14 de septiembre 2021 - 00:00

Deliciosa novela sobre un viaje con Borges en Escocia

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Cada vez que podía, el hoy académico estadounidense Jay Parini contaba anécdotas de la semana que tuvo que llevar a pasear a Borges por Escocia hasta que el cineasta Ross Clarke le dijo que ese encuentro de un muchacho de 22 años con un viejo poeta ciego, tan genial como excéntrico, era un excelente tema para una película. Parini no se atrevía a hacer un guión y comenzó una novela de “autoficción”. A mediados de 1970, ya licenciado en letras, temiendo que lo manden a Vietnam, se fue a Escocia a hacer un doctorado en Saint Andrews y eligió al azar un poeta escocés para una tesis. Tuvo la suerte de que su mentor fuera Alaistar Reid, traductor de Borges, quien había invitado al autor de “El Aleph” a Escocia. Cuestiones de destino, Reid debió viajar y le encargó a Parini atender al argentino, para quien Borges era un desconocido a quien todos elogiaban. Por si al lector de sus “memorias novelizadas” le pasaba lo mismo, explicó que el día de su muerte dijeron por radio que era un gran escritor que “amalgamó realidad con ficción en una incomparable serie de narraciones que desafiaron todos los límites y dispararon el boom de la literatura latinoamericana; un hombre de mil historias que exploró los espacios más idiosincráticos de la experiencia humana; un autor camaleónico que nadie logró definir”. Mal empezamos. Pero Parini retrasó cien páginas el encuentro, contando sus amoríos y las peculiaridades del condado de Fife. Ya con Borges la historia entró en una novela de viaje. Debía llevarlo en su Morris a conocer las Tierras Altas, y como Borges es ciego tuvo que ir describiéndole los lugares por donde pasaban. Como iba a ser una película, entre novela de formación y comedia sentimental, Borges recitó poemas, recordó sus cuentos y poemas, habló de mitos y leyendas, y dio lecciones de vida. Se sumaron gags: Borges lamiendo un libro de Walter Scott para tener su sabor, cayendo de un bote en el lago Ness mientras recitaba el Beowulf, buscando a un tal Singleton en Inverness, con quien se carteaba sobre acertijos anglosajones, pero era en el Inverness de Nueva Zelanda, entre otros. Parini pone en boca de Borges cosas que le pertenecen, y zonceras que nada tienen que ver con él. Es tan entretenido y se disfruta tanto como una “comedia americana” con toques intelectuales de la televisión.

M.S:

=Jay Parini, “Borges y yo” (Bs. As., Emecé, 331 págs.).

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