos primeros trabajos realizados con la vieja técnica del dibujo a mano alzada, De Volder ha vuelto a exhibir en Palatina la misma línea elástica se desplaza por los papeles, maderas y bajorrelieves que hoy configuran diversas y renovadas constelaciones.
Resulta grato descubrir que las formas más o menos sinuosas que dibuja esa línea, más o menos rítmicas o cadenciosas, inscriben y a la vez explican en su extenso recorrido el sentido de la obra. La tensión y la circulación de esa línea, los flujos y reflujos de las formas que en esta muestra se han tornado más orgánicos, terminan por plasmar una representación visual del universo.
Para explicar el sentido de su obra, el artista sólo menciona el «placer». Un placer perceptible para el espectador en cierto júbilo que transmite la obra, en la fuerza sus amarillos, ocres y rojos y, sobre todo, en el correr de esa línea flexible que se articula en unas maderas movibles suspendidas en el espacio, que invitanal juego y a la manipulación,al igual que los «bichos» de la brasileña Lygia Clark.
El placer que deparan estos gestos poéticos, se advierte en toda la muestra, pero más que nada en unos dibujos donde al rigor de la línea ajustada se contrapone por primera vez el gesto de una pincelada suelta, que conforma una mancha de color que se expande y rebasa el límite de la estructura geométrica.
Finalmente De Volder, que tiene como pares en la vertiente abstracta a Fabián Burgos, Pablo Siquier, Gachi Hasper, Tulio de Sagástizábal y Jorge Gumier Maier, vuelve a afianzarse en su estilo y abre camino de este modo a las nuevas generaciones de seguidores que mantienen viva en la actualidad la vanguardia abstracta argentina de los años 40.
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